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El renacimiento de la moral

Tradicionalmente, la moral como objeto de estudio ético ha sido una cuestión teológica y es en parte por ello que incluso hoy día el ateísmo se mira con desprecio: si Dios no existe, ¿en qué se fundamenta nuestra percepción del bien y el mal? ¿Cuál es la base de la moral?

La autocracia y la democracia no pueden determinar el bien y mal, ya que la imposición de los deseos del dictador -divino o no- refleja su poder pero no la rectitud de sus valores, y la opinión de la mayoría, representada directamente o por medio de leyes, evita conflictos pero no define una ética («diez blancos ahorcando a un negro es democracia»). Peor aun es fundamentarla en la tradición: que una práctica perdure no precisa bondad. En la ciencia de la lógica, estas apelaciones a la legitima sabiduría de la fuerza, el pueblo y la antigüedad son falacias ad baculum, ad populum y ad antiquitatem respectivamente.

¿Entonces qué define la moral? En The Moral Landscape, el neurocientífico Sam Harris argumenta que la moral se basa en el bienestar de los seres conscientes y que, por tanto, ha de aplicarse un modelo ético basado en los casos extremos de bienestar y sufrimiento totales. El autor imagina un "paisaje moral", un espacio de consecuencias reales y potenciales cuyas cimas corresponden al mayor bienestar y cuyos valles suponen el mayor sufrimiento:
«Formas distintas de pensar y comportarse (distintas prácticas culturales, códigos éticos, formas de gobierno, etcétera) resultarán en cambios en este paisaje y, por tanto, en grados distintos de prosperidad humana. No sugiero que vayamos a descubrir necesariamente una sola respuesta correcta a cada cuestión moral o una sola forma óptima en la que los humanos puedan vivir. Algunas cuestiones admitirán varias respuestas, cada una más o menos equivalente. [...]

Si pueden descubrirse verdades objetivas acerca del bienestar humano (si, por ejemplo, la amabilidad suele conducir a la felicidad más que la crueldad), algún día la ciencia debería poder reclamar con mucha precisión qué conductas y usos de nuestra atención son moralmente buenos, cuáles son neutrales y cuáles merece la pena abandonar».
Para llegar a este modelo racional y empírico, Harris primero tuvo que demostrar la conexión entre el bienestar y la moral, y para ello realizó una hazaña quizá mayor que su tesis central: acabó con la interpretación moderna de la guillotina de David Hume, la supuesta barrera entre hechos y valores cuya ruptura suele equipararse equivocadamente a la falacia naturalista. Aunque filósofos como G.E. Moore lo malinterpretaran así, ese no era el propósito de Hume: irónicamente, su argumento iba en contra de aquellos que pretendían deducir una ética por medio de la mera existencia de Dios. Harris aborda el problema de Hume pragmáticamente:
«Muchos escépticos morales... insisten en que las nociones de qué deberíamos hacer o qué valoramos solo pueden justificarse con otros valores y nunca con hechos acerca del mundo real. [...] Pero esta noción de "lo que debería ser" es una forma artificial e innecesariamente confusa de plantear las elecciones morales. [...] Para que la noción nos importe en absoluto, debe referirse a una preocupación por las experiencias reales o potenciales de los seres conscientes. Por ejemplo, decir que deberíamos tratar a los niños con ternura parece idéntico a decir que a todos nos vendrá mejor hacerlo».
Esta clase de moral fundada en evidencias se encuentra con dos adversarios que a su vez se consideran también enemigos mortales: la moral supuestamente absoluta de la religión clásica y el relativismo moral del posmodernismo. Ambas suponen una detestable ceguera de la realidad pero son discapacidades bien distintas. Los fundamentalistas, cegados por preceptos absolutos como que «mentir es pecado», sin prestar atención al contexto que posiblemente lo exculpe, no ven ni un solo tono de gris. Las repercusiones son obvias y terribles.

A la inversa, cegados en nombre de la retorcida visión de la tolerancia que proporciona el relativismo cultural, los posmodernistas solo ven tonos de gris, y solo así puede ocurrir que personas civilizadas y bienintencionadas toleren prácticas como la mutilación genital femenina y otras formas de opresión, sexismo y barbarismo: «es una cultura distinta con un código ético alternativo», dicen. Y tienen razón. Pero además de alternativo, ese código ético es intolerable y una afrenta a los derechos humanos. Como señala Harris, esta tolerancia intelectual no es solo un asunto académico: probablemente en este mismo instante estén quemando la cara con ácido a niñas por querer aprender a leer o por el "crimen" de dejarse violar.
«Si una sola persona en el mundo sujetara a una muchacha aterrorizada que se resiste y chilla, y con una cuchilla infectada le cortara los genitales, y luego la cosiera dejando solo un pequeño orificio para orinar y para el flujo menstrual, la única pregunta sería con qué severidad habría que castigar a esa persona, y si la pena de muerte sería una sanción lo suficientemente dura. Pero cuando lo hacen millones de personas, esa monstruosidad, en vez de multiplicarse por millones, de repente se convierte en "cultura" y, con ello, por arte de magia, pasa a ser no más horrible, sino menos, y hasta la defienden "pensadores morales" occidentales, incluidas feministas» -Donald Symons.
La falsa distinción entre hechos y valores es el principio responsable de que tantos hayan adoptado esta retorcida perspectiva entre los movimientos progresistas, para los cuales parece que cualquier crítica de oriente es un caso de imperialismo occidental. Teniendo en cuenta que su adversario es una extrema derecha obsesionada con el culto a Yahveh hasta el punto del fundamentalismo violento, no es de extrañar que hayan caído tan bajo.

Esta tercera perspectiva ética, basada en evidencias y no en revelación divina o tolerancia incondicional, pretende ser la voz de la razón entre los psicóticos que oyen voces de una deidad vengadora y los psicópatas que ignoran los chillidos de las niñas.
(Read the English translation: The Moral Renaissance)

The Moral Renaissance

Traditionally, morality as a study of ethics has always been a theological question and that is partly why even today atheism is looked upon with so much disdain: if God does not exist, where upon is our perception of good and evil to be founded? What is morality based on?

Autocracy and democracy cannot determine good and evil, since the imposition of whatever the dictator -divine or not- wishes does reflect their power but not the righteousness of their values, and the opinion of the majority -by direct representation or indirect legislation- avoids conflicts but does not define a code of ethics ("Ten white guys lynching one black guy is a democracy.") Even worse is to base it on tradition: the continuance of a practice does not require goodness. In the science of logic, these appeals to the legitimate wisdom of force, the people and antiquity are ad baculum, ad populum and ad antiquitatem fallacies respectively.

Then, what does define morality? In The Moral Landscape, neuroscientist Sam Harris argues that morality is based on the well-being of conscious beings and that, therefore, a code of ethics based on the extremes of total well-being and suffering must be applied. The author pictures a 'moral landscape', a space of actual and potential consequences whose peaks correspond to the heights of well-being and whose valleys represent the deepest suffering:
"Different ways of thinking and behaving —cultural practices, ethical codes, modes of government, etc.— will translate into movements across this landscape and, therefore, into different degrees of human flourishing. I’m not suggesting that we will necessarily discover one right answer to every moral question or a single best way for human beings to live. Some questions may admit of many answers, each more or less equivalent. [...]

If there are objective truths to be known about human well-being—if kindness, for instance, is generally more conducive to happiness than cruelty is—then science should one day be able to make very precise claims about which of our behaviours and uses of attention are morally good, which are neutral, and which are worth abandoning."
To get to this rational and empirical model, Harris had to first demonstrate the link between well-being and morality, and for that purpose he achieved a possibly bigger feat than his central thesis: he put an end to the modern interpretation of Hume's Guillotine, the supposed wall of separation between facts and values whose breaking is usually -but wrongly- likened to the naturalistic fallacy. Although philosophers such as G.E. Moore misinterpreted it like so, that was not Hume's purpose: ironically, his argument run against those who tried to deduce a code of ethics from the mere existence of God. Harris approaches Hume's problem pragmatically:
"Many moral skeptics... insist that notions of what we ought to do or value can be justified only in terms of other 'oughts,' never in terms of facts about the way the world is. [...] But this notion of 'ought' is an artificial and needlessly confusing way to think about moral choice. [...] If this notion of 'ought' means anything we can possibly care about, it must translate into a concern about the actual or potential experience of conscious beings (either in this life or in some other). For instance, to say that we ought to treat children with kindness seems identical to saying that everyone will tend to be better off if we do."
This kind of evidence-based morality is faced with two adversaries which in turn are also hostile to each other: the supposedly absolute morality of classic religion and the moral relativism of Postmodernism. Both entail an abhorrent blindness from reality but they are quite distinct disabilities. Fundamentalists -blinded by absolute precepts such as "lying is a sin" which leave no room for a possible context that absolve them- cannot see any shades of grey. The consequences are obvious and dreadful.

