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El renacimiento de la moral

Tradicionalmente, la moral como objeto de estudio ético ha sido una cuestión teológica y es en parte por ello que incluso hoy día el ateísmo se mira con desprecio: si Dios no existe, ¿en qué se fundamenta nuestra percepción del bien y el mal? ¿Cuál es la base de la moral?

La autocracia y la democracia no pueden determinar el bien y mal, ya que la imposición de los deseos del dictador -divino o no- refleja su poder pero no la rectitud de sus valores, y la opinión de la mayoría, representada directamente o por medio de leyes, evita conflictos pero no define una ética («diez blancos ahorcando a un negro es democracia»). Peor aun es fundamentarla en la tradición: que una práctica perdure no precisa bondad. En la ciencia de la lógica, estas apelaciones a la legitima sabiduría de la fuerza, el pueblo y la antigüedad son falacias ad baculum, ad populum y ad antiquitatem respectivamente.

¿Entonces qué define la moral? En The Moral Landscape, el neurocientífico Sam Harris argumenta que la moral se basa en el bienestar de los seres conscientes y que, por tanto, ha de aplicarse un modelo ético basado en los casos extremos de bienestar y sufrimiento totales. El autor imagina un "paisaje moral", un espacio de consecuencias reales y potenciales cuyas cimas corresponden al mayor bienestar y cuyos valles suponen el mayor sufrimiento:
«Formas distintas de pensar y comportarse (distintas prácticas culturales, códigos éticos, formas de gobierno, etcétera) resultarán en cambios en este paisaje y, por tanto, en grados distintos de prosperidad humana. No sugiero que vayamos a descubrir necesariamente una sola respuesta correcta a cada cuestión moral o una sola forma óptima en la que los humanos puedan vivir. Algunas cuestiones admitirán varias respuestas, cada una más o menos equivalente. [...]

Si pueden descubrirse verdades objetivas acerca del bienestar humano (si, por ejemplo, la amabilidad suele conducir a la felicidad más que la crueldad), algún día la ciencia debería poder reclamar con mucha precisión qué conductas y usos de nuestra atención son moralmente buenos, cuáles son neutrales y cuáles merece la pena abandonar».
Para llegar a este modelo racional y empírico, Harris primero tuvo que demostrar la conexión entre el bienestar y la moral, y para ello realizó una hazaña quizá mayor que su tesis central: acabó con la interpretación moderna de la guillotina de David Hume, la supuesta barrera entre hechos y valores cuya ruptura suele equipararse equivocadamente a la falacia naturalista. Aunque filósofos como G.E. Moore lo malinterpretaran así, ese no era el propósito de Hume: irónicamente, su argumento iba en contra de aquellos que pretendían deducir una ética por medio de la mera existencia de Dios. Harris aborda el problema de Hume pragmáticamente:
«Muchos escépticos morales... insisten en que las nociones de qué deberíamos hacer o qué valoramos solo pueden justificarse con otros valores y nunca con hechos acerca del mundo real. [...] Pero esta noción de "lo que debería ser" es una forma artificial e innecesariamente confusa de plantear las elecciones morales. [...] Para que la noción nos importe en absoluto, debe referirse a una preocupación por las experiencias reales o potenciales de los seres conscientes. Por ejemplo, decir que deberíamos tratar a los niños con ternura parece idéntico a decir que a todos nos vendrá mejor hacerlo».
Esta clase de moral fundada en evidencias se encuentra con dos adversarios que a su vez se consideran también enemigos mortales: la moral supuestamente absoluta de la religión clásica y el relativismo moral del posmodernismo. Ambas suponen una detestable ceguera de la realidad pero son discapacidades bien distintas. Los fundamentalistas, cegados por preceptos absolutos como que «mentir es pecado», sin prestar atención al contexto que posiblemente lo exculpe, no ven ni un solo tono de gris. Las repercusiones son obvias y terribles.

A la inversa, cegados en nombre de la retorcida visión de la tolerancia que proporciona el relativismo cultural, los posmodernistas solo ven tonos de gris, y solo así puede ocurrir que personas civilizadas y bienintencionadas toleren prácticas como la mutilación genital femenina y otras formas de opresión, sexismo y barbarismo: «es una cultura distinta con un código ético alternativo», dicen. Y tienen razón. Pero además de alternativo, ese código ético es intolerable y una afrenta a los derechos humanos. Como señala Harris, esta tolerancia intelectual no es solo un asunto académico: probablemente en este mismo instante estén quemando la cara con ácido a niñas por querer aprender a leer o por el "crimen" de dejarse violar.
«Si una sola persona en el mundo sujetara a una muchacha aterrorizada que se resiste y chilla, y con una cuchilla infectada le cortara los genitales, y luego la cosiera dejando solo un pequeño orificio para orinar y para el flujo menstrual, la única pregunta sería con qué severidad habría que castigar a esa persona, y si la pena de muerte sería una sanción lo suficientemente dura. Pero cuando lo hacen millones de personas, esa monstruosidad, en vez de multiplicarse por millones, de repente se convierte en "cultura" y, con ello, por arte de magia, pasa a ser no más horrible, sino menos, y hasta la defienden "pensadores morales" occidentales, incluidas feministas» -Donald Symons.
La falsa distinción entre hechos y valores es el principio responsable de que tantos hayan adoptado esta retorcida perspectiva entre los movimientos progresistas, para los cuales parece que cualquier crítica de oriente es un caso de imperialismo occidental. Teniendo en cuenta que su adversario es una extrema derecha obsesionada con el culto a Yahveh hasta el punto del fundamentalismo violento, no es de extrañar que hayan caído tan bajo.

Esta tercera perspectiva ética, basada en evidencias y no en revelación divina o tolerancia incondicional, pretende ser la voz de la razón entre los psicóticos que oyen voces de una deidad vengadora y los psicópatas que ignoran los chillidos de las niñas.
(Read the English translation: The Moral Renaissance)

The Moral Renaissance

Traditionally, morality as a study of ethics has always been a theological question and that is partly why even today atheism is looked upon with so much disdain: if God does not exist, where upon is our perception of good and evil to be founded? What is morality based on?

Autocracy and democracy cannot determine good and evil, since the imposition of whatever the dictator -divine or not- wishes does reflect their power but not the righteousness of their values, and the opinion of the majority -by direct representation or indirect legislation- avoids conflicts but does not define a code of ethics ("Ten white guys lynching one black guy is a democracy.") Even worse is to base it on tradition: the continuance of a practice does not require goodness. In the science of logic, these appeals to the legitimate wisdom of force, the people and antiquity are ad baculum, ad populum and ad antiquitatem fallacies respectively.

Then, what does define morality? In The Moral Landscape, neuroscientist Sam Harris argues that morality is based on the well-being of conscious beings and that, therefore, a code of ethics based on the extremes of total well-being and suffering must be applied. The author pictures a 'moral landscape', a space of actual and potential consequences whose peaks correspond to the heights of well-being and whose valleys represent the deepest suffering:
"Different ways of thinking and behaving —cultural practices, ethical codes, modes of government, etc.— will translate into movements across this landscape and, therefore, into different degrees of human flourishing. I’m not suggesting that we will necessarily discover one right answer to every moral question or a single best way for human beings to live. Some questions may admit of many answers, each more or less equivalent. [...]

If there are objective truths to be known about human well-being—if kindness, for instance, is generally more conducive to happiness than cruelty is—then science should one day be able to make very precise claims about which of our behaviours and uses of attention are morally good, which are neutral, and which are worth abandoning."
To get to this rational and empirical model, Harris had to first demonstrate the link between well-being and morality, and for that purpose he achieved a possibly bigger feat than his central thesis: he put an end to the modern interpretation of Hume's Guillotine, the supposed wall of separation between facts and values whose breaking is usually -but wrongly- likened to the naturalistic fallacy. Although philosophers such as G.E. Moore misinterpreted it like so, that was not Hume's purpose: ironically, his argument run against those who tried to deduce a code of ethics from the mere existence of God. Harris approaches Hume's problem pragmatically:
"Many moral skeptics... insist that notions of what we ought to do or value can be justified only in terms of other 'oughts,' never in terms of facts about the way the world is. [...] But this notion of 'ought' is an artificial and needlessly confusing way to think about moral choice. [...] If this notion of 'ought' means anything we can possibly care about, it must translate into a concern about the actual or potential experience of conscious beings (either in this life or in some other). For instance, to say that we ought to treat children with kindness seems identical to saying that everyone will tend to be better off if we do."
This kind of evidence-based morality is faced with two adversaries which in turn are also hostile to each other: the supposedly absolute morality of classic religion and the moral relativism of Postmodernism. Both entail an abhorrent blindness from reality but they are quite distinct disabilities. Fundamentalists -blinded by absolute precepts such as "lying is a sin" which leave no room for a possible context that absolve them- cannot see any shades of grey. The consequences are obvious and dreadful.

Inversely, blinded in the name of the distorted view of tolerance offered by cultural relativism, postmodernists can only see shades of gray -and that is the only way that civilized and well-intentioned people could tolerate practices such as female genital mutilation and other forms of oppression, sexism and barbarism: "it is a different culture with an alternative code of ethics," they say. And they are right. But this code of ethics is not only alternative but also intolerable and an affront to human rights. As Harris himself points out, this intellectual tolerance is not just an academic issue -probably at this very moment there are girls getting their faces burned off with acid for wanting to learn to read or for the 'crime' of getting raped.
"If only one person in the world held down a terrified, struggling, screaming little girl, cut off her genitals with a septic blade, and sewed her back up, leaving only a tiny hole for urine and menstrual flow, the only question would be how severely that person should be punished, and whether the death penalty would be a sufficiently severe sanction. But when millions of people do this, instead of the enormity being magnified millions-fold, suddenly it becomes “culture,” and thereby magically becomes less, rather than more, horrible, and is even defended by some Western “moral thinkers,” including feminists."
-Donald Symons.
The false distinction between facts and values is the principle responsible for the fact that so many have embraced this distorted view among the progressive movements, for which seemingly any criticism towards the East is a case of Western imperialism. Considering their adversaries are a far-right obsessed with the cult of Yahveh to the point of violent fundamentalism, it is no wonder they have sunk to such a low level.

This third ethical perspective, based on evidence and not divine revelation or unconditional tolerance, aims to be the voice of reason between the psychotics who hear voices from a vengeful deity and the psychopaths who ignore the screams of little girls.
(Leer la versión original: El renacimiento de la moral)

"El espejismo de la chimenea" de Sam Harris

El neurocientífico Sam Harris, autor de The Moral Landscape, ha escrito en su blog personal un ensayo acerca de la colisión entre la racionalidad y nuestras creencias internas, el choque de ideas que sufren muchos creyentes que se enfrentan a las realidades que desafían sus dogmas. Harris usa como caso de estudio las chimeneas y el daño que estas causan, adoptando el divertido título de "El espejismo de las chimeneas", paralelismo de la polémica obra "El Espejismo de Dios" de su colega Richard Dawkins. El texto a seguir es una traducción:
Me parece que muchos ateos han olvidado (o nunca han sabido) cómo es sufrir una desdichada colisión con la racionalidad científica. Para nosotros estar abiertos a buenas pruebas y argumentos sensatos es un principio, y solemos estar dispuestos a seguirlos hasta donde sea que nos lleven. Algunos hemos construido nuestras vidas profesionales a partir de lamentarnos de que los religiosos no adopten esta misma actitud.

En cambio, recientemente me he encontrado con un ejemplo de intransigencia laica que puede dar a los lectores una idea de cómo se sienten los religiosos cuando sus creencias se critican. No es una analogía perfecta, como veréis, pero la 'rigurosa investigación' que he llevado a cabo en banquetes con invitados sugiere que merece la pena pensar en ello. Llamémos a este fenómeno
"El espejismo de las chimeneas".

En una noche fría, la mayoría considera que una hoguera bien cuidada es uno de los placeres más saludables que la humanidad ha producido. Una hoguera, ardiendo a salvo dentro de los confines de una chimenea o un horno de leña, es una fuente visible y tangible de confort para nosotros. Nos encanta todo: su calidez, la belleza de sus llamas y, a menos que uno sea alérgico al humo, el olor que este imparte en el aire.

Siento decir que si esta es vuestra opinión acerca de la hoguera de leña, no solo estáis equivocados sino peligrosamente desencaminados. Pretendo convenceros en serio, así que en parte podéis considerarlo un comunicado de interés público, pero por favor tened en mente que se trata de una analogía. Quiero que percibáis cómo os sentís y que os deis cuenta de la resistencia que se forma al considerar lo que tengo que decir.

Dado que la madera es una de las sustancias más naturales de la tierra y su uso como combustible es universal, la mayoría se imagina que quemar leña debe ser algo totalmente benigno. Respirar el aire invernal aromatizado por el humo de leña parece completamente distinto a echar bocanadas de un cigarro o inhalar el tubo de escape de un camión pasajero. Pero esto es un espejismo.

Esto es lo que sabemos desde un punto de vista científico: ningún grado de humo de leña es bueno para la respiración. Es al menos tan malo como el humo del cigarro y probablemente mucho peor (según un estudio, es 30 veces más carcinogénico). El humo de una hoguera de leña común contiene cientos de compuestos carcinogénicos, mutagénicos, teratogénicos e irritantes al sistema respiratorio. La mayoría de partículas que se generan al quemar leña son más pequeñas que un micrón, un tamaño que según se cree puede hacer mucho daño a los pulmones. De hecho, estas partículas son tan minúsculas que pueden evadir nuestras defensas mucociliares y entrar directamente en el torrente sanguíneo, presentando un peligro al corazón. Las partículas de este tamaño también se resisten al asentamiento gravitacional, manteniéndose en vuelo durante semanas seguidas.

Una vez salen de la chimenea, los gases tóxicos (por ejemplo, el benceno) y las partículas que forman el humo vuelven sin problemas a nuestros hogares. Según las investigaciones, casi el 70 por cierto del humo de chimenea vuelve a entrar en edificios cercanos. Los niños que viven en hogares con chimeneas u hornos de leña activos, o en zonas donde las hogueras son comunes, sufren una incidencia mayor de asma, tos, bronquitis, despertares nocturnos y función pulmonar comprometida. Entre adultos, las hogueras se asocian con una mayor frecuencia de visitas a salas de urgencia y admisiones al hospital por enfermedades respiratorias, además de una mayor mortalidad de ataques al corazón. La inhalación de humo de leña, incluso a niveles relativamente bajos, altera las funciones inmunes pulmonares, dejándonos más susceptibles a resfriados, gripes y otras infecciones respiratorias. Todos estos efectos pesan de forma desproporcionada en niños y ancianos.

La triste verdad sobre quemar leña se ha establecido científicamente hasta una certeza moral: esa agradable y acogedora hoguera en la chimenea es mala para vosotros. Es mala para vuestros hijos. Es mala para vuestros vecinos y sus hijos. Además, quemar leña es completamente innecesario ya que en el mundo desarrollado nunca nos faltan alternativas mejores y más limpias para calentar nuestros hogares. Si quemáis leña en los Estados Unidos, Australia, Europa o en cualquier nación desarrollada, seguramente lo estés haciendo de forma recreativa; y la persistencia de este hábito es una fuente principal de contaminación atmosférica. De hecho, el humo de leña suele contribuir más partículas dañinas en la atmósfera urbana que ninguna otra fuente.

En el mundo desarrollado, la quema de combustible solido en el hogar es una verdadera plaga, solo comparable a la mala higiene como un riesgo de salud medioambiental. En 2000, la Organización Mundial de la Salud estimó que causaba casi 2 millones de muertes prematuras cada año, muchísimo más que los accidentes de tráfico.

Sospecho que muchos habréis empezado a idear contraargumentos que serán reconocibles para cualquiera que haya debatido la validez y la utilidad de la religión. He aquí uno: los seres humanos nos hemos abrigado entre hogueras durante decenas de miles de años y está práctica fue crucial en la supervivencia de nuestra especie. Sin el fuego no habría cultura material. Nada se nos hace más natural que quemar leña para mantenernos cálidos.

No le falta razón. Pero otras muchas cosas son naturales, como morir en la anciana madurez de treinta años. Morir al nacer es increíblemente natural, al igual que la muerte prematura por decenas de enfermedades que ahora podemos prevenir. Que os zampe un león o un oso también es vuestro derecho de nacimiento, o lo sería sino fuera por el artificio defensivo de la civilización, y convertirse en el almuerzo para un carnívoro mayor os conectaría a la profunda historia de nuestra especie tanto como los placeres de la hoguera. Durante casi dos siglos la línea divisoria entre aquello que es natural (con todo el sufrimiento innecesario que ello implica) y aquello que es bueno ha ido creciendo. Respirar los gases de una chimenea ha acabado en el lado malo de esa línea.

El argumento contra la quema de leña está tan claro como el de fumar cigarros. De hecho, está aun más claro, ya que al comenzar una hoguera se envenena el aire que todos deben respirar en kilómetros a vuestro alrededor. Incluso si rechazáis toda intrusión de un Estado paternalista deberíais estar de acuerdo que la quema recreativa de leña es inmoral y debería ser ilegal, especialmente en zonas urbanas. Al encender una hoguera se crea una contaminación de la que uno no se puede deshacer. Incluso en el día con los cielos más claros del año una quema suficiente de leña dejará al aire de vuestra vecindad como un mal día en Pekín. Vuestro vecindario no debería pagar por vuestra conducta arcaica y no hay forma de que os transfieran este coste de forma que puedan preservar sus intereses. Por tanto, incluso los libertarios deberían estar dispuestos a aprobar leyes que prohibieran la quema recreativa de leña en provecho de alternativas más limpias, como el gas natural.

He descubierto que al proponer este argumento, incluso entre personas muy inteligentes y preocupadas por su salud, una verdad psicológica queda claramente visible: no quieren creérselo. La mayoría de la gente que conozco quiere vivir en un mundo en el que el humo de leña es indoloro. De hecho, parecen estar comprometidos con la idea de vivir en ese mundo, a pesar de los hechos. Intentar convencerlos de que las hogueras son dañinas y que siempre lo han sido es, en cierto modo, ofensivo. Simplemente, el ritual de quemar leña es demasiado reconfortante y familiar como para ponerlo en duda; su consolación es tan antigua y omnipresente que debe ser benigna. La alternativa, utilizar gas natural con leños falsos, parece un sacrilegio.

En cambio, la realidad de la situación no es científicamente ambigua: si os importa la salud de vuestra familia y vecinos, la escena de una chimenea encendida debería ser tan reconfortante como la de un motor diésel tirado en vuestra sala de estar. Es hora de romper el hechizo y usar una alternativa artificial o nada en absoluto.

Por supuesto, si sois como mis amigos, rechazaréis esta verdad. Y eso os debería dar una idea de a qué nos enfrentamos con la religión.
Este ensayo de Sam Harris muestra un ejemplo perfecto de la falacia naturalista en la que se basan la mayoría de religiones e incluso algunas teorías políticas: "Siempre ha estado con nosotros, es una tradición, así que debe ser bueno". En cierto modo, el foco de Ciudadanos del Mundo empieza a ser el análisis de las ideologías con bases visiblemente erróneas: artículos como La virtud de la fe, Choque de ideas, El engaño posmodernista y El fantasma de la máquina rechazan la creencia ciega, el relativismo, el posmodernismo, el dualismo y el primitivismo como bases argumentales. Los próximos ensayos seguirán la misma pauta.

El fantasma de la máquina

El "Fantasma de la máquina" es una locución que inventó el filósofo Gilbert Ryle para describir el dualismo mente-cuerpo de Descartes. En su libro The Concept of Mind Ryle ridiculizó la creencia de que el psique funciona independientemente del cuerpo físico. Según Descartes y todos los dualistas después, la mente no está sujeta a leyes mecánicas, ni siquiera está en el espacio. De ahí el alma etérea que gobierna el cuerpo mecánico, el fantasma de la máquina.

Aunque la propuesta de que existe una distinción vital entre mente y materia, que la mente es como un espíritu incorpóreo, es una teoría de la mente muy específica, rara vez viene sola. El lingüista y psicólogo experimental Steven Pinker lo dijo mejor en su libro The Blank Slate:
«Las doctrinas de la tabula rasa, el salvaje noble y el fantasma de la máquina (o, como los llaman los filósofos, empirismo, romanticismo y dualismo) [...] suelen encontrarse juntos. [...] Naturalmente, la tabula rasa coexiste con el fantasma de la máquina, dado que una tabla rasa es un lugar acogedor para que more un fantasma. Si un fantasma ha de estar al mando, la fábrica puede enviar el aparato con un mínimo de partes».
Esos son los tres mosqueteros: la tabula rasa de John Locke, el salvaje noble de Rousseau y el fantasma de la máquina de Descartes; la mente no tiene rasgos innatos, las personas nacen buenas por naturaleza y todos tenemos un alma con libre albedrío que no se somete a las leyes de la física y la biología. La unión del empirismo no epistemológico, el romanticismo y el dualismo es una poderosa fuerza seductora, pero no por su poder explicativo sino por lo que parecen representar: una barrera contra la desigualdad y el determinismo.

Pero defender una posición científica con sueños y esperanzas no tiene sentido. Concluir que la mente carece de rasgos inherentes a base de aspiraciones políticas y no pruebas reales es un ejemplo perfecto de la falacia moralista: es una presunción de que aquello que sea deseable debe ser verdad, que lo que debería ser también es. Por ejemplo: «No podemos estar predispuestos naturalmente a la xenofobia porque eso justificaría el racismo». En esencia es lo opuesto a la falacia naturalista, que presume que aquello que sea verdad debe ser deseable, que lo que es también debería ser: «Dado que estamos predispuestos naturalmente a la xenofobia, el racismo está justificado socialmente».

Aunque estos temores no son argumentos reales, eso no significa que no sean ciertos, así que mejor dejemos de lado la lógica formal. ¿La realidad de la naturaleza humana, no importa cuán maleable, socava las esperanzas de una igualdad social? No, porque las libertades civiles no dependen de la condición de que todos seamos iguales sino de una sociedad que trate a todos como individuos con derechos: no nacemos iguales, pero dar por sentado que por tanto no deberíamos tratarnos con igualdad es caer en la falacia naturalista. Lo siento, prometo no volver a mencionar las falacias lógicas.

Pero el abismo de la naturaleza humana es más profundo. Muchos temen la idea de que la biología toma parte en nuestra conducta y su implicación de que la mente no es más que una parte del cuerpo porque destruye la fuente aparente de nuestras libertades: el libre albedrío. Y es cierto que la destruye: al comprender que el dualismo mente-cuerpo no existe uno se da cuenta de que la mente está, como todo lo demás, sujeta a las leyes de la naturaleza, a la cadena infinita de causa y efecto. Por necesidad, esto convierte a la elección en una ilusión; muy útil o incluso crucial, pero técnicamente un espejismo. En su libro de 2010 "The Moral Landscape" el neurocientífico Sam Harris lo describe así:
«Toda nuestra conducta puede rastrearse hasta fenómenos biológicos de los que no somos conscientes: esto siempre ha sugerido que el libre albedrío es una ilusión. Por ejemplo, el psicólogo Benjamin Libet demostró que actividades en las regiones motoras del cerebro pueden detectarse unos 350 milisegundos antes de que la persona sienta que ha decidido moverse. Recientemente, otro laboratorio utilizó una IRMf para mostrar que algunas decisiones "conscientes" pueden predecirse hasta 10 segundos antes de formar parte de la conciencia, mucho antes de la actividad motora preparatoria que detectó Libet. Está claro que esta clase de hallazgos son difíciles de reconciliar con la sensación de que uno es la fuente consciente de sus acciones. [...]

El problema es que ninguna explicación de la causalidad da cabida al libre albedrío. Pensamientos, humores y deseos de toda clase aparecen de la nada y nos afectan (o no) por razones subjetivamente inescrutables. [...] Decir que una persona habría hecho otra cosa si hubiera decidido hacer otra cosa no significa nada, porque las "elecciones" de una persona solo aparecen en su torrente mental como de la nada. [...] Nuestra creencia en el libre albedrío emana de nuestra ignorancia momentánea sobre causas específicas previas. La expresión "libre albedrío" describe la impresión de identificarse con el contenido de cada pensamiento a medida que surge en la conciencia».
Harris procede a explicar por qué este hallazgo no acaba con la moralidad y la libertad:
«Como señaló Daniel Dennett, muchos confunden el determinismo con el fatalismo. Eso da lugar a preguntas como: "¿Si todo está determinado por qué debería hacer nada? ¿Por qué no sentarme y ver qué pasa?" Pero que nuestras elecciones dependan de causas previas no significa que no importen. [...] No sabemos lo que pretenderemos hasta que la intención surja. Ver esto es darse cuenta de que no eres el autor de tus pensamientos y acciones en la forma que suele suponer la gente. En cambio, esta comprensión no hace que la libertad social y política sea menos importante».
Que el libre albedrío sea una ilusión no menoscaba lo que consideramos como elecciones. Solo tenemos que comprender intelectualmente cómo funciona nuestra mente pero luego simplificarlo con el concepto del libre albedrío. Es un modelo: útil pero falso. Por ejemplo, en nuestra vida diaria no usamos física avanzada sino un modelo muy simple a base de experiencias que solo falla cuando las variables del entorno son muy distintas de las nuestras, como cuando el astronauta David Scott dejó caer un martillo y una pluma en la luna y cayeron a la misma velocidad. Es intuitivamente confuso pero intelectualmente explicable: no hay resistencia al aire en el vacío. De manera análoga, el libre albedrío es un modelo útil que no tenderá a fallarnos; pero más vale que seamos conscientes de su inexactitud o no reconoceremos las ocasiones en las que la experiencia común no es suficiente.

Pues esto no es un diálogo puramente filosófico: sostener como verdad esta idea y sus justificaciones filosóficas tiene consecuencias en el mundo real. La tabula rasa y el noble salvaje contaminan campos científicos como la antropología al romantizar nuestro estado de naturaleza (y la naturaleza misma) y al vetar la crítica legítima de las tribus primitivas, creando así expectativas poco realistas sobre los niños y otras gentes no civilizadas. En cambio, el mayor culpable es el fantasma de la máquina, de ahí el título de este ensayo: por ejemplo, en el dualismo mente-cuerpo radican las medidas políticas contra la investigación de células madre. En 2011 George W. Bush tomó la decisión de prohibir estos estudios tras consultar con varios filósofos dualistas y pensadores religiosos. Todavía a día de hoy existen muchas otras actitudes dañinas que asumen la existencia de un alma inmaterial mucho más allá del cuerpo.

Como indica el mismo Steven Pinker, todo esto «inscribe la tabula rasa, desclasa al salvaje noble y exorciza al fantasma de la máquina». Más que puntos de vista intelectuales son explicaciones primitivas basadas en el pensamiento mágico de que aquello que deseemos debe ser cierto. En cierto modo, la negación popular de la naturaleza humana es muy similar a la posición posmodernista hacia la ciencia en general: ambos proclaman una pared de separación entre sus ideas y aquello que el conocimiento metodológico pudiera llegar a alcanzar. Pero la realidad no tiene esas fronteras.
(The original article written in English here: The Ghost in the Machine)

The Ghost in the Machine

The Ghost in the Machine phrase was invented by philosopher Gilbert Ryle as a way to describe René Descartes' mind-body dualism. In his book The Concept of Mind Ryle ridiculed the belief that the psyche somehow functions independent of the physical body -according to Decartes and all dualists thereafter, the mind is not subject to mechanical laws, it is not even in space. Hence, the immaterial soul governing the mechanistic body, the Ghost in the Machine.

While the suggestion that there is a vital distinction between mind and matter, that the mind is some kind of disembodied spirit, is a very specific theory of the mind, it rarely comes alone. Linguist and experimental psychologist Steven Pinker puts it best in his book The Blank Slate:
"The doctrines of the Blank Slate, the Noble Savage, and the Ghost in the Machine -or, as philosophers call them, empiricism, romanticism, an dualism- [...] are often found together. [...] The Blank Slate naturally coexists with the Ghost in the Machine, too, since a slate that is blank is a hospitable place for a ghost to haunt. If a ghost is to be at the controls, the factory can ship the device with a minimum of parts."
So there we have the Three Musketeers: John Locke's Blank Slate, Rousseau's Noble Savage and Decartes' Ghost in the Machine -the mind has no innate traits, people are naturally born good and each of us has a free-willed soul that does not abide by the laws of physics or biology. Non-epistemological empiricism, romanticism and dualism brought together are a powerful seductive force, not so much for their explanatory power but for what they seem to represent: a barrier against inequality and determinism.

But defending a scientific position with hopes and dreams is a non sequitur. To conclude that the mind does not have inherent traits based on political aspirations and not actual evidence is a perfect example of the Moralistic fallacy: it is a presumption that whatever is desirable must be the truth, that what ought to be also is. For example: "We cannot be naturally predisposed to xenophobia because that would justify racism." Essentially, it is the opposite of the Naturalistic fallacy, which presumes that whatever is true must be desirable, that what is also ought to be: "Since we are naturally predisposed to xenophobia, racism is socially justifiable."

Although these fears are not actual arguments, that does not mean they are not true, so maybe we should leave Formal logic aside. Does the reality of human nature -however malleable- undermine the hopes for social equality? No, because civil liberties do not depend on the condition that we are all the same but on a society that treats people as individuals with rights: we are not born equal -but to assume that therefore we should not be treated equally is to fall in the Naturalistic fallacy. Sorry, I promise not to mention logical fallacies again.

But the rabbit hole of human nature goes deeper. The idea that our biology may play a part in our behaviour and its implication that the mind is but a part of the body is feared by many because it destroys the apparent source of our civil rights: free will. And it truly does: with the understanding that there is no mind-body dualism comes the realization that the mind is, just as everything else, subjected to the laws of nature, to the infinite chain of cause and effect. This necessarily makes choice an illusion -a very useful illusion, crucial even, but technically just a mirage. In his 2010 book "The Moral Landscape", neuroscientist Sam Harris describes it thus:
"All of our behavior can be traced to biological events about which we have no conscious knowledge: this has always suggested that free will is an illusion. For instance, the physiologist Benjamin Libet famously demonstrated that activity in the brain’s motor regions can be detected some 350 milliseconds before a person feels that he has decided to move. Another lab recently used fMRI data to show that some “conscious” decisions can be predicted up to 10 seconds before they enter awareness (long before the preparatory motor activity detected by Libet). Clearly, findings of this kind are difficult to reconcile with the sense that one is the conscious source of one’s actions. [...]

The problem is that no account of causality leaves room for free will. Thoughts, moods, and desires of every sort simply spring into view—and move us, or fail to move us, for reasons that are, from a subjective point of view, perfectly inscrutable. [...] It means nothing to say that a person would have done otherwise had he chosen to do otherwise, because a person’s “choices” merely appear in his mental stream as though sprung from the void. [...] Our belief in free will arises from our moment-to-moment ignorance of specific prior causes. The phrase “free will” describes what it feels like to be identified with the content of each thought as it arises in consciousness."
Harris goes on to explain why this realization does not put an end to morality and freedom:
"As Daniel Dennett has pointed out, many people confuse determinism with fatalism. This gives rise to questions like, “If everything is determined, why should I do anything? Why not just sit back and see what happens?” But the fact that our choices depend on prior causes does not mean that they do not matter. [...] We do not know what we will intend to do until the intention itself arises. To see this is to realize that you are not the author of your thoughts and actions in the way that people generally suppose. This insight does not make social and political freedom any less important, however."
The fact that free will is an illusion does not undercut what we think of as choices. We just need to intellectually understand how our minds actually work but then simplify it with the concept of free will. It is a model: useful but untrue. For example, in our everyday lives we do not use advanced physics but a very simple model based on experience that only fails us when the environmental variables are dramatically different from our own, as when astronaut David Scott dropped a hammer and a feather in the moon and they fell at the same rate. It is intuitively confusing but intellectually explainable: there is no air resistance in a vacuum. Similarly, free will is a useful model that will rarely fail us -but we'd better be mindful of its inaccuracy or we will fail to recognize those occasions when our regular experience does not suffice.

For this is not a purely philosophical discussion: holding this idea as the truth along with its philosophical justifications does have real-world consequences. The Blank Slate and the Noble Savage pollute scientific fields such as anthropology by romanticizing our state of nature -and Nature itself- and vetoing the legitimate criticism of primitive tribes, hence creating unrealistic expectations of children and other uncivilized people. Yet, particularly at fault is the Ghost in the Machine, therefrom the title of this essay: for instance, the mind-body dualism is at the core of the policies against embryonic stem-cell research. In 2001 George W. Bush made his decision to put a stop to these studies by consulting with a number of dualist philosophers and religious thinkers. Continuing to this day there are many other harmful attitudes that assume the existence of an immaterial soul above and beyond the body.

As Steven Pinker himself points out, all of this "fills in the blank slate, declasses the noble savage, and exorcises the ghost in the machine". These are not so much intellectual positions as primitive explanations based on the magical thinking that whatever we hope for must be true. In a way, the popular denial of human nature is very similar to the Postmodernist stance towards science in general: both of them proclaim a wall of separation between their ideas and that which methodical knowledge could conceivably attain. But reality has no such frontiers.
(El artículo traducido al castellano aquí: El fantasma de la máquina)

El engaño posmodernista

El posmodernismo es un movimiento filosófico nacido tras la Segunda Guerra Mundial, provocado por un desencanto con la posición objetivista sobre la realidad que fomentó la Ilustración. Para ser sinceros, el conocimiento humano nunca se 'ilustró' durante la época conocida como "La Ilustración". La humanidad tuvo que esperar hasta el siglo XIX para que esos ideales se apoderaran de la sociedad y los gobiernos. Era de veras la era del racionalismo y la ciencia. Esta era también nos enseñó una triste realidad: a pesar de toda esta sofisticación, podíamos seguir actuando como bárbaros en nuestra propia tierra. Tras dos guerras mundiales, la gente buscaba una nueva forma de pensar.

Incluso entonces debía ser obvio: las cosas estaban cambiando. Surgieron miles de nuevas religiones tras la Guerra, muchas inspiradas por las antiguas religiones orientales. La cultura jipi estadounidense apareció aparentemente de la nada tras la falsedad de los idílicos años 50. Había una nueva forma de pensar y con ello vino la eternamente importante Duda, la esencia del escepticismo. De repente, la certeza de la mente mecanicista parecía contenida y de mente cerrada. Esta era una nueva era para buscar nuevas formas de hacerlo... ¡todo! Cada faceta de la vida debía reexaminarse; cada tradición mirada con sospecha.

Estas arenas movedizas sociales son vitales para cambiar el paradigma. A esta época de pensamiento anárquico le atañe intercambiar ideas sin discriminación para luego descartar lo malo y conservar lo bueno. Por desgracia, no fue así. Encontramos consuelo en la nesciencia, en la pura ignorancia. La sociedad malgastó esta oportunidad de usar la Duda como una herramienta en busca del conocimiento y se acurrucó entre los brazos de "la nada" disfrazada del siempre insignificante "Todo". La Duda ya no era una herramienta sino un fin, casi un extraño fetiche. El misterio se convirtió en virtud.

Según dicen, es una posición humilde: la certeza, como quiera que se alcance, es arrogante, intolerante y fascista. Sin duda, esta es la Era del Relativismo Moral y Social. Es fácil comprobarlo, si hacéis el favor: reunid a un público atento de personas aleatorias y, en cualquier contexto que deseéis (o en ninguno), pronunciad la famosa expresión «Todos tienen razón». Si no os saltan al cuello por el crimen intelectual de contradecirte en solo dos palabras (el verbo no cuenta), sabréis que estáis en compañía de aletargados relativistas.

La acusación de letargo puede sonar dura (¿o incluso intolerante?). Pueden ser personas por lo demás muy simpáticas e inteligentes, pero en lo que respecta al relativismo, ¿acaso no es ese su propósito? Por definición, cualquier conclusión, afirmación o dogma debe excluir otras conclusiones reales o potenciales. Así que, ¿por qué no designar todo como igualmente acertado y hala, no le demos más vueltas? Por supuesto, esta forma de pensar ignora que en si misma constituye un dogma. Pero ese es el resultado de intentar razonar y mostrar evidencias en contra del racionalismo y empirismo: utilizas exactamente lo mismo que descartas para descartarlo o, en otras palabras, estás cortando la rama sobre la que estás sentado. El engaño posmodernista es que todo es cierto excepto aquello que no esté de acuerdo con esa aseveración sin fundamento: la idea de que la realidad y el conocimiento son subjetivos se toma como principio, de tal manera que es imposible argumentar nada. Lo hacen aun y todo, por supuesto: pero tienen a mano un mantra seudo-filosófico que defecar como diarrea verbal en cuanto se les cuestione.

De nuevo, la posición relativista no es más que un insulto al escepticismo: toma la Duda y la usa como un escudo contra el conocimiento en lugar de como una herramienta en su busca. Sin duda es más fácil afirmar que la ciencia es dogmática y tan fundamentalista como la religión antigua que mirar cómo la ciencia ha descubierto lo que sabe. El posmodernista no comprende la importancia en todo de la metodología. Como ilustré en "La virtud de la fe":
«No hay más que reiterar la diferencia entre creencia y fe; no importa la gran o nula seguridad que tengas sobre cierta cuestión, sino el medio utilizado para llegar a tus conclusiones. Por definición y evidencia histórica, la ciencia revisa sus teorías según dicten las nuevas observaciones; y así la fe supone un gran contraste, que en la misma situación se presenta como la negación de dichas observaciones para poder preservar una creencia».
En cierto modo, es patéticicamente cómico cómo esta gente acusa a la ciencia de arrogancia y se enorgullecen de su humildad. Solo muestran su soberbia ciega cuando publicitan su humildad, pero van un paso más allá y se meten con la empresa humana que no solo ha salvado vidas innumerables sino que además se basa en un solo principio básico: «No lo sé». Este es el punto de partida de todo científico, un grupo de personas que, a pesar del estereotipo de sabelotodo, bien puede ser único en su orgullo al chillar con emoción infantil: «¡Todavía no lo sabemos!». Porque eso significa que hay más por descubrir, lo cual es el trabajo de un cientí-fico.

Pero peor quizá que esta total ceguera de la metodología es la caída en el oscurantismo. Como ya se ha mencionado, la Duda se convierte en objeto de culto, atribuyendo una virtud a algo que es por definición vacío e insignificante. Los creyentes en el posmodernismo o, como los llamaría el filósofo Daniel Dennett, los "Turbios" están rodeados: por un lado están los supernaturalistas y por el otro lado los ilustrados. Los Turbios consideran que ambos son absolutistas dogmáticos porque hacen aseveraciones y no les importa si han llegado a sus conclusiones a través de la fe ciega o de las evidencias. Los oscurantistas temen definir sus términos porque sus ideas deben estar pobremente definidas para evitar exponerse a un análisis crítico. Lo que es peor, los posmodernistas profesionales no se avergüenzan de ello: al glorificar lo abstruso, insisten en el orgullo que tienen de su ignorancia.

Sin embargo, todo eso sería perdonable si su humildad fuera más que falsa modestia, la exasperante cortesía del habla políticamente correcta: o sea, mentir sin vergüenza para evitar conflictos intelectuales; Dios sabe que puede llevarles a pensar en algo socialmente relevante. De hecho, aquellos que mantienen que «Todos tienen razón» son muy conscientes de que todo el mundo mantiene opiniones contradictorias sobre varios temas. Pensarán que tal o cual persona se equivoca al soltar sus obvias pamplinas e incluso puede que repliquen «Bueno, esa es tu opinión», que además de frenar la conversación es una falacia lógica, pero no tendrán una discusión formal, no sea que usen sus capacidades argumentativas por una vez.

Este comportamiento deriva del terror paralizante de ser marcado de «Intolerante», lo cual es una acusación casi tan grave como «Bebicida hitleriano». Esto frenará al individuo más astuto, así que parece ser un buen argumento: «¿Cómo te atreves, mero mortal, a interferir con el derecho civil de la libertad de pensamiento y expresión?». No interfiero. Defiendo el derecho de cada individuo a pensar y decir lo que le plazca siempre y cuando no hiera a otros. No me agradan las leyes de censura y quizá, solo quizá, pongo los límites en discursos de odio. Pero no cometo el fallo con el que el relativista cava su propia tumba: si bien cada individuo tiene el derecho a creer lo que le antoje, eso no significa que esas creencias deban ser inherentemente respetadas o incluso consideras automáticamente ciertas. La persona debe ser respetada y tratada con humanidad, pero sus ideas pueden criticarse y sí, incluso ridiculizarse, porque se está tratando el argumento y no la persona. Por mucho que ridiculice el posmodernismo, lo hago con argumentos y no atacando a sus partidarios personalmente.

¿Pero por qué tanta bulla? ¿No es sobre todo hipocresía inofensiva? No, no lo es. El engaño posmodernista yace en el rencor popular hacia la Ilustración, la noción de que una élite intelectual no es diferente de una política o financiera: la pericia y la certeza se consideran cualidades tiránicas de por sí, al margen del método utilizado para adquirir la experticia y por mucho que el pueblo pueda verificarlo con facilidad. Este fraude intelectual también es responsable del relativismo cultural que permite a muchos aceptar horrores como la mutilación genital femenina si hay una razón religiosa para la práctica. Pero, como filosofar es mi hobby, quizá no sea un accidente que para mi la mayor afronta del posmodernismo sea su embotamiento del intelecto, el secuestro de la Duda como una excusa para no pensar, la exaltación del misterio y el oscurantismo como virtudes cuando no son más que formas cobardes de restringir el conocimiento y de ejercer pereza intelectual.
(The original article written in English here: The Postmodernist Deceit)

The Postmodernist Deceit

Postmodernism is a philosophical movement born after World War II, brought about by a disillusionment with the objectivist stance on reality boosted by the Enlightenment. To be honest, human knowledge was never truly 'enlightened' during the time we know of as "The Enlightenment" -humanity had to wait until the 19th Century for those ideals to actually take hold of society and governments. This truly was the age of Rationalism and Science. This age also taught us a sad reality: despite all this sophistication, we could still act as Barbarians on our own land. After two World Wars, people sought a new way of thinking.

Even back then it must have been obvious -things were changing. Thousands of new religions sprung up after the War, many of them inspired by Eastern religions of old. The American Hippie culture popped seemingly out of nowhere just after the phoniness of the Idyllic Fifties. There was a whole new way of thinking and with it came Doubt. The ever-important Doubt, the essence of skepticism. All of the sudden, the certainty of the mechanistic mind seemed restrained and close-minded. This was a new age to open minds and seek new ways to do... everything! Every facet of life was to be reexamined; every tradition looked upon with suspicion.

This kind of societal quicksand is vital to all paradigm shifts. This epoch of anarchistic thought is supposed to brainstorm ideas without discrimination and then dump what's bad, save what isn't. Alas, we did not do that. We found comfort in nescience, in pure, unadulterated ignorance. Society wasted this chance of using Doubt as a tool towards knowledge and rather nestled between the arms of Nothingness disguised as the ever meaningless Everything. Doubt was no longer a tool but an end in itself, almost an eerie fetish. Mystery was made a virtue.

It is a humble position, they say: certainty, however reached at, is arrogant, intolerant and Fascistic. Truly, this is the Age of Moral and Social Relativism. If you want to test this claim, please just do the following: gather an attentive audience of random people and -in any context you wish, if any- utter the famous phrase "Everyone is right." If they do not jump at your throat for the intellectual crime of contradicting yourself in a mere two words (the linking verb does not count) you know you are in the good company of dull Relativists.

It may sound a bit harsh -intolerant, even- to accuse them of dullness. They may be perfectly nice and intelligent people otherwise, but concerning Relativism, that is essentially the point, is it not? Any conclusion, any claim, any dogma, must exclude other actual or even potential conclusions by definition. So why not just label everything as equally right and move on without thinking much about it? Of course, this way of thinking ignores that it in itself constitutes a dogma. But that is what you get when you try to reason and show evidence against Rationalism and Empiricism: you are using the very thing you are dismissing in order to dismiss it or, in other words, you are cutting off the tree branch on which you sit. The Postmodernist deceit is that everything is true except anything that does not agree with that unsupported claim -the idea that reality and knowledge are subjective is taken as a principle so it is then impossible to argue for or against anything. They still do it, of course -but they have a handy pseudo-philosophical mantra to defecate as verbal diarrhea whenever they are challenged.

Again, the position of the Relativist is but an insult to skepticism: it takes Doubt and uses it as a shield from knowledge instead of as a tool for knowledge. Indeed, it is easier to just claim that Science is dogmatic and just as fundamentalist as old-time religion than to actually look into how science has discovered what it knows. The Postmodernist fails to understand the importance of methodology in anything and everything. As I outlined in "The Virtue of Faith":
"There is but to reiterate the difference between belief and faith; it doesn't matter how sure or unsure you are about a certain question, but the methodology used to reach at your conclusions. By definition and historical evidence, science adjusts its theories based on new observations; and here faith shows its contrast, when in the same situation shows itself as the denial of said observations so that belief can be preserved."
In a way, it is pathetically funny how these people accuse Science of arrogance and pride themselves in humility. These people are only showing their blind haughtiness when they advertise their own humility, but they go a step further and pick on the human enterprise that not only has saved lives beyond counting but is also based on a single foundation: "I do not know". That is the starting line of every scientist, a group of people that, despite the know-it-all stereotype, may be the one group proud to shriek with childlike excitement: "We still don't know!". Because that means there is more to discover, which is the job of a scient-ist.

But perhaps worse than this utter blindness towards methodology is the fall on obscurantism itself. As mentioned above, Doubt becomes the idol, adscribing a virtue to something which is by definition hollow and meaningless. The believers in Postmodernism or, as philosopher Daniel Dennett puts them, the "Murkies" (obscurantists) are sandwiched between the supernaturalists and the enlightened. The Murkies see both of them as dogmatic absolutists just because they are making declarative sentences, not caring at all whether they arrived at their conclusions by blind faith or reason and evidence. Obscurantists fear clearly defined terms because their ideas must be ill-defined in order to avoid being exposed to critical analysis. Worst yet, the professional Postmodernist will not shy away from this: by glorifying the obscure, they make a point of their pride in their ignorance.

Nonetheless, all of this could be forgivable if their humility was something more than false modesty, the nerve-wracking politeness of political correctness -that is to say, lying through their teeth so as to avoid intellectual conflict, which God knows might make them think about something socially relevant. Actually, people who maintain that "everyone is right" are acutely aware that everyone around them maintains dissenting opinions on a myriad of topics. They will think that a certain whoever is wrong when they spout their obvious nonsense and may even reply with the conversation stopper (and plain logical fallacy) "Well, that is your opinion", but they will not have a formal argument, lest they use their discussion capabilities for once.

This behaviour comes from the brain-paralyzing fear of being socially branded as "Intolerant," which as accusations go is just a bit behind "Baby-killing Hitler-lover." This will halt even the most astute individual, so it is seems to be a good argument: "How dare you, mere mortal, interfere with the citizens right to Freedom of Thought and Expression?" Well, I am not. I defend the right of every individual to think and say whatever they please as long as it does not hurt others. I am not keen on censorship laws and maybe, just maybe, draw the line at hate speech. But I do not commit the final failure, the nail in the coffin of the Relativist: I do not think that the fact every individual has the right to think whatever they fancy means that these thoughts are to be inherently respected or even considered automatically right. The person must be respected and treated humanely -but their ideas can be criticized, dissected and yes, even ridiculed, because the argument is being addressed, not the person. However much I ridicule Postmodernism, I am doing it through arguments and not by attacking its supporters personally.

But why all the fuss anyway? Isn't it all mostly harmless hypocrisy? No, it is not. The Postmodernist Deceit lies in the popular spite of Enlightenment, the notion that an intellectual elite is not at all different from a political or financial elite: proficiency and certainty is viewed as inherently dictatorial, whatever the method is that acquired the expertise and however easily the people can verify it. This fraud of the intellect is also responsible for the cultural relativism that lets some people actually accept horrors such as female genital mutilation if there is a religious reason for it. But, as a hobbyist of philosophizing, it is perhaps no accident that for me the worst affront of Postmodernism is its dullness of the intellect -the hijacking of Doubt as an excuse for not thinking, the exaltation of mystery and obscurantism as virtues when they are nothing more than cowardly ways of restricting knowledge and exercising intellectual laziness.
(El artículo traducido al castellano aquí: El engaño posmodernista)

A Clash of Ideas

In Psychology there is a concept referred to as cognitive dissonance which alludes to the «tension or internal discord of the belief system that someone perceives while holding two conflicting ideas all at once.» That is, holding two antithetical ideas simultaneously.

No doubt, this notion is far from new to those that know the dystopian fiction Nineteen Eighty-Four by George Orwell. The word «doublethink» is the best-known example of Newspeak and, as such, it has reached popular culture. Despite being used in a similar way to the psychological case, the Orwellian word will be left aside as brainwashing is not necessary for cognitive dissonance to have an effect on us. The fact that it is a basic human weakness makes it so much more terrifying.

Even though its social ramifications are wide-ranging, this psychological tension can be seen daily in many among us. One of the postulated examples is that of smoking: many smoke with the knowledge of the potentially carcinogen consequences, notwithstanding we all want to have a long and healthy life. The obvious way out is to quit smoking altogether -yet it is certainly true that ignoring the evidence that smoking increases the chances of getting lung cancer will also make the cognitive dissonance disappear. The cancer will not be so considerate.

Although the true addiction will take care of preventing you from quitting, this purely psychological clash can be even more noxious in new smokers. This clash of ideas is usually -and wrongly- assumed to be preferable to consciously putting the belief «I'm a rational and intelligent being» up against the fact «I'm increasing my chances of cancer». Facing that contradiction results in a hit to your personal ego but it is certainly less harmful than the psychological anguish of replacing reason with rationalizations. And cancer. Let's not forget cancer.

Not unlike a pandemic, this psychological disorder has spread from the individual to society. Albeit not a direct cause, the rise of social relativism has enabled the intrusion of this severe case of intellectual dishonesty. This philosophy, which defends the validity of every cultural system and prohibits valuing different ideologies differently, is particularly present in politics, where statesmen and other power seekers cater to the common denominator.

With the propagation of diplomatic speech (or «political correctness») even ordinary people have learnt to tangle up the language and leave it void of any meaning in order to rationalize relativistic thought. That way, nonsensical notions sprout, such as the contradictory idea that personal beliefs won't influence ones behaviour and will therefore be of no greater relevance to the group, be it a political party, a think tank or any other kind of common-goal organization. This practice, soiled by the foulest of demagogueries, is successful in its aim of appealing to more members of the common denominator -unfortunately, it also utterly waters down the groups original ideals.

Embracing relativism is not an indication of an open mind but of a profound confusion of intellectual honesty. The differential judgement of ideas is just as important in daily life and politics as it is in science; ignoring the fact that different systems and practices have better or worse results is a horrifying show of doublethought. The thesis Sam Harris is bent in showcasing with The Moral Landscape should clear up that, even if we cannot count on a numerical gradation of what is ethically 'better' or 'worse', the absolute instances of total well-being and total suffering that can be conceived allow us to unequivocally condemn practices such as female genital mutilation in certain denominations of Islam, regardless of religious freedoms.

Leaving the very harmful relativism aside, let's go back to one of its major by-products and the central regard of this text: the simultaneous hold of disparate ideas. Even if it has been described as a symptom of mental sloppiness and confusion, each and every one of us have experienced it. No matter how honest and clear we are with our own thoughts, we all have felt that anger and frustration from within in the process of radically changing our minds. The fact is that, even though it is false that convincing someone with reason and facts is impossible, it is very true that you will rarely see the change of minds in front of your own eyes -even the most humble will have a hard time admitting on the spot that they are wrong about a long-held belief.

Cognitive dissonance arises in that process of mental transformation: in spite of the fact that we no longer actually maintain certain established convictions we will keep professing them and we will do all it takes to ignore the fact that our beliefs have changed completely. We get stuck. We stop reasoning and start rationalizing. I experienced it myself when ceasing to believe in pseudoscience: I professed the belief although I knew deep down that I could not belief in practices with scientific pretences not backed by evidence.

Beyond the shadow of a doubt it was the most frustrating and miserable time of my life. I cannot bring myself to envision how it is for those that not only suffer it with paradigm shifts but live through every day with that dissonance pounding their heads. The most I can do for those that feel identified (even if they are terrified to admit it) is to beg them to be brave and admit to themselves the contradiction of ideas that torment them.

(Leer la versión original: Choque de ideas)

Choque de ideas

En Psicología existe un concepto llamado disonancia cognitiva que se refiere a la «tensión o desarmonía interna del sistema de ideas, creencias y emociones que percibe una persona al mantener al mismo tiempo dos pensamientos que están en conflicto». Es decir, se trata de mantener simultáneamente dos ideas incompatibles.

Sin lugar a dudas, esta noción está algo trasnochada para aquellos que conozcan la obra de ficción distópica 1984 de George Orwell. La palabra «doblepensar» es el ejemplo más conocido de la neolengua y, como tal, ha pasado al habla popular, especialmente en inglés como doublethink. Pese a que su uso genérico es similar al caso psicológico, lo dejaremos de lado ya que no nos han de lavar el cerebro para estar afectados por la disonancia cognitiva. Que sea una debilidad humana básica lo convierte en un fenómeno aún más terrorífico.

Si bien las repercusiones sociales son graves, esta tensión psicológica se da a diario en muchos de nosotros personalmente. Uno de los ejemplos postulados es el de fumar: a pesar de que todos queramos llevar una vida larga y sana, muchos fuman con el conocimiento de las consecuencias potencialmente cancerígenas. La salida obvia es dejar de fumar, pero es cierto que ignorar las pruebas de que fumar aumenta las posibilidades de cáncer de pulmón también hará desaparecer la disonancia cognitiva. El cáncer no será tan considerado.

Aunque la verdadera adicción suela tomar el relevo de evitar que se deje de fumar, este choque puramente psicológico suele ser aun más nocivo en los nuevos fumadores. Erróneamente, este choque de ideas suele considerarse preferible a confrontar conscientemente la creencia de «Soy una persona inteligente y racional» con el hecho de «Estoy aumentando mis posibilidades de cáncer». Hacerlo supone un frustrante golpe para el orgullo personal pero es ciertamente menos dañino que el tormento psicológico que supone suplantar la razón por la racionalización. Y el cáncer. No nos olvidemos del cáncer.

De forma no muy distinta a una pandemia, esta afección psicológica se ha extendido desde el individuo a la sociedad. Si bien no es su causa directa, el alza del relativismo social sí que ha posibilitado la intrusión de este caso grave de deshonestidad intelectual. Esta filosofía que defiende la validez de todo sistema cultural y prohíbe valorar de forma distinta ideologías distintas está particularmente presente en la política, donde los estadistas y demás aspirantes al poder intentan complacer al denominador común.

Al popularizarse la lengua diplomática (o «habla políticamente correcta») también la gente de a pie aprende a enredar el idioma y dejarlo vacío de significado para racionalizar el pensamiento relativista. Así surgen nociones contradictorias sin sentido como que las creencias personales del individuo no influirán jamás en su comportamiento y que por tanto no son de mayor importancia para el grupo, ya sea un partido político, un think tank o cualquier otra clase de organización de fines comunes. Esta práctica, revolcada en la más nauseabunda demagogia, tiene éxito en su fin de atraer a más miembros del denominador común -por desgracia, también diluye por completo los ideales originales del grupo.

Aceptar el relativismo no es signo de una mente abierta sino de una profunda confusión de la honestidad intelectual. La valoración diferencial de las ideas es tan importante en la vida diaria y la política como en la ciencia; ignorar que distintos sistemas y prácticas tienen resultados mejores o peores es una muestra espeluznante de doblepensamiento. La tesis que Sam Harris repitió hasta la saciedad en The Moral Landscape debería esclarecer que, aunque no dispongamos de una gradación numérica de qué es éticamente 'mejor' o 'peor', los casos absolutos de total bienestar y total malestar que podemos imaginar nos permiten censurar inequívocamente prácticas como la mutilación genital femenina en ciertas denominaciones del Islam, a pesar de la libertad religiosa.

Dejando de lado el relativismo que tanto daño sigue haciendo, volvamos a uno de sus subproductos principales y la consideración central de este texto: el mantenimiento simultáneo de ideas dispares. Aunque haya quedado descrito como un síntoma de descuido y confusión mentales, todos lo hemos experimentado. Por muy sinceros y claros que seamos con nosotros mismos sobre nuestras ideas, todos hemos sentido esa frustración y enfado internos en el proceso de cambiar radicalmente de opinión. Y es que, si bien es mentira que convencer a alguien a base de razón y hechos es imposible, es muy cierto que raramente verás el cambio ocurrir frente a tus ojos; incluso los más humildes tendrán dificultad en admitir al instante que están equivocados sobre una creencia arraigada.

La disonancia cognitiva surge en ese proceso de transformación mental: a pesar de que ya no mantengamos realmente aquella convicción establecida la seguiremos profesando y haremos todo lo posible por ignorar que ahora creemos algo muy distinto. Nos estancamos. Dejamos de razonar y empezamos a racionalizar. Lo experimenté personalmente al dejar de creer en pseudociencias: profesaba la creencia aunque en el fondo supiera que no podía creer en prácticas con pretensiones científicas que no estaban respaldadas por pruebas.

Sin lugar a dudas fue la época más frustrante e infeliz de mi vida. No puedo ni imaginar cómo será para aquellos que no solo la padecen al cambiar de paradigma sino que viven a diario con esa disonancia tamborileando en su cabeza. Lo único que puedo hacer es implorar a aquellos que se sientan identificados (aunque estén aterrorizados de admitir eso siquiera) que intenten ser valientes y se admitan la contradicción de ideas que les atormenta.

(Read the English translation: A Clash of Ideas)

"Escépticos" se estrena en septiembre

En enero de 2011 presentamos el piloto del programa "Escépticos" para el canal ETB2 y, tras un gran recibimiento y casi medio año, se ha confirmado para septiembre el comienzo de la primera temporada, que constará de 12 episodios.


"Escépticos", dirigido por José A. Pérez y presentado por Luis Alfonso Gámez, trató la conocida teoría de la conspiración acerca del alunizaje en su episodio piloto, y se mantendrá en la misma línea tratando temas como los milagros religiosos, los OVNIS y los curanderos.

The Virtue of Faith

When discussing religion and the direct or indirect damage it creates, a compromise is intended to be reached by the apologist when they clarify that there is a great difference between the fundamentalism we secular people seem to actually be addressing and the more modern forms of religion or especially so-called "spirituality". Even though we rarely know how to explain it, critics end up with the vague suspicion that the opponent has just attacked a straw man.

Why does this interesting but frustrating phenomenon occur? It's not just because the prevalent form of religion among the ordinary people at the most powerful nation on the planet is not at all like the sophisticated forms of some philosophers. It goes beyond that. The fact is that the critic is not arguing against the effects of religion, but showing them as proof of its failed foundations. The problem is not spirituality or religion, but the essential element these and other practices are based upon: Faith.

The apologist hasn't attacked a parody of the critics' real argument, but they are indeed taking for granted that the basis of religions isn't a problem. In other words, they are taking for granted the Virtue of Faith.

First and foremost, what is faith exactly? Even though the word can be compared to "belief", a vital distinction is needed: 'belief' is the conviction that something is true, regardless of the methodology used to reach that conclusion. A belief can be justified or not at all. By contrast, 'faith' entails an absolute, blind, unconditional confidence in a figure of authority, normally allotted to a deity or prophet, although it actually lays in whoever indoctrinated the believer.

Why should we value at all a belief based on authority, 'irrefutable' only according to their proxies? It is a recipe for disaster that also manifests itself in the deification of political figures. Maybe the 20th Century would have been very different if the world population was prepared to fight the emotional manipulation on the World Wars and the Cold War. Likewise, the burden of proof laid on the shoulders of the Bush administration when justifying the invasion of Afghanistan -but the American people had the standards of proof at rock bottom thanks to the same faith that so well has served political and religious leaders across the ages.

At the other end of the spectrum are the scientists. Due to the claims made with certain certitude by specialists, in this world of sociocultural relativism in which "everyone is right" science is often accused of being just as fundamentalist and absolutist as religion in its purest form. And to notice the failure of this argument there is but to reiterate the difference between belief and faith; it doesn't matter how sure or unsure you are about a certain question, but the methodology used to reach at your conclusions. By definition and historical evidence, science adjusts its theories based on new observations; and here faith shows its contrast, when in the same situation shows itself as the denial of said observations so that belief can be preserved.

We all consider evidence-based belief a virtue but faith is eschewed because of its past status in a religious society. To put it simply, we cannot praise the integrity of the scientific method or highlight the importance of proof in general and at the same time hold fundamental beliefs not based on evidence. This contradiction couldn't subsist if not for the dreadful historical propensity for lifting religion above critical thinking, thus turning faith into a falsely axiomatic virtue.

There is simply no reason to do such a thing besides tradition. "Authority" and "Tradition" are the pillars of religious belief; pillars that have fortunately begun to crumble under the weight of a new technologically and socially progressive world.

The basis of religion has no room in the current world and that is why its most common representation has deteriorated in more subtle forms. Many will reply that the concept of God has evolved for the better. Undoubtedly, at first glance it seems that way: from the infantile "God of the Mountain" to the current ethereal being there seems to be a step forward, but we'd better analyze the history of this evolution.

When Mount Olympus ceased to be an unreachable peak and Jerusalem was destroyed despite the would-be physical protection of Elohim, Greeks and Jews had to admit that their gods weren't of the Earth but of the Heavens, that vast sky-cloth of nightly light spots eclipsed in the daytime by the big ball of fire that we know as the Sun, another physical god for many primitive civilizations. It was a new mystical and unattainable frontier, a new space to place their deities. And contrary to what the believers of the great three monotheistic religions take for granted, people really believed that Elohim -one of the first representations of the god that Jews, Christians and Muslims would inherit- lived physically on the sky.

But the concept of God had to gradually change again when natural philosophers started to study the Cosmos. Eventually, thanks to the telescope, a Dutch invention immediately perfected by Galileo, this hobby became a new science that disjointed the term 'astrology' from 'astronomy'. And again, the new unknowable mystery became just another physical space, a place that turned out to be pretty regular and predictable.

And so was born the current idea of God: a being nowhere to be seen but omnipresent, with no showings of power but all-powerful; contradictions that, again, are considered virtues instead of criticisms. Mystery is lifted above the observable and as such we have witnessed the blossoming of a 'spirituality' based on mysticism and murky ideas that must be ill-defined in order to avoid being exposed to critical analysis. As you surely have observed, it is hardly a question of an evolution filled with theological subtleties brought about by a greater understanding of 'Our Creator' but a push from knowledge that has been putting mysticism on the edge of existence. As a matter of fact, science has eroded or diluted the image of God and the supernatural, and that is why faith is barely standing over such a thin thread.

The scientific urge of exploration ousted faith in theistic religions from this Earth by margining God to the skies that primitive minds called "up". Not five centuries ago better observers with better tools caused a chain reaction that not only drove out the concept of God but practically stroke it down from the reality we live in. Science has stabbed God to death with Occam's razor. Thus has emerged the new almost deistic God and the 'spirituality' that poorly recycles oriental philosophies, both to hide in the fog.

And when the mist clears off again, they will realize that there is nothing behind.

(Leer la versión original: La virtud de la fe)

La virtud de la fe

En las discusiones acerca de la religión y el daño que causa directa o indirectamente, siempre se suele llegar a un punto intermedio en el que el defensor pretende dejar clara la gran diferencia entre el fundamentalismo al que los laicos parecemos estar atacando realmente y las formas más moderadas de la religión o especialmente lo que llaman "espiritualidad". Aunque no solemos saber explicarlo, los críticos acabamos con la vaga sospecha de que el oponente acaba de argumentar contra un hombre de paja.

¿Por qué se da este interesante pero frustrante fenómeno? No es solo porque la forma prevaleciente de la religión entre el vulgo del país más poderoso del mundo no sea en absoluto como las formas sofisticadas que presentan algunos filósofos. Va más allá. La realidad es que el crítico no está argumentando contra los efectos de la religión, sino que los muestra como prueba de sus fundamentos fallidos. El problema no es la religión o la espiritualidad, sino el elemento esencial en el que estas y otras prácticas se basan: la fe.

El defensor de las religiones no ha puesto en boca del crítico una parodia de sus palabras reales, pero sí que está dando por hecho que la base de las religiones no es el problema. En otras palabras, está dando por hecho la virtud de la fe.

Antes de nada, ¿qué es la fe exactamente? Aunque la palabra puede equipararse a "creencia", ha de hacerse una distinción vital: la creencia es la convicción de que algo es cierto al margen del método utilizado para llegar a esta. Una creencia puede estar justificada o no estarlo en absoluto. En cambio, la fe implica confianza total, ciega e incondicional en una figura de autoridad, normalmente adjudicada a alguna deidad o profeta, aunque yazca en realidad en quien haya indoctrinado al creyente.

¿Por qué debemos dar valor alguno a una creencia basada en una autoridad, 'incuestionable' solo según sus representantes? Es una receta para el desastre que se manifiesta también en la deificación de figuras políticas. Quizá el siglo XX habría sido muy distinto si la población mundial hubiera estado preparada para combatir la manipulación emocional en las Guerras Mundiales y la Guerra Fría. Igualmente, el onus probandi pesaba sobre los hombros de la administración del ex-presidente George W. Bush a la hora de justificar la invasión de Afganistán -pero el pueblo estadounidense tenía los estándares de pruebas por los suelos gracias a la fe, que así ha servido a líderes políticos y religiosos durante milenios.

Por otro lado están los científicos. Debido a las afirmaciones con cierta seguridad de los especialistas, en este mundo de relativismo sociocultural en el que 'todos tienen razón' a la ciencia se le suele acusar de ser tan fundamentalista y absolutista como la religión en su estado puro. Y para ver el fallo de esta argumentación no hay más que reiterar la diferencia entre creencia y fe; no importa la gran o nula seguridad que tengas sobre cierta cuestión, sino el medio utilizado para llegar a tus conclusiones. Por definición y evidencia histórica, la ciencia revisa sus teorías según dicten las nuevas observaciones; y así la fe supone un gran contraste, que en la misma situación se presenta como la negación de dichas observaciones para poder preservar una creencia.

Todos consideramos una virtud la creencia basada en pruebas y en cambio obviamos la fe por su estatus pasado en una sociedad religiosa. Simplemente no podemos alabar la integridad del método científico o resaltar la importancia de las pruebas en general y al mismo tiempo mantener creencias fundamentales sin basarnos en pruebas. Esta contradicción no podría mantenerse si no existiera la terrible tendencia histórica de elevar a la religión sobre el pensamiento crítico convirtiendo a la fe en una virtud falsamente axiomática.

Simplemente, no hay razón alguna para hacer tal cosa dejando de lado la tradición. 'Autoridad' y 'Tradición' son los dos pilares de la creencia religiosa; pilares que, por suerte, han empezado a desmoronarse tras la aparición relativamente reciente de un mundo tecnológica y socialmente progresivo.

El fundamento de la religión no tiene cabida en el mundo actual y es por eso que su representación más habitual ha ido degenerando en formas más sutiles. Muchos replicarán con que el concepto de Dios ha evolucionado para mejor. Sin duda, a primera vista parece ser así: desde el pueril "Dios de la montaña" al ser etéreo actual parece haber un paso hacia adelante, pero será mejor que analicemos la historia de esta evolución.

Cuando el Olimpo dejó de ser una cima inalcanzable y Jersualem fue derruida a pesar de la supuesta protección física de Elohim, los griegos y judíos tuvieron que admitir que sus dioses no eran de la Tierra, sino del Cielo, aquel vasto mantel de puntos nocturnos eclipsados durante el día por la gran bola de fuego que conocemos como 'Sol', otro dios físico más para muchas civilizaciones primitivas. Era una nueva frontera mística e inalcanzable, un nuevo lugar en el que colocar a sus deidades. Y al contrario de lo que muchos creyentes de las grandes religiones monoteístas dan por hecho hoy día, se creía de verdad que Elohim -una de las primeras representaciones del dios que heredarían los judíos, cristianos y musulmanes- vivía físicamente en el cielo.

Pero el concepto de Dios volvió a cambiar gradualmente cuando los naturalistas comenzaron a estudiar el cosmos. Con el tiempo, gracias al telescopio, un invento holandés perfeccionado inmediatamente después por Galileo, este pasatiempo se convirtió en una nueva ciencia que desparejó el término 'astrología' de 'astronomía' y el nuevo misterio inescrutable se convirtió en un espacio físico más, un lugar que resultó ser bastante normal y predecible.

Y así surgió la idea actual de Dios: un ser en ninguna parte pero omnipresente, sin muestras de poder pero omnipotente; contradicciones que, de nuevo, se consideran virtudes en lugar de críticas. Se eleva el misterio sobre lo observable. Con ello, también ha florecido la 'espiritualidad' basada en el misticismo e ideas turbias que deben estar muy poco definidas por miedo a estar expuestas a un análisis crítico. Como seguramente habréis observado, no se trata tanto de una evolución repleta de sutilezas teológicas causada por una comprensión mayor de 'Nuestro Creador' sino de un empuje por parte del conocimiento que ha ido dejando al misticismo en los margenes de la existencia. En efecto, la ciencia ha erosionado o diluido la imagen de Dios y lo sobrenatural, y es por eso que la fe se tambalea sobre tan fino hilo.

El afán científico de exploración desterró a la fe en las religiones teístas marginando a Dios en el cielo que mentes primitivas llamaban "arriba". Mejores observadores con mejores aparatos hará menos de cinco siglos fueron los causantes de comenzar una reacción en cadena que no solo desterró el concepto de Dios, sino que prácticamente lo fulminó de la realidad en la que vivimos. La ciencia apuñaló a Dios con la navaja de Occam. Así ha surgido el nuevo Dios casi deísta y la 'espiritualidad' que recicla de mala manera filosofías orientales, ambos para esconderse entre las nieblas.

Y cuando vuelva a despejarse la bruma, se darán cuenta de que no hay nada detrás.

(Read the English translation: The Virtue of Faith)

Bertrand Russell

Bertrand Russell era un filósofo, lógico matemático, historiador y crítico social. En cambio, la esencia de su disposición se puede resumir en una palabra, o dos si eres un poco clásico: Bertrand Russell era un científico, un filósofo natural. Murió hará poco más de cuarenta y un años, lo cual me da una excusa para mostraros sin más razón unos monólogos suyos. Sinceramente, ya hubiera muerto el dos de febrero o no, habría escrito este texto.

Russell era agnóstico en cuanto a las afirmaciones divinas. En realidad, era agnóstico en cuanto a todo lo que no estuviera claramente a un lado entre la eterna cuestión del escéptico: la realidad y la imaginación. Su punto de vista era, en una palabra que probablemente no sea reconocible para todos, epojé; suspender el juicio hasta que se presenten las pruebas.

De todas formas, seguramente hoy se le consideraría ateo, dado que últimamente se ha redefinido el concepto para referirse a gente que no cree en Dios en lugar de a gente que afirma la irrefutable inexistencia de Dios. La diferencia puede ser sutil pero es vital: "Dios no existe" es una afirmación que no oirás de muchos ateos versados en filosofía, que admiten la remota posibilidad hipotética de alguna clase de dios, aunque les parezca improbable, y en algunos casos específicos lógicamente imposible (como el Dios abrahámico ortodoxo). De todas formas, el caso es que Bertrand Russell fue quien ideó el argumento contra la justificación de la fe que se ha venido a conocer como "La tetera de Russell". En esencia, deja en evidencia la falsa lógica de que la carga de las pruebas recae en el escéptico y no en el creyente:
Muchas personas ortodoxas hablan como si pensaran que es tarea de los escépticos refutar los dogmas recibidos, en vez de que sean los dogmáticos quienes los prueben. Por supuesto, eso es un error. Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana que gira alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie podría refutar mi aseveración, siempre que me cuidara de añadir que la tetera es demasiado pequeña como para ser vista aún por los telescopios más potentes. Pero si yo dijera que, puesto que mi aseveración no puede ser refutada, dudar de ella es de una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana, se pensaría con toda razón que estoy diciendo tonterías. Sin embargo, si la existencia de tal tetera se afirmara en libros antiguos, si se enseñara cada domingo como verdad sagrada, si se instalara en la mente de los niños en la escuela, la vacilación para creer en su existencia sería un signo de excentricidad, y quien dudara merecería la atención de un psiquiatra en un tiempo iluminado, o la del inquisidor en tiempos anteriores.
En cambio, aunque ese argumento es espectacular y su planteamiento genial, vengo a mostraros algo muy diferente. Quizás un punto de vista más personal de este señor.




Sin duda, un gran hombre. Ojalá su mensaje para el futuro se hubiera cumplido para el día de hoy. No es así. Por desgracia, podría decirse que en ciertos sentidos ha empeorado.

Escépticos en ETB

Ha sido una sorpresa conocer un nuevo programa de televisión que quiera ver. Y en la televisión regional de mi comunidad autónoma, ni más ni menos. En efecto, ETB2 ha lanzado un programa de lo más interesante: "Escépticos".

Por lo que parece, el fin del programa es analizar las afirmaciones urbanas típicas y contrastarlas con esa cosa que no interesa a muchos llamada realidad. El primer programa toca uno de los mejores temas: el viaje a la luna.

Aparentemente, una gran parte de la población cree que Estados Unidos no fue a la luna. No, de hecho, la opinión que he oído sobre todo y aparece también en el programa es que "No fueron entonces, pero sí después", para ganar la carrera espacial y tal. Eso es lo que yo pensaba hace unos años, hasta que me di cuenta de que no tenía ninguna buena razón para creer en dicha conspiración. ¿Por qué no lo denunció entonces la Rusia comunista? Buena pregunta.


El programa analiza las afirmaciones típicas: no se ven estrellas en las fotos, la bandera ondea, las sombras indican que hay más de un foco de luz cuando sólo debería estar el sol... y lo refuta todo con interesantes pruebas (aunque la de las sombras es un poco estúpida).

¿Lo mejor? Una de las pruebas la hace con "El mundo y sus demonios" de Carl Sagan, que además de ser mi libro favorito trata precisamente del escepticismo ante afirmaciones sobre lo sobrenatural. Espero que el resto de programas trate temas como los fantasmas, la astrología, la curación de fe y otras pseudociencias.

La primera vez en años que quiero ver un programa de televisión.

Ciencia para un mundo mejor

Cito de nuevo a Sergio Olmos desde su blog "Apología de la razón" para mostraros un gran artículo llamado "Ciencia para un mundo mejor":
En la actualidad el mundo está más interconectado que nunca, el tráfico de información es cada vez mayor, e ideas se extienden rápida y fácilmente. Cualquier persona con un ordenador y una conexión a internet puede proporcionar información sobre cualquier cosa. Esto es algo magnífico: el intercambio de ideas es el motor de la innovación. Pero esta extensa interconexión y la facilidad para proporcionar información tiene su lado oscuro, como toda tecnología. Si no disponemos de las herramientas adecuadas para seleccionar la información relevante y verídica, ideas irracionales se pueden colar en nuestra cultura fácilmente.

Es muy común pensar que todo el mundo tiene derecho a dar su opinión, es más, en palabras de Harry Frankfurt: “es una visión extendida en las sociedades democráticas que todo ciudadano responsable debe tener una opinión sobre todo”. Esta casi obligación a dar tu opinión sobre todo estimula la aparición de sandeces, ya que no se puede saber mucho sobre todo. Cuando las obligaciones o las oportunidades de hablar sobre un tema exceden los conocimientos de esa persona sobre los hechos relevantes a ese tema, se estimula la producción de sandeces. Además de esto, la constante presencia de sandeces es debido al mercado, todo el mundo está intentando vender algo a alguien, intentando convencer a la gente de que su producto es el mejor generalmente con sandeces. [...]

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Afirmaciones extraordinarias

"Las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias" es una de las citas más famosas del astrofísico y escéptico Carl Sagan, que popularizó la frase en su documental 'Cosmos'. Originalmente la enunció un sociólogo llamado Marcello Truzzi, que a su vez la basó en Laplace, que probablemente la tomara de David Hume. De todas formas, la cita formada como "Extraordinary claims require extraordinary evidence", atribuida a Sagan, ha sido la base de una campaña del CFI, una organización benéfica dedicada a la educación de la razón, la ciencia, el laicismo y la libertad académica.

Los mismos responsables del famoso autobús ateo han lanzado otra campaña, esta vez a favor del escepticismo que representa la gran cita de nuestro astrofísico favorito.


En esta campaña se muestran varias afirmaciones fuera de lo normal que, como es lógico, requieren evidencias fuera de lo normal. En los posters ahí queda todo, pero en la página web se analiza cada afirmación y se rechaza por ser falsa y, en los casos sobrenaturales, por pruebas insuficientes:
«Para saber si la creencia en lo sobrenatural es justificable debemos responder primero a si es posible tener pruebas de afirmaciones sobrenaturales. Por supuesto, ya sabemos que podemos tenerlas para afirmaciones naturales; para conseguirlas utilizamos el método científico. Así que, ¿qué nos dice el método científico de las afirmaciones sobrenaturales?

Bueno, algo está claro: la ciencia no puede mostrar que las afirmaciones sobrenaturales son falsas; probar un negativo es prácticamente imposible. En cambio, sí que podemos mostrar que creer en lo sobrenatural no está justificado».
Por cierto, no olvidemos que 'escepticismo' y 'cinismo' no son sinónimos en absoluto. Como dicen en la introducción editorial de la revista "Skeptic":
«Algunos creen que el escepticismo es el rechazo de todas las nuevas ideas, o peor aún, confunden "escéptico" con "cínico" y creen que los escépticos son un grupo de cascarrabias gruñones que se niegan a aceptar cualquier afirmación que desafíe el statu quo. No es así: el escepticismo es un acercamiento provisional a las afirmaciones, es la aplicación de la razón a todas las ideas; no se permiten vacas sagradas. En otras palabras, el escepticismo es un método, no una posición».
Entre las afirmaciones podemos encontrar supuestas deidades como Allah y Thor; pseudociencias como la sanación espiritual, el creacionismo y la astrología; hipótesis de la conspiración paranoides como los ovnis y las abducciones extraterrestres; y finalmente, mitos como los lepracauns, las sirenas, los gnomos, el conejo de Pascua y, por supuesto, la divinidad y los milagros de Cristo. Así hasta setenta y cuatro afirmaciones extraordinarias rechazadas por no tener pruebas o justificaciones en absoluto.