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El renacimiento de la moral

Tradicionalmente, la moral como objeto de estudio ético ha sido una cuestión teológica y es en parte por ello que incluso hoy día el ateísmo se mira con desprecio: si Dios no existe, ¿en qué se fundamenta nuestra percepción del bien y el mal? ¿Cuál es la base de la moral?

La autocracia y la democracia no pueden determinar el bien y mal, ya que la imposición de los deseos del dictador -divino o no- refleja su poder pero no la rectitud de sus valores, y la opinión de la mayoría, representada directamente o por medio de leyes, evita conflictos pero no define una ética («diez blancos ahorcando a un negro es democracia»). Peor aun es fundamentarla en la tradición: que una práctica perdure no precisa bondad. En la ciencia de la lógica, estas apelaciones a la legitima sabiduría de la fuerza, el pueblo y la antigüedad son falacias ad baculum, ad populum y ad antiquitatem respectivamente.

¿Entonces qué define la moral? En The Moral Landscape, el neurocientífico Sam Harris argumenta que la moral se basa en el bienestar de los seres conscientes y que, por tanto, ha de aplicarse un modelo ético basado en los casos extremos de bienestar y sufrimiento totales. El autor imagina un "paisaje moral", un espacio de consecuencias reales y potenciales cuyas cimas corresponden al mayor bienestar y cuyos valles suponen el mayor sufrimiento:
«Formas distintas de pensar y comportarse (distintas prácticas culturales, códigos éticos, formas de gobierno, etcétera) resultarán en cambios en este paisaje y, por tanto, en grados distintos de prosperidad humana. No sugiero que vayamos a descubrir necesariamente una sola respuesta correcta a cada cuestión moral o una sola forma óptima en la que los humanos puedan vivir. Algunas cuestiones admitirán varias respuestas, cada una más o menos equivalente. [...]

Si pueden descubrirse verdades objetivas acerca del bienestar humano (si, por ejemplo, la amabilidad suele conducir a la felicidad más que la crueldad), algún día la ciencia debería poder reclamar con mucha precisión qué conductas y usos de nuestra atención son moralmente buenos, cuáles son neutrales y cuáles merece la pena abandonar».
Para llegar a este modelo racional y empírico, Harris primero tuvo que demostrar la conexión entre el bienestar y la moral, y para ello realizó una hazaña quizá mayor que su tesis central: acabó con la interpretación moderna de la guillotina de David Hume, la supuesta barrera entre hechos y valores cuya ruptura suele equipararse equivocadamente a la falacia naturalista. Aunque filósofos como G.E. Moore lo malinterpretaran así, ese no era el propósito de Hume: irónicamente, su argumento iba en contra de aquellos que pretendían deducir una ética por medio de la mera existencia de Dios. Harris aborda el problema de Hume pragmáticamente:
«Muchos escépticos morales... insisten en que las nociones de qué deberíamos hacer o qué valoramos solo pueden justificarse con otros valores y nunca con hechos acerca del mundo real. [...] Pero esta noción de "lo que debería ser" es una forma artificial e innecesariamente confusa de plantear las elecciones morales. [...] Para que la noción nos importe en absoluto, debe referirse a una preocupación por las experiencias reales o potenciales de los seres conscientes. Por ejemplo, decir que deberíamos tratar a los niños con ternura parece idéntico a decir que a todos nos vendrá mejor hacerlo».
Esta clase de moral fundada en evidencias se encuentra con dos adversarios que a su vez se consideran también enemigos mortales: la moral supuestamente absoluta de la religión clásica y el relativismo moral del posmodernismo. Ambas suponen una detestable ceguera de la realidad pero son discapacidades bien distintas. Los fundamentalistas, cegados por preceptos absolutos como que «mentir es pecado», sin prestar atención al contexto que posiblemente lo exculpe, no ven ni un solo tono de gris. Las repercusiones son obvias y terribles.

A la inversa, cegados en nombre de la retorcida visión de la tolerancia que proporciona el relativismo cultural, los posmodernistas solo ven tonos de gris, y solo así puede ocurrir que personas civilizadas y bienintencionadas toleren prácticas como la mutilación genital femenina y otras formas de opresión, sexismo y barbarismo: «es una cultura distinta con un código ético alternativo», dicen. Y tienen razón. Pero además de alternativo, ese código ético es intolerable y una afrenta a los derechos humanos. Como señala Harris, esta tolerancia intelectual no es solo un asunto académico: probablemente en este mismo instante estén quemando la cara con ácido a niñas por querer aprender a leer o por el "crimen" de dejarse violar.
«Si una sola persona en el mundo sujetara a una muchacha aterrorizada que se resiste y chilla, y con una cuchilla infectada le cortara los genitales, y luego la cosiera dejando solo un pequeño orificio para orinar y para el flujo menstrual, la única pregunta sería con qué severidad habría que castigar a esa persona, y si la pena de muerte sería una sanción lo suficientemente dura. Pero cuando lo hacen millones de personas, esa monstruosidad, en vez de multiplicarse por millones, de repente se convierte en "cultura" y, con ello, por arte de magia, pasa a ser no más horrible, sino menos, y