Inversely, blinded in the name of the distorted view of tolerance offered by cultural relativism, postmodernists can only see shades of gray -and that is the only way that civilized and well-intentioned people could tolerate practices such as female genital mutilation and other forms of oppression, sexism and barbarism: "it is a different culture with an alternative code of ethics," they say. And they are right. But this code of ethics is not only alternative but also intolerable and an affront to human rights. As Harris himself points out, this intellectual tolerance is not just an academic issue -probably at this very moment there are girls getting their faces burned off with acid for wanting to learn to read or for the 'crime' of getting raped.
"If only one person in the world held down a terrified, struggling, screaming little girl, cut off her genitals with a septic blade, and sewed her back up, leaving only a tiny hole for urine and menstrual flow, the only question would be how severely that person should be punished, and whether the death penalty would be a sufficiently severe sanction. But when millions of people do this, instead of the enormity being magnified millions-fold, suddenly it becomes “culture,” and thereby magically becomes less, rather than more, horrible, and is even defended by some Western “moral thinkers,” including feminists."
-Donald Symons.
The false distinction between facts and values is the principle responsible for the fact that so many have embraced this distorted view among the progressive movements, for which seemingly any criticism towards the East is a case of Western imperialism. Considering their adversaries are a far-right obsessed with the cult of Yahveh to the point of violent fundamentalism, it is no wonder they have sunk to such a low level.

This third ethical perspective, based on evidence and not divine revelation or unconditional tolerance, aims to be the voice of reason between the psychotics who hear voices from a vengeful deity and the psychopaths who ignore the screams of little girls.
(Leer la versión original: El renacimiento de la moral)

"El espejismo de la chimenea" de Sam Harris

El neurocientífico Sam Harris, autor de The Moral Landscape, ha escrito en su blog personal un ensayo acerca de la colisión entre la racionalidad y nuestras creencias internas, el choque de ideas que sufren muchos creyentes que se enfrentan a las realidades que desafían sus dogmas. Harris usa como caso de estudio las chimeneas y el daño que estas causan, adoptando el divertido título de "El espejismo de las chimeneas", paralelismo de la polémica obra "El Espejismo de Dios" de su colega Richard Dawkins. El texto a seguir es una traducción:
Me parece que muchos ateos han olvidado (o nunca han sabido) cómo es sufrir una desdichada colisión con la racionalidad científica. Para nosotros estar abiertos a buenas pruebas y argumentos sensatos es un principio, y solemos estar dispuestos a seguirlos hasta donde sea que nos lleven. Algunos hemos construido nuestras vidas profesionales a partir de lamentarnos de que los religiosos no adopten esta misma actitud.

En cambio, recientemente me he encontrado con un ejemplo de intransigencia laica que puede dar a los lectores una idea de cómo se sienten los religiosos cuando sus creencias se critican. No es una analogía perfecta, como veréis, pero la 'rigurosa investigación' que he llevado a cabo en banquetes con invitados sugiere que merece la pena pensar en ello. Llamémos a este fenómeno
"El espejismo de las chimeneas".

En una noche fría, la mayoría considera que una hoguera bien cuidada es uno de los placeres más saludables que la humanidad ha producido. Una hoguera, ardiendo a salvo dentro de los confines de una chimenea o un horno de leña, es una fuente visible y tangible de confort para nosotros. Nos encanta todo: su calidez, la belleza de sus llamas y, a menos que uno sea alérgico al humo, el olor que este imparte en el aire.

Siento decir que si esta es vuestra opinión acerca de la hoguera de leña, no solo estáis equivocados sino peligrosamente desencaminados. Pretendo convenceros en serio, así que en parte podéis considerarlo un comunicado de interés público, pero por favor tened en mente que se trata de una analogía. Quiero que percibáis cómo os sentís y que os deis cuenta de la resistencia que se forma al considerar lo que tengo que decir.

Dado que la madera es una de las sustancias más naturales de la tierra y su uso como combustible es universal, la mayoría se imagina que quemar leña debe ser algo totalmente benigno. Respirar el aire invernal aromatizado por el humo de leña parece completamente distinto a echar bocanadas de un cigarro o inhalar el tubo de escape de un camión pasajero. Pero esto es un espejismo.

Esto es lo que sabemos desde un punto de vista científico: ningún grado de humo de leña es bueno para la respiración. Es al menos tan malo como el humo del cigarro y probablemente mucho peor (según un estudio, es 30 veces más carcinogénico). El humo de una hoguera de leña común contiene cientos de compuestos carcinogénicos, mutagénicos, teratogénicos e irritantes al sistema respiratorio. La mayoría de partículas que se generan al quemar leña son más pequeñas que un micrón, un tamaño que según se cree puede hacer mucho daño a los pulmones. De hecho, estas partículas son tan minúsculas que pueden evadir nuestras defensas mucociliares y entrar directamente en el torrente sanguíneo, presentando un peligro al corazón. Las partículas de este tamaño también se resisten al asentamiento gravitacional, manteniéndose en vuelo durante semanas seguidas.

Una vez salen de la chimenea, los gases tóxicos (por ejemplo, el benceno) y las partículas que forman el humo vuelven sin problemas a nuestros hogares. Según las investigaciones, casi el 70 por cierto del humo de chimenea vuelve a entrar en edificios cercanos. Los niños que viven en hogares con chimeneas u hornos de leña activos, o en zonas donde las hogueras son comunes, sufren una incidencia mayor de asma, tos, bronquitis, despertares nocturnos y función pulmonar comprometida. Entre adultos, las hogueras se asocian con una mayor frecuencia de visitas a salas de urgencia y admisiones al hospital por enfermedades respiratorias, además de una mayor mortalidad de ataques al corazón. La inhalación de humo de leña, incluso a niveles relativamente bajos, altera las funciones inmunes pulmonares, dejándonos más susceptibles a resfriados, gripes y otras infecciones respiratorias. Todos estos efectos pesan de forma desproporcionada en niños y ancianos.

La triste verdad sobre quemar leña se ha establecido científicamente hasta una certeza moral: esa agradable y acogedora hoguera en la chimenea es mala para vosotros. Es mala para vuestros hijos. Es mala para vuestros vecinos y sus hijos. Además, quemar leña es completamente innecesario ya que en el mundo desarrollado nunca nos faltan alternativas mejores y más limpias para calentar nuestros hogares. Si quemáis leña en los Estados Unidos, Australia, Europa o en cualquier nación desarrollada, seguramente lo estés haciendo de forma recreativa; y la persistencia de este hábito es una fuente principal de contaminación atmosférica. De hecho, el humo de leña suele contribuir más partículas dañinas en la atmósfera urbana que ninguna otra fuente.

En el mundo desarrollado, la quema de combustible solido en el hogar es una verdadera plaga, solo comparable a la mala higiene como un riesgo de salud medioambiental. En 2000, la Organización Mundial de la Salud estimó que causaba casi 2 millones de muertes prematuras cada año, muchísimo más que los accidentes de tráfico.

Sospecho que muchos habréis empezado a idear contraargumentos que serán reconocibles para cualquiera que haya debatido la validez y la utilidad de la religión. He aquí uno: los seres humanos nos hemos abrigado entre hogueras durante decenas de miles de años y está práctica fue crucial en la supervivencia de nuestra especie. Sin el fuego no habría cultura material. Nada se nos hace más natural que quemar leña para mantenernos cálidos.

No le falta razón. Pero otras muchas cosas son naturales, como morir en la anciana madurez de treinta años. Morir al nacer es increíblemente natural, al igual que la muerte prematura por decenas de enfermedades que ahora podemos prevenir. Que os zampe un león o un oso también es vuestro derecho de nacimiento, o lo sería sino fuera por el artificio defensivo de la civilización, y convertirse en el almuerzo para un carnívoro mayor os conectaría a la profunda historia de nuestra especie tanto como los placeres de la hoguera. Durante casi dos siglos la línea divisoria entre aquello que es natural (con todo el sufrimiento innecesario que ello implica) y aquello que es bueno ha ido creciendo. Respirar los gases de una chimenea ha acabado en el lado malo de esa línea.

El argumento contra la quema de leña está tan claro como el de fumar cigarros. De hecho, está aun más claro, ya que al comenzar una hoguera se envenena el aire que todos deben respirar en kilómetros a vuestro alrededor. Incluso si rechazáis toda intrusión de un Estado paternalista deberíais estar de acuerdo que la quema recreativa de leña es inmoral y debería ser ilegal, especialmente en zonas urbanas. Al encender una hoguera se crea una contaminación de la que uno no se puede deshacer. Incluso en el día con los cielos más claros del año una quema suficiente de leña dejará al aire de vuestra vecindad como un mal día en Pekín. Vuestro vecindario no debería pagar por vuestra conducta arcaica y no hay forma de que os transfieran este coste de forma que puedan preservar sus intereses. Por tanto, incluso los libertarios deberían estar dispuestos a aprobar leyes que prohibieran la quema recreativa de leña en provecho de alternativas más limpias, como el gas natural.

He descubierto que al proponer este argumento, incluso entre personas muy inteligentes y preocupadas por su salud, una verdad psicológica queda claramente visible: no quieren creérselo. La mayoría de la gente que conozco quiere vivir en un mundo en el que el humo de leña es indoloro. De hecho, parecen estar comprometidos con la idea de vivir en ese mundo, a pesar de los hechos. Intentar convencerlos de que las hogueras son dañinas y que siempre lo han sido es, en cierto modo, ofensivo. Simplemente, el ritual de quemar leña es demasiado reconfortante y familiar como para ponerlo en duda; su consolación es tan antigua y omnipresente que debe ser benigna. La alternativa, utilizar gas natural con leños falsos, parece un sacrilegio.

En cambio, la realidad de la situación no es científicamente ambigua: si os importa la salud de vuestra familia y vecinos, la escena de una chimenea encendida debería ser tan reconfortante como la de un motor diésel tirado en vuestra sala de estar. Es hora de romper el hechizo y usar una alternativa artificial o nada en absoluto.

Por supuesto, si sois como mis amigos, rechazaréis esta verdad. Y eso os debería dar una idea de a qué nos enfrentamos con la religión.
Este ensayo de Sam Harris muestra un ejemplo perfecto de la falacia naturalista en la que se basan la mayoría de religiones e incluso algunas teorías políticas: "Siempre ha estado con nosotros, es una tradición, así que debe ser bueno". En cierto modo, el foco de Ciudadanos del Mundo empieza a ser el análisis de las ideologías con bases visiblemente erróneas: artículos como La virtud de la fe, Choque de ideas, El engaño posmodernista y El fantasma de la máquina rechazan la creencia ciega, el relativismo, el posmodernismo, el dualismo y el primitivismo como bases argumentales. Los próximos ensayos seguirán la misma pauta.

El engaño posmodernista

El posmodernismo es un movimiento filosófico nacido tras la Segunda Guerra Mundial, provocado por un desencanto con la posición objetivista sobre la realidad que fomentó la Ilustración. Para ser sinceros, el conocimiento humano nunca se 'ilustró' durante la época conocida como "La Ilustración". La humanidad tuvo que esperar hasta el siglo XIX para que esos ideales se apoderaran de la sociedad y los gobiernos. Era de veras la era del racionalismo y la ciencia. Esta era también nos enseñó una triste realidad: a pesar de toda esta sofisticación, podíamos seguir actuando como bárbaros en nuestra propia tierra. Tras dos guerras mundiales, la gente buscaba una nueva forma de pensar.

Incluso entonces debía ser obvio: las cosas estaban cambiando. Surgieron miles de nuevas religiones tras la Guerra, muchas inspiradas por las antiguas religiones orientales. La cultura jipi estadounidense apareció aparentemente de la nada tras la falsedad de los idílicos años 50. Había una nueva forma de pensar y con ello vino la eternamente importante Duda, la esencia del escepticismo. De repente, la certeza de la mente mecanicista parecía contenida y de mente cerrada. Esta era una nueva era para buscar nuevas formas de hacerlo... ¡todo! Cada faceta de la vida debía reexaminarse; cada tradición mirada con sospecha.

Estas arenas movedizas sociales son vitales para cambiar el paradigma. A esta época de pensamiento anárquico le atañe intercambiar ideas sin discriminación para luego descartar lo malo y conservar lo bueno. Por desgracia, no fue así. Encontramos consuelo en la nesciencia, en la pura ignorancia. La sociedad malgastó esta oportunidad de usar la Duda como una herramienta en busca del conocimiento y se acurrucó entre los brazos de "la nada" disfrazada del siempre insignificante "Todo". La Duda ya no era una herramienta sino un fin, casi un extraño fetiche. El misterio se convirtió en virtud.

Según dicen, es una posición humilde: la certeza, como quiera que se alcance, es arrogante, intolerante y fascista. Sin duda, esta es la Era del Relativismo Moral y Social. Es fácil comprobarlo, si hacéis el favor: reunid a un público atento de personas aleatorias y, en cualquier contexto que deseéis (o en ninguno), pronunciad la famosa expresión «Todos tienen razón». Si no os saltan al cuello por el crimen intelectual de contradecirte en solo dos palabras (el verbo no cuenta), sabréis que estáis en compañía de aletargados relativistas.

La acusación de letargo puede sonar dura (¿o incluso intolerante?). Pueden ser personas por lo demás muy simpáticas e inteligentes, pero en lo que respecta al relativismo, ¿acaso no es ese su propósito? Por definición, cualquier conclusión, afirmación o dogma debe excluir otras conclusiones reales o potenciales. Así que, ¿por qué no designar todo como igualmente acertado y hala, no le demos más vueltas? Por supuesto, esta forma de pensar ignora que en si misma constituye un dogma. Pero ese es el resultado de intentar razonar y mostrar evidencias en contra del racionalismo y empirismo: utilizas exactamente lo mismo que descartas para descartarlo o, en otras palabras, estás cortando la rama sobre la que estás sentado. El engaño posmodernista es que todo es cierto excepto aquello que no esté de acuerdo con esa aseveración sin fundamento: la idea de que la realidad y el conocimiento son subjetivos se toma como principio, de tal manera que es imposible argumentar nada. Lo hacen aun y todo, por supuesto: pero tienen a mano un mantra seudo-filosófico que defecar como diarrea verbal en cuanto se les cuestione.

De nuevo, la posición relativista no es más que un insulto al escepticismo: toma la Duda y la usa como un escudo contra el conocimiento en lugar de como una herramienta en su busca. Sin duda es más fácil afirmar que la ciencia es dogmática y tan fundamentalista como la religión antigua que mirar cómo la ciencia ha descubierto lo que sabe. El posmodernista no comprende la importancia en todo de la metodología. Como ilustré en "La virtud de la fe":
«No hay más que reiterar la diferencia entre creencia y fe; no importa la gran o nula seguridad que tengas sobre cierta cuestión, sino el medio utilizado para llegar a tus conclusiones. Por definición y evidencia histórica, la ciencia revisa sus teorías según dicten las nuevas observaciones; y así la fe supone un gran contraste, que en la misma situación se presenta como la negación de dichas observaciones para poder preservar una creencia».
En cierto modo, es patéticicamente cómico cómo esta gente acusa a la ciencia de arrogancia y se enorgullecen de su humildad. Solo muestran su soberbia ciega cuando publicitan su humildad, pero van un paso más allá y se meten con la empresa humana que no solo ha salvado vidas innumerables sino que además se basa en un solo principio básico: «No lo sé». Este es el punto de partida de todo científico, un grupo de personas que, a pesar del estereotipo de sabelotodo, bien puede ser único en su orgullo al chillar con emoción infantil: «¡Todavía no lo sabemos!». Porque eso significa que hay más por descubrir, lo cual es el trabajo de un cientí-fico.

Pero peor quizá que esta total ceguera de la metodología es la caída en el oscurantismo. Como ya se ha mencionado, la Duda se convierte en objeto de culto, atribuyendo una virtud a algo que es por definición vacío e insignificante. Los creyentes en el posmodernismo o, como los llamaría el filósofo Daniel Dennett, los "Turbios" están rodeados: por un lado están los supernaturalistas y por el otro lado los ilustrados. Los Turbios consideran que ambos son absolutistas dogmáticos porque hacen aseveraciones y no les importa si han llegado a sus conclusiones a través de la fe ciega o de las evidencias. Los oscurantistas temen definir sus términos porque sus ideas deben estar pobremente definidas para evitar exponerse a un análisis crítico. Lo que es peor, los posmodernistas profesionales no se avergüenzan de ello: al glorificar lo abstruso, insisten en el orgullo que tienen de su ignorancia.

Sin embargo, todo eso sería perdonable si su humildad fuera más que falsa modestia, la exasperante cortesía del habla políticamente correcta: o sea, mentir sin vergüenza para evitar conflictos intelectuales; Dios sabe que puede llevarles a pensar en algo socialmente relevante. De hecho, aquellos que mantienen que «Todos tienen razón» son muy conscientes de que todo el mundo mantiene opiniones contradictorias sobre varios temas. Pensarán que tal o cual persona se equivoca al soltar sus obvias pamplinas e incluso puede que repliquen «Bueno, esa es tu opinión», que además de frenar la conversación es una falacia lógica, pero no tendrán una discusión formal, no sea que usen sus capacidades argumentativas por una vez.

Este comportamiento deriva del terror paralizante de ser marcado de «Intolerante», lo cual es una acusación casi tan grave como «Bebicida hitleriano». Esto frenará al individuo más astuto, así que parece ser un buen argumento: «¿Cómo te atreves, mero mortal, a interferir con el derecho civil de la libertad de pensamiento y expresión?». No interfiero. Defiendo el derecho de cada individuo a pensar y decir lo que le plazca siempre y cuando no hiera a otros. No me agradan las leyes de censura y quizá, solo quizá, pongo los límites en discursos de odio. Pero no cometo el fallo con el que el relativista cava su propia tumba: si bien cada individuo tiene el derecho a creer lo que le antoje, eso no significa que esas creencias deban ser inherentemente respetadas o incluso consideras automáticamente ciertas. La persona debe ser respetada y tratada con humanidad, pero sus ideas pueden criticarse y sí, incluso ridiculizarse, porque se está tratando el argumento y no la persona. Por mucho que ridiculice el posmodernismo, lo hago con argumentos y no atacando a sus partidarios personalmente.

¿Pero por qué tanta bulla? ¿No es sobre todo hipocresía inofensiva? No, no lo es. El engaño posmodernista yace en el rencor popular hacia la Ilustración, la noción de que una élite intelectual no es diferente de una política o financiera: la pericia y la certeza se consideran cualidades tiránicas de por sí, al margen del método utilizado para adquirir la experticia y por mucho que el pueblo pueda verificarlo con facilidad. Este fraude intelectual también es responsable del relativismo cultural que permite a muchos aceptar horrores como la mutilación genital femenina si hay una razón religiosa para la práctica. Pero, como filosofar es mi hobby, quizá no sea un accidente que para mi la mayor afronta del posmodernismo sea su embotamiento del intelecto, el secuestro de la Duda como una excusa para no pensar, la exaltación del misterio y el oscurantismo como virtudes cuando no son más que formas cobardes de restringir el conocimiento y de ejercer pereza intelectual.
(The original article written in English here: The Postmodernist Deceit)

The Postmodernist Deceit

Postmodernism is a philosophical movement born after World War II, brought about by a disillusionment with the objectivist stance on reality boosted by the Enlightenment. To be honest, human knowledge was never truly 'enlightened' during the time we know of as "The Enlightenment" -humanity had to wait until the 19th Century for those ideals to actually take hold of society and governments. This truly was the age of Rationalism and Science. This age also taught us a sad reality: despite all this sophistication, we could still act as Barbarians on our own land. After two World Wars, people sought a new way of thinking.

Even back then it must have been obvious -things were changing. Thousands of new religions sprung up after the War, many of them inspired by Eastern religions of old. The American Hippie culture popped seemingly out of nowhere just after the phoniness of the Idyllic Fifties. There was a whole new way of thinking and with it came Doubt. The ever-important Doubt, the essence of skepticism. All of the sudden, the certainty of the mechanistic mind seemed restrained and close-minded. This was a new age to open minds and seek new ways to do... everything! Every facet of life was to be reexamined; every tradition looked upon with suspicion.

This kind of societal quicksand is vital to all paradigm shifts. This epoch of anarchistic thought is supposed to brainstorm ideas without discrimination and then dump what's bad, save what isn't. Alas, we did not do that. We found comfort in nescience, in pure, unadulterated ignorance. Society wasted this chance of using Doubt as a tool towards knowledge and rather nestled between the arms of Nothingness disguised as the ever meaningless Everything. Doubt was no longer a tool but an end in itself, almost an eerie fetish. Mystery was made a virtue.

It is a humble position, they say: certainty, however reached at, is arrogant, intolerant and Fascistic. Truly, this is the Age of Moral and Social Relativism. If you want to test this claim, please just do the following: gather an attentive audience of random people and -in any context you wish, if any- utter the famous phrase "Everyone is right." If they do not jump at your throat for the intellectual crime of contradicting yourself in a mere two words (the linking verb does not count) you know you are in the good company of dull Relativists.

It may sound a bit harsh -intolerant, even- to accuse them of dullness. They may be perfectly nice and intelligent people otherwise, but concerning Relativism, that is essentially the point, is it not? Any conclusion, any claim, any dogma, must exclude other actual or even potential conclusions by definition. So why not just label everything as equally right and move on without thinking much about it? Of course, this way of thinking ignores that it in itself constitutes a dogma. But that is what you get when you try to reason and show evidence against Rationalism and Empiricism: you are using the very thing you are dismissing in order to dismiss it or, in other words, you are cutting off the tree branch on which you sit. The Postmodernist deceit is that everything is true except anything that does not agree with that unsupported claim -the idea that reality and knowledge are subjective is taken as a principle so it is then impossible to argue for or against anything. They still do it, of course -but they have a handy pseudo-philosophical mantra to defecate as verbal diarrhea whenever they are challenged.

Again, the position of the Relativist is but an insult to skepticism: it takes Doubt and uses it as a shield from knowledge instead of as a tool for knowledge. Indeed, it is easier to just claim that Science is dogmatic and just as fundamentalist as old-time religion than to actually look into how science has discovered what it knows. The Postmodernist fails to understand the importance of methodology in anything and everything. As I outlined in "The Virtue of Faith":
"There is but to reiterate the difference between belief and faith; it doesn't matter how sure or unsure you are about a certain question, but the methodology used to reach at your conclusions. By definition and historical evidence, science adjusts its theories based on new observations; and here faith shows its contrast, when in the same situation shows itself as the denial of said observations so that belief can be preserved."
In a way, it is pathetically funny how these people accuse Science of arrogance and pride themselves in humility. These people are only showing their blind haughtiness when they advertise their own humility, but they go a step further and pick on the human enterprise that not only has saved lives beyond counting but is also based on a single foundation: "I do not know". That is the starting line of every scientist, a group of people that, despite the know-it-all stereotype, may be the one group proud to shriek with childlike excitement: "We still don't know!". Because that means there is more to discover, which is the job of a scient-ist.

But perhaps worse than this utter blindness towards methodology is the fall on obscurantism itself. As mentioned above, Doubt becomes the idol, adscribing a virtue to something which is by definition hollow and meaningless. The believers in Postmodernism or, as philosopher Daniel Dennett puts them, the "Murkies" (obscurantists) are sandwiched between the supernaturalists and the enlightened. The Murkies see both of them as dogmatic absolutists just because they are making declarative sentences, not caring at all whether they arrived at their conclusions by blind faith or reason and evidence. Obscurantists fear clearly defined terms because their ideas must be ill-defined in order to avoid being exposed to critical analysis. Worst yet, the professional Postmodernist will not shy away from this: by glorifying the obscure, they make a point of their pride in their ignorance.

Nonetheless, all of this could be forgivable if their humility was something more than false modesty, the nerve-wracking politeness of political correctness -that is to say, lying through their teeth so as to avoid intellectual conflict, which God knows might make them think about something socially relevant. Actually, people who maintain that "everyone is right" are acutely aware that everyone around them maintains dissenting opinions on a myriad of topics. They will think that a certain whoever is wrong when they spout their obvious nonsense and may even reply with the conversation stopper (and plain logical fallacy) "Well, that is your opinion", but they will not have a formal argument, lest they use their discussion capabilities for once.

This behaviour comes from the brain-paralyzing fear of being socially branded as "Intolerant," which as accusations go is just a bit behind "Baby-killing Hitler-lover." This will halt even the most astute individual, so it is seems to be a good argument: "How dare you, mere mortal, interfere with the citizens right to Freedom of Thought and Expression?" Well, I am not. I defend the right of every individual to think and say whatever they please as long as it does not hurt others. I am not keen on censorship laws and maybe, just maybe, draw the line at hate speech. But I do not commit the final failure, the nail in the coffin of the Relativist: I do not think that the fact every individual has the right to think whatever they fancy means that these thoughts are to be inherently respected or even considered automatically right. The person must be respected and treated humanely -but their ideas can be criticized, dissected and yes, even ridiculed, because the argument is being addressed, not the person. However much I ridicule Postmodernism, I am doing it through arguments and not by attacking its supporters personally.

But why all the fuss anyway? Isn't it all mostly harmless hypocrisy? No, it is not. The Postmodernist Deceit lies in the popular spite of Enlightenment, the notion that an intellectual elite is not at all different from a political or financial elite: proficiency and certainty is viewed as inherently dictatorial, whatever the method is that acquired the expertise and however easily the people can verify it. This fraud of the intellect is also responsible for the cultural relativism that lets some people actually accept horrors such as female genital mutilation if there is a religious reason for it. But, as a hobbyist of philosophizing, it is perhaps no accident that for me the worst affront of Postmodernism is its dullness of the intellect -the hijacking of Doubt as an excuse for not thinking, the exaltation of mystery and obscurantism as virtues when they are nothing more than cowardly ways of restricting knowledge and exercising intellectual laziness.
(El artículo traducido al castellano aquí: El engaño posmodernista)

Jesus el revolucionario y otras mentiras

Hay un Dios de la derecha y uno de la izquierda. Esa afirmación simplifica la realidad pero se hace entender. A muchos les disgusta la homosexualidad porque está en efecto prohibida en el Antiguo Testamento. Los cristianos liberales responderán que el Nuevo Testamento supera a los convenios mosaicos, que con Jesús se abolieron esas nociones bárbaras. Ambos tienen parte de razón. Pero ambos están profundamente equivocados.

Tratemos primero la equivocación de los tradicionalistas. Afirman tomarse la Biblia literalmente y no solo como una vaga guía moral, lo cual es una terrible idea ya que dicho texto no se corresponde en absoluto con la realidad, pero al menos es internamente consistente ya que se afirma en varios pasajes de la Biblia que sus palabras han de tomarse al pie de la letra. El problema yace en que ni siquiera cumplen su palabra. Citemos a Levítico 18:22 y 20:13:
«No te acostarás con varón como los que se acuestan con mujer; es una abominación».
«Si alguien se acuesta con varón como los que se acuestan con mujer, los dos han cometido abominación; ciertamente han de morir. Su culpa de sangre sea sobre ellos».
Los conservadores estarán sin duda de acuerdo. Pero el Levítico es tierra fértil de otras muchas leyes y prohibiciones ridículas, y estas los mismos tradicionalistas sí que las ignoran:
Levítico 11:10 «Pero todos los que no tienen aletas ni escamas en los mares y en los ríos, entre todo lo que se mueve en las aguas y entre todas las criaturas vivientes que están en el agua, serán abominación para ustedes».
Levítico 20:9 «Todo aquél que maldiga a su padre o a su madre, ciertamente se le dará muerte; ha maldecido a su padre o a su madre, su culpa de sangre sea sobre él».
Levítico 20:18 «Si alguien se acuesta con mujer menstruosa y descubre su desnudez, ha descubierto su flujo, y ella ha puesto al descubierto el flujo de su sangre; por tanto, ambos serán exterminados de entre su pueblo».
Levítico 25:44-45 «En cuanto a los esclavos y esclavas que puedes tener de las naciones paganas que los rodean, de ellos podrán adquirir esclavos y esclavas. También podrán adquirirlos de los hijos de los extranjeros que residen con ustedes, y de sus familias que están con ustedes, que hayan sido engendradas en su tierra; éstos también pueden ser posesión de ustedes».
He aquí prohibiciones ridículas sobre costumbres y alimentos y regulaciones bárbaras sobre la esclavitud que nadie observa hoy día. Entonces, ¿los conservadores no están haciendo exactamente lo que acusan a los liberales, elegir selectivamente de los pasajes de la Biblia? Sin duda existen excusas. El ejemplo de la esclavitud es habitual: según dicen, nuestro concepto de esclavitud era muy distinto al nuestro. Les trataban bien. Primero, poseer un ser humano es inmoral, al margen del trato. Segundo, veamos qué dice este otro pasaje:
Levítico 25:44-45 «Si alguien hiere a su siervo o a su sierva con una vara, y muere bajo su mano, será castigado. Sin embargo, si sobrevive uno o dos días, no se tomará venganza, porque es propiedad suya».
Un trato magnífico sin duda: ¡Se te castigará si hieres a tu esclavo... a menos que sobreviva uno o dos días! Entonces no pasa nada y todos contentos.

La Biblia, particularmente el Antiguo Testamento, está repleta de pasajes similares en los que Dios apoya directamente el sacrificio humano (Génesis 22:1-18, Éxodo 13:2), la violación sexual con el castigo de la victima (Deuteronomio 21:10-14, Deuteronomio 22:28-29), la esclavitud sexual (Éxodo 21:7-11), la muerte de aquellos que ignoran a los sacerdotes (Deuteronomio 17:12), la muerte de los adivinos (Levítico 20:27), la muerte de aquellos que golpeen a sus padres (Éxodo 21:15), la muerte de adúlteros y fornicadores (Levítico 20:10, 21:9), la muerte de creyentes de otras religiones y de ateos (Éxodo 22:19, 2 crónicas 15:12-13), la muerte de aquellas que no lleguen vírgenes al matrimonio (Deuteronomio 22:20-21) y otras muchas torturas y muertes por razones ridículas. Ante todo, Dios quiere que matemos.

Es ahora que los cristianos progresistas ponen los ojos en blanco y replican de forma condescendiente: «¡Pero hombre, ese es el Antiguo Testamento! ¡Jesús abolió esas prácticas bárbaras!». En efecto, muchos ven a Jesús como un personaje revolucionario que transmite un mensaje de amor. Tanto esta percepción como la idea de que abolió las leyes antiguas están profundamente equivocadas. De hecho, según el Nuevo Testamento Jesús viene a hacer cumplir los antiguos mandamientos y además no deja lugar a la interpretación personal:
Mateo 5:17-18 «No piensen que he venido para poner fin a la Ley o a los Profetas; no he venido para poner fin, sino para cumplir. Porque en verdad les digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, no se perderá ni la letra más pequeña ni una tilde de la Ley hasta que toda se cumpla».
2 Pedro 1:20-21 «Pero ante todo sepan esto, que ninguna profecía de la Escritura es asunto de interpretación personal, pues ninguna profecía fue dada jamás por un acto de voluntad humana, sino que hombres inspirados por el Espíritu Santo hablaron por Dios».
Jesús también impone leyes concretas y en casos como el adulterio supera al Antiguo Testamento tanto en la sensibilidad del pecado como en el castigo: ya no solo debes morir por cometerlo, sino que por siquiera pensar en cometerlo irás al infierno para toda la eternidad a menos que te mutiles. Los próximos pasajes son palabras de Jesús:
Marcos 7:10 «Porque Moisés dijo: "Honra a tu padre y a tu madre", y "el que hable mal de su padre o de su padre, que muera"».
Mateo 5:27-30 «Ustedes han oído que se dijo: "No cometerás adulterio". Pero Yo les digo que todo el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncalo y tíralo; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te hace pecar, córtala y tírala; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo vaya al infierno».
Mateo 10:34-38 «No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a poner al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra [...]. El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a Mí, no es digno de Mí. Y el que no toma su cruz y sigue en pos de Mí, no es digno de Mí.».
Muchos se sorprenderán ante estas barbaridades. Seguro que tenéis alguna Biblia cerca: podéis comprobar vosotros mismos que ninguna de estas citas está sacada fuera de contexto, ninguna exagerada en su traducción. De hecho, la mayoría son traducciones nuevas que pretenden aliviar el barbarismo original. Los cristianos conservadores son tan quisquillosos como sus adversarios al escoger pasajes que les agraden y los cristianos liberales ignoran que su visión de Jesús no podía estar más lejos de la verdad bíblica. Este es el resultado inevitable de una religión en la que la mayoría de adeptos no ha leído el texto en el que se originan sus creencias. Ya lo dijo el ex-reverendo Donald Morgan:
«Una lectura y comprensión completas de la Biblia
son el camino más seguro al ateísmo».

Sanidad concluye que la homeopatía es placebo

Un estudio encargado por el Congreso español no ha hallado pruebas en favor de la mayoría de terapias de la medicina alternativa. La conclusión no es una sorpresa, ya que estas terapias se consideran complementarias precisamente porque no tienen estudios serios que las apoyen. Recordemos que no comparten procedencia o metodología: solamente las une la ausencia de pruebas y una predilección por vagas filosofías New Age.

Aunque la decisión no sea una sorpresa, sí que es relevante: al menos sobre el papel significa que no se podría legitimizar el empleo de estas terapias en centros médicos públicos.
«La acupuntura puede resultar efectiva para controlar las náuseas y vómitos postoperatorios y los provocados por la quimioterapia, pero no hay indicios que apoyen su uso para dejar de fumar o adelgazar. Los estudios sobre homeopatía apuntan más a un efecto placebo que una eficacia real, mientras que en las terapias físicas y manuales (como la quiropraxia o la osteopatía) se han observado efectos positivos sobre algunas dolencias, aunque los expertos recomiendan nuevas investigaciones». -El País
Este informe de casi un centenar de páginas surge en respuesta a una decisión que tomó el Congreso en 2007: el Ministerio de Sanidad debía estudiar estas terapias para considerar su regulación y empleo en el sector público. El resultado está claro: los ensayos han analizado 139 terapias y no han encontrado efictividad en casi ningún caso.

La acupuntura palia el dolor, si bien lo hace de una forma difícil de distinguir de un placebo, pero resulta ineficaz cuando pretende tratar patologías más específicas. Además, conlleva ciertos riesgos menores, al contrario que la mayoría de terapias alternativas. Entre las prácticas alternativas inocuas está la homeopatía, sobre la cual, según el estudio, "no se puede emitir ninguna recomendación basada en la evidencia que pueda influir en las decisiones clínicas sobre su uso". El informe añade que muchos estudios erran al no tener en cuenta la posibilidad del placebo: "resulta difícil interpretar que los resultados favorables encontrados en algunos ensayos sean diferenciables del efecto placebo".

Por otro lado, el texto pone en manifiesto "el alto grado de satisfacción manifestado por los usuarios de las mismas, independientemente de los resultados encontrados en estudios objetivos, así como el bajo nivel de riesgo que suele representar su forma de uso habitual en la mayoría de las terapias". Aunque existen excepciones directas a la seguridad, estas son ciertamente menores. En realidad, el mayor riesgo es el "retraso en el acceso al tratamiento convencional eficaz apropiado a la situación clínica", o sea, usar estos tratamientos como alternativas y no solo como complementos de la medicina basada en ciencia.
«La escasa evidencia científica disponible sobre efectividad y uso adecuado contribuye a la incertidumbre en su utilización. Estos factores refuerzan una aproximación cautelosa al uso de las terapias naturales».
Aunque la conclusión suponga un duro golpe para los practicantes de estas terapias y para las empresas que les provean, no se trata de un aplastante ataque indiscriminado contra la 'medicina natural': como suele hacerse en los ensayos clínicos, la cuestión se plantea como una tentativa 'ausencia de efectividad hasta el momento' en lugar de una inefectividad tajante. Así se deja cabida a nuevos estudios, aunque en realidad dé prácticamente igual: a pesar de lo afables y formales que sean las palabras, significa que consideran que la mayoría de la medicina alternativa es ineficaz y ofrece un cimiento para el gobierno ante estas cuestiones. Aunque, como indica Luis Alfonso Gámez, es probable que el gobierno no haga nada:
«Yo añado [...] que las autoridades sanitarias obliguen a etiquetar los productos homeopáticos con una leyenda que advierta de que carecen de principio activo y que sólo curan cuando el paciente se lo cree, y prohiban de una vez su venta en farmacias. Si no lo hacen, serán cómplices conscientes de este fraude al ponerse del lado de quienes engañan a los ciudadanos y les venden inútiles remedios milagrosos».
Sea cual sea la verdad, es más fácil no hacer nada. Y qué sino podemos esperar del gobierno.

Tributo a Hitch

Hace apenas unas horas, todavía 15 de diciembre en Estados Unidos, murió Christopher Hitchens. Aunque en Ciudadanos del Mundo le dedicamos toda una entrada el año pasado, no ha recibido ninguna otra mención, y es que su retórica sofística es placentera al oído pero no siempre estrictamente racional. A pesar de ello, Hitch era una considerable influencia personal que se ha ganado su sitio en la estantería de pensadores y oradores modernos.

Debido a su cáncer de esófago su muerte era de esperar, pero es de todas formas impactante ver como cae otro gran humano. Parece haber un patrón de muerte prematura con las figuras a las que admiro: Carl Sagan, George Carlin y ahora el único que podría haber escrito una obra como «Dios no es bueno. Cómo la religión lo envenena todo».

Christopher, echaremos de menos tus Hitchslaps.

Escépticos - ¿Cambio climático?

Tras tres meses Escépticos termina la temporada y en su última aparición se centra en la falsa ciencia más dañina para el ser humano y el planeta: el negacionismo del cambio climático.


En realidad el calentamiento global y el efecto invernadero son fenómenos naturales. Esto es algo de lo que no todos han oído hablar. Por supuesto, este hecho superficial puede utilizarse como arma y muchos lo hacen. Y es que casi ningún negacionista niega el cambio climático sino aquel potenciado por el ser humano. También por supuesto, están equivocados.

En los últimos cien años la temperatura media del planeta se ha elevado 0,8 ºC, la mayoría en los últimos treinta años. Este hecho es simple e irrefutable. La cuestión es si este cambio climático puede explicarse con altibajos naturales o si es precisa otra explicación. Este episodio de Escépticos lo explica muy bien y el consenso es que la deforestación y la quema de combustible fósil son las mayores responsables de elevar los gases de efecto invernadero.

Si seguimos por este camino las predicciones son inquietantes: durante el siglo XXI la temperatura subiría 1,1º en el mejor de los casos y en el peor se elevaría 6,4 Cº. Esto conllevará una elevación del nivel del mar que en las próximas décadas empezará a hacer desaparecer zonas costeras, más fenómenos meteorológicos extremos y destructivos, una extinción masiva de especies, daños inmensos a la agricultura y otras consecuencias.

Este último episodio de Escépticos explica con éxito por qué no se trata solo de una correlación entre las emisiones de dióxido de carbono en la atmósfera y el aumento de la temperatura. Existe una causalidad y no es sólo teórica sino experimental, con un increíble registro de los gases en el aire terráqueo a través de los tiempos. Con esto podemos tachar que estas últimas elevaciones solo sean debidas al cambio climático natural de la Tierra y confirmar que nuestras emisiones de dióxido de carbono son las responsables.

Como es debido, el episodio y la temporada terminan con una cita de Carl Sagan. La tierra, una mota de polvo azul suspendida en el espacio, más frágil de lo que creíamos.

Escépticos - ¿Hijos de Dios?

Este episodio de Escépticos se mete con la mayor vendedora de fraudes y placebos de la historia: la religión, desde la institución de la iglesia a las mismas ideas teológicas.


El episodio empieza con un «Yo creo que hay algo» y esta es precisamente la forma vagamente deísta, si es que puede definirse siquiera así, en la que creen la mayoría de las nuevas generaciones. En cierto sentido abraza el propósito de la New Age: ser increíblemente inespecífico hasta el punto de no decir nada aunque parezca que se esté diciendo mucho y, por supuesto, nunca -jamás- definir los términos. ¿Y acaso esto no resume a la fe?

Luego están los religiosos a la antigua: quieren a sus dioses muy concretos, juiciosos y discriminatorios respecto a minucias de la vida diaria. Sin duda son más peligrosos, pero también es más fácil de discutir con esta clase de religiosos: definen sus términos y saben lo que creen y, si se trata de una persona por lo demás racional, no es imposible que se le pueda convencer de que está equivocado a través de la lógica pura. ¿Pero qué puede hacerse con aquellos que "creen en algo", tan aterrorizados de tener que pensárselo dos minutos y descubrir que no tienen razones para creer en lo que creen? Es toda una paradoja que esta clase de religiosos, normalmente gente mucho más progresiva, afable y tolerante sea capaz de sacar a cualquiera de sus casillas más que ningún religioso clásico.

Además, los más extremistas tienen razón en algo: la separación entre la ciencia y la religión es falsa. Lo que ocurre es que ante esa realidad ellos ignoran los hechos conscientemente y creen literalmente en sus escrituras, y los racionalistas confían en las pruebas. Pero los religiosos más modernos insisten en una separación absoluta entre los magisterios de la ciencia y la religión... excepto que prácticamente todas las afirmaciones religiosas son existenciales y, tanto en la práctica como al menos en teoría, comprobables.

De una forma u otra ambas clases de religiosos ignoran sistemáticamente distintos grupos de hechos que se apilan incómodamente bajo sus narices con el avance de la modernidad.

Escépticos - ¿Superstición?

Escépticos vuelve a sus principios, esta vez tratando las supersticiones no organizadas.


La superstición es la dogmatización del error humano de confundir correlación o ausencia de relación por causa. La superstición no es más que caer en la falacia de «Post hoc ergo propter hoc»: ocurre algo y lo relacionamos causalmente con un evento inmediatamente anterior. Cuando esa relación se pasa entre generaciones y se dogmatiza nace una superstición.

El programa imparte una lección excelente del azar y de la probabilidad: prácticamente todos caemos en el error de subestimar las probabilidades de que algo ocurra. Esta ciencia tiene un complicado mundo no muy accesible a los que seamos ineptos en las matemáticas, pero por la red encontraremos vídeos de curiosidades probabilísticas muy divertidos e informativos.

Escépticos - ¿Salud de consumo?

Este episodio de Escépticos aborda el producto más rentable: la salud. Y, al contrario de lo que muchos esperarían, no es una cruzada en defensa de las farmacéuticas.


El programa presenta las realidades de los adelantos médicos que han mejorado la vida de una forma que ninguna mente racional pueda negar y las contrasta con el gran efecto secundario de una industria farmacéutica demasiado grande como para poder ser controlada.

En cierto sentido no podría estar más de acuerdo con lo expuesto. Pero también siento más rechazo con las conclusiones de este episodio que con ningún otro. Y es que si bien el programa presenta la situación, no puedo sino pensar que no han hincado el diente en los intereses económicos que afectan a todas las industrias hasta el punto de una ceguera ética.

Pero hay que admitirlo: hablan como un hecho del interés económico desregulado, critican activamente la medicalización de la vida y confirman la histeria popular y el papel de los medios y organizaciones mundiales en ello. Por desgracia, en última instancia estas ideas no forman parte de las conclusiones, unas conclusiones que son ciertas pero incompletas.

Escépticos - ¿Milagro?

Esta semana Escépticos habla de los 'productos milagro' tan típicos en la industria cosmética, basados sobre todo en falsa ciencia, charlatanería y puro marketing engañoso.


Esta clase de estafas no son nada nuevo pero, como se dice en el episodio, últimamente se han abrigado bajo el respeto y misterio que evoca la ciencia usando su terminología. La baba de caracol y las pulseras magnéticas son los mejores ejemplos de la utilización de términos que suenan científicos, comprobados, fiables... pero en realidad no significan nada.

Antes era la magia. Luego la alquimia. Durante el siglo XX fue el poder del átomo. Ahora le toca a la nueva ciencia, y nos encontramos con disparates como la transformación de los genes a base de cremas y hologramas magnéticos que nos ayudan en básicamente todo lo imaginable... ¡Más aún: nos ayudan en todo lo que queramos! Ese es el poder del placebo.

Sin duda esto se debe a un fallo garrafal en la educación y también a la ausencia de regulación en este país sobre lo que puede decirse al anunciar un producto. Aunque esto se trata a fondo en el episodio, he de decir que nada supera al gag recurrente en el que los muchos especialistas calvos del episodio y el mismo presentador, Luis Alfonso Gámez, muestran su brillante cráneo como evidencia de la ineficacia de los crece-pelos.

Hipótesis, Modelo, Teoría y Ley

Entre los más extremistas (e ignorantes en extremo) de los anti-ciencia encontraréis declaraciones como esta: «Pero la evolución es solo una teoría». Sí, pero borrad el "solo". En la ciencia los términos hipótesis, modelo, teoría y ley son grados en una escala pero sin duda no comparten su significado y jerarquía coloquiales. Si creéis que una teoría llega a convertirse en ley o en hecho puede que tengáis que leer este texto. De vuelta a lo básico.

Una hipótesis es en esencia lo que la gente cree: una suposición razonada, la sugerencia de un modelo que necesita ponerse a prueba. ¿Y qué es un modelo? Es una representación útil pero falsa de una hipótesis que funciona parcialmente. El mejor ejemplo es el modelo atómico de Bohr, que figura a los electrones en órbita alrededor del núcleo como si fuera un sistema solar: el modelo es de mucha ayuda pero no pretende ser una representación real del átomo.

Luego está esa palabra. Esa maldita palabra tan maltratada a manos de los creacionistas que deberían acusarles de violar al concepto. Por supuesto, se trata del término teoría. Aunque suela ser sinónimo de hipótesis ese no es su uso científico. En términos sencillos, una teoría es una hipótesis probada, un modelo demostrado que explica ciertos hechos. La Teoría de la Evolución no se descubrió dando palos de ciego. La Teoría del Big Bang no es una idea vaga.

¿Entonces qué es una ley? ¿Por qué estudiar teorías cuando hay leyes naturales que funcionan como si las hubiera escrito en piedra un padre espacial obsesionado con el control? Aunque decepcione a aquellos que siguen los mandamientos de tribus desérticas de hará dos o tres mil años, la verdad es que una ley solo es la descripción fundamental y matemática de un hecho o grupo de hechos que se repite sin excepciones conocidas. Ni más ni menos.

Por ejemplo, la Ley de la Gravitación básicamente dice que «las cosas caen». Para ser justos, es más complicado: «todo objeto con masa en el universo atrae a todos los otros objetos con masa con una fuerza directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa». Es una ley (y una de las cuatro fuerzas fundamentales del universo) porque no se ha observado ninguna excepción a la regla.

Una ley es una declaración de hechos. ¿Pero cómo ocurrieron? Para responder necesitamos una teoría, que en el caso de la Ley de la Gravitación es la Teoría de la Gravedad. Esta trasciende la simple descripción matemática y nos informa de cómo ocurre de hecho y de cuáles son sus causas. Las leyes no superan a las teorías: unas se ocupan de declarar hechos y las otras los explican. Ambas son necesarias para comprender cualquier fenómeno.

Pero si eso es cierto, ¿cómo es que no hay una ley equivalente para la Teoría de la Evolución? Sencillamente, la evolución no puede describirse como una ley porque el concepto no es aplicable: no existe ni existirá jamás una fórmula matemática de la evolución. La biología rara vez puede expresarse con precisión matemática porque la vida es demasiado compleja. Por supuesto, técnicamente es posible idear una Ley de la Evolución pero solo la omnisciencia nos la podría obsequiar. A menos que la reduzcamos a «La vida evoluciona», claro.

Puede que tras distinguir estos términos se vuelva más obvio por qué supone una afronta a la inteligencia humana el poner avisos como «La evolución solo es una teoría» en los libros de texto de tantísimos niños estadounidenses e islámicos. Sí, es cierto que hay cientos de libros ilegibles dedicados a todas las minucias de los refuerzos filosóficos de estas nociones. Pero también es cierto que estos términos pueden explicarse en cinco minutos.

Aquellos que argumentan que «solo es una teoría» no tienen excusa: son estúpidos a fondo o deshonestos con malicia. En cualquiera de los casos no deberían legislar sobre la educación.
(The original article written in English here: Hypothesis, Model, Theory and Law)

Hypothesis, Model, Theory and Law

Among the most extremist -and extremely ignorant- of the anti-science crowd you will come across statements such as this: "But evolution is only a theory." Indeed, but scratch the only. In science, the terms Hypothesis, Model, Theory and Law are indeed gradations in a scale but they certainly do not share their coloquial meaning or hierharchy. If you think a scientific theory ever becomes a law or a fact you may need to read the following. Let's go back to the basics.

A Hypothesis is pretty much what people think it is: an educated guess, the suggestion of a Model which needs further testing. And what is a Model exactly? That is a useful but untrue representation of a partially workable Hypothesis. A great example of this is the Bohr model of the atom, which depicts electrons circling the nucleus in an orbit not unlike the solar system: the model is very helpful but it is in no way supposed to be a true depiction of the atom.

Then there is that word. That wretched word so misused and mishandled by creationists that they should be prosecuted for raping the concept. It is of course the term Theory. It is usually synonimous with Hypothesis -but that is not its actual usage in science. Simply put, a Theory is a Hypothesis that has been proven to work, a demonstrated model that explains certain facts. The Theoy of Evolution is not a blind stab in the dark. The Big Bang Theory is not a wild guess.

What is a Law then? How is any Theory worth studying when we have actual natural laws that work as if they were written in stone by a control freak space daddy? As much as it might disappoint those who follow the commandments of sand people that lived two or three thousand years ago, the truth is that a Law is just the fundamental mathematical description of a fact or group of facts that repeat without any known exceptions. Nothing more, nothing less.

For example, the Law of Gravitation basically says "things fall". To be fair, it is a bit more complicated than that: "every point mass in the universe attracts every other point mass with a force that is directly proportional to the product of their masses and inversely proportional to the square of the distance between them.". That is a Law (and one of the four fundamental forces of the universe) because there has not been observed any exceptions to the rule.

A Law is just a statement of fact. But how did that happen? To answer that we need a Theory, which in the case of the Law of Gravitation is the Theory of Gravity. This goes beyond the simplest mathematical description of the thing and tells us how it actually works and what causes it. Laws are not above Theories -one is only concerned with statements of facts and the other one explains those facts. Both are needed to understand any given phenomenon.

But if that is true how is it that there is not an equivalent supporting Law for the Theory of Evolution? Plainly, evolution cannot be described as a Law because the concept does not apply: there is not, and never will be, a mathematical formulation of evolution. Biology can rarely be expressed with mathematical precision because life is just so complex. Of course, it is technically not impossible to devise a Law of Evolution, but nothing short of omniscience would grant us such a gift of knowledge. Unless we boil it down to "Life evolves," of course.

After making those distinctions it might suddenly become more obvious why it is such an affront to human intelligence to put warnings such as "Evolution is only a theory" in the Biology textbooks of so many American and Islamic children. It might be true that there are hundreds of long, boring books devoted to the tiniest minutia around the philosophical underpinnings of these concepts. But it is also true that these terms can be explained in literally five minutes.

There is no excuse for using the "Only a Theory" argument: these people are either profoundly stupid or maliciously dishonest. None of those tributes qualify anyone to legislate on education.
(El artículo traducido al castellano aquí: Hipótesis, Modelo, Teoría y Ley)

Escépticos - ¿Homeopatía?

Esta semana Escépticos habla de la homeopatía, la terapia alternativa más popular y rentable.


La decisión de centrar un episodio completo en la homeopatía fue la correcta, y no solo porque sea la medicina complementaria más conocida y vendida sino porque el programa trata de forma distinta a esta práctica que al resto de terapias alternativas. La curación de fe y similares yacen sobre un fundamento lógico profundamente fallido, observable mucho antes de adentrarnos en si obtiene resultados o no. En esencia, en aquel episodio se les tomó a broma porque son una broma y no de muy buen gusto. La homeopatía es otra historia.

Por desgracia, el episodio empieza de forma desastrosa: el ejemplo práctico del lago y la naftalina es profundamente estúpido. Funcionaría muy bien como ejemplo análogo pero, como podría aclarar un homeópata o cualquiera que se moleste en mirar la descripción de la esta terapia alternativa, la homeopatía no funciona así. Curiosamente, más tarde en el episodio sí que se da una definición adecuada y ejemplos reales, pero sin duda no es un gran comienzo.

Aún menos certera es la percepción popular de la homeopatía: no, la homeopatía no son simplemente hierbas machacadas en un tarro. Tras esa confusión Luis Alfonso Gámez ofrece una definición servible de la terapia y presenta a homeópatas profesionales que, en contraste a los que dejaron en ridículo a su campo en el episodio de las medicinas alternativas, representan a la homeopatía con sus mejores argumentos y ofrecen una buena imagen.

El episodio en sí no me ha interesado mucho personalmente, pero eso es porque se trata de una televisación de un debate muy frecuente para mi: ¿cómo es que la homeopatía funciona si no suele existir una sola molécula del ingrediente activo? La hipótesis principal es que el agua almacena memoria de alguna forma, pero este mecanismo ha resultado no ser una posibilidad particularmente viable. Pero, por supuesto, que el mecanismo sea desconocido y no podamos idear uno siquiera plausible no descalifica automáticamente a la homeopatía.

Y entonces se habla de sus resultados: ¿tiene la homeopatía algún resultado? Sí, es obvio que medicarse con homeopatía causa mejoras visibles: alivia el dolor y por tanto es en ese sentido efectiva. Pero luego, ¿es la homeopatía la causante de dichas mejoras o no es más que el efecto placebo con una preparación innecesariamente complicada y por tanto cara? Muchos estudios dicen que la diferencia con un placebo de control es nula y los metanálisis parecen mostrar dicho consenso, pero luego existe un contra-argumento muy inteligente: ¿como puede tratarse del efecto placebo si funcionan también con animales y bebés, que no saben que están medicándose? Ya lo explicamos en un ensayo de Ciudadanos del Mundo:
«Un descubrimiento más curioso y desconocido aún es que ni siquiera es necesario ignorar que [el medicamento] se trata de un falso objeto para que funcione, aunque el efecto será muchísimo menor. A la inversa, el sujeto tampoco tiene que ser consciente de qué se supone que es el objeto. Así ocurre con las mascotas y los bebés, que a pesar de ignorar el concepto "medicamento" sí que están condicionados para responder a los estados de ánimo de sus cuidadores, por no hablar del efecto considerable que tiene el contacto humano sobre los bebés y animales, como la reducción del ritmo cardíaco en perros y caballos. Este hecho responde a las alegaciones de que los perros y bebés mejoran con ciertos remedios de la medicina alternativa: son anécdotas y no estudios de doble ciego que evitarían el condicionamiento y la empatía.».
En otras palabras, apelar a los animales y personas que no solo ignoran el concepto de homeopatía sino también el de medicamento se trata de un fallo metodológico evitable con el doble ciego, que es un tipo de prueba sucintamente pero bien explicado en el episodio. Tras tener eso en cuenta, la homeopatía no solo se queda con una ausencia de mecanismo viable sino también con muy serias dudas de que sea más eficaz que cualquier otro placebo.

En última instancia, Escépticos sigue sin decir nada nuevo para aquellos que ya estamos en el debate popular pero cumple su propósito de divulgar el lado científico de estas cuestiones.

Escépticos - ¿Ciencias ocultas?

Escépticos, el programa de José A. Pérez presentado por Luis Alfonso Gámez, ya está a mitad de camino en su temporada y se adentra por fin en el mundo del ocultismo y la magia.


Los giros históricos que ha dado el ocultismo son muy interesantes. Hasta el siglo XIX fue algo relacionado exclusivamente con la religión, pero con el romanticismo surgió la fascinación por los ilusionistas y los enlaces con el más allá. Aunque sea triste admitirlo, hoy la gente se lo toma más en serio que entonces: por ejemplo, la Ouija fue inventada como un juego de mesa y era saber más común que no se trataba de espíritus sino de una respuesta ideomotriz.

Pero llegó la New Age y florecieron los bulos sobre lo paranormal. Teniendo en cuenta lo anti-corporativista que suele ser esta generación tan crédula, no deja de ser irónico que muchas de estas prácticas se manufacturaran y vendieran para contentarlos: se ha creado toda una industria a costa de la credulidad humana, desde los mediums hasta los cristales sanadores.

En cambio, en los últimos años el ocultismo ha dado otro giro radical y ahora la manera de explicar estos supuestos fenómenos es con lenguaje científico y datos falsos que suenan bien: por lo visto, se debe al potencial inexplorado del cerebro, ya que «solo usamos el diez por ciento». Vivimos en una época en la que la ciencia se respeta, si bien sea más por el miedo a su complejidad que por una verdadera comprensión, así que es de esperar que los mediums y sanadores dejen atrás el afán por el misticismo y se cubran de pretensiones científicas.

Stephen Fry - La Importancia de la Incredulidad

Existen razones para la incredulidad. Ese es y siempre ha sido el foco del debate irreligioso. Al fin y al cabo, el racionalismo y el empirismo no persiguen una forma de contentarnos o complacernos sino la mayor aproximación a la verdad. En palabras de Gustave Le Bon:
«La ciencia nos prometió la verdad o, al menos, el mayor conocimiento accesible a nuestra inteligencia: no nos prometió jamás ni la paz ni la felicidad».
Por tanto, rara vez se trata la importancia de la incredulidad. Al margen de si es cierta, pocos se han centrado en la tesis de que la ausencia de creencia religiosa es también mejor. Pero eso ha hecho Stephen Fry, afamado actor, cómico, símbolo nacional y humanista:


Stephen Fry afirma que no sería una buena idea creer en la la inmortalidad del alma incluso si resultara ser cierto. Su lógica es que dicha creencia es tan reconfortante que llega a ser un opioide y se convierte en un obstáculo para una vida realizada al permitir la racionalización de una eternidad en la que realmente haremos algo de provecho e interés.

También trata su aborrecimiento particular del monoteísmo. Mientras la idea del Dios creador no explica nada al intentar explicarlo todo, el politeísmo es totalmente justificable en la era pre-científica: provee a cada fenómeno de un animus interior, de una personificación de los principios de la naturaleza. En cierto modo, cada dios griego es la versión primitiva de las teorías sociológicas, biológicas, geológicas y cosmológicas propias de las ciencias modernas.

Sin lugar a dudas, no puede decirse lo mismo del concepto de Dios creador del monoteísmo, que en última instancia no es más que el equivalente divino de sacar al conejo de la chistera.

Escépticos - ¿Modificación genética?

Escépticos, el nuevo programa escrito por José A. Pérez y presentado por Luis Alfonso Gámez, deja de lado por primera vez las doctrinas acientíficas y aborda la respuesta irracional a una cuestión en principio muy científica: los organismos modificados genéticamente.


Las críticas al principio metodológico de la modificación están confusas: llevamos milenios modificando el alimento y el ganado a través de la selección artificial y, simplemente, ahora somos capaces de hacerlo mucho más rápido y con más certeza. Las imágenes de este episodio que muestran plátanos, fresas y tomates silvestres esclarecen algo que debería ser obvio para todos: en el proceso transgénico no se pierde ninguna naturaleza o pureza, ya que no existía para empezar. La agricultura de cualquier tipo es intrínsecamente artificial.

Todo este pánico surge de la confusión respecto a lo que significa "natural". El término pierde todo significado posible si se usa como sinónimo de sano y puro, y su verdadera definición es sencilla: aquello que se da en la naturaleza sin intervención alguna. Esto puede ser bueno, malo o irrelevante para el ser humano, como todo lo afectado por la selección natural.

Aunque "naturaleza" no equipare a "sanidad", el concepto en sí es válido. Pero la pureza simplemente no existe: afirmar que existe una versión pura de un organismo es no entender la evolución. La selección natural se mide en tiempo geológico. La selección artificial se mide en centenares y miles de años. La nueva selección artificial podemos observarla con nuestros propios ojos. Sea lento o no, el cambio es constante: no existe una versión pura u original.

Una cuestión muy distinta es la económica. Si bien el principio científico es sensato, su uso no suele serlo: las multinacionales como Monsanto acostumbran a patentar con copyright la semilla y pretenden evitar que las próximas generaciones florezcan, lo cual es muy peligroso. Si bien no es tan dramático, sí que es una pérdida de potencial su uso para que el producto sea, por ejemplo, visualmente más agradable en lugar de más duradero y resistente. Y finalmente, aunque los transgénicos tienen un gran potencial en países pobres, por su mayor tamaño, crecimiento rápido y posibilidad de evitar enfermedades, esto no ocurrirá mientras las empresas que poseen las patentes sigan teniendo como único fin el ánimo de lucro.

No es racional el catastrofismo sobre la pérdida de la biodiversidad y las enfermedades latentes hipotéticas, pero es cierto que cuanto menos dependa el sistema económico del ánimo de lucro más provecho social se podrá sacar de esta técnica.

Escépticos - ¿Hay alguien ahí fuera?

Hoy Escépticos trataba el fenómeno de los extraterrestres en circunstancias apropiadamente paranormales: el programa aparece ahora en su horario habitual en la red y los jueves en la televisión. Que se emita primero en Internet lo convierte en toda una novedad local.


Con ayuda de especialistas, Luis Alfonso Gámez presenta la ufología y explica la evolución de este fenómeno en la historia y mente humanas. Es toda una ilusión personal que se trate la relación entre este fenómeno y las apariciones religiosas que tan bien divulgó Carl Sagan en El Mundo y sus Demonios, junto con el revelador origen del término «platillo volante» y otros tantos detalles que pueden encontrarse en mayor detalle en dicha obra de divulgación.

Es sorprendente que haya tan pocas diferencias entre los relatos de los alienígenas que experimentan sexualmente con sus víctimas y los súcubos e íncubos medievales. Igualmente, los mensajes moralistas de personajes religiosos y aliens benevolentes están curiosamente limitados al conocimiento humano y a la inquietud social contemporánea, ya sean las brujas o una guerra nuclear. ¿Acaso no son las mismas ansiedades universales filtrados por preocupaciones populares concretas que cambian según la época? Es muy probable.

De todas formas, el verdadero foco de atención del programa son los fraudes y los anhelos humanos alrededor de la ufología. El único problema del episodio es externo: al contrario que en los casos de los episodios anteriores, el escepticismo hacia la ufología es popular y quizá mayoritario, así que puede que el programa no haya sido una novedad para tantos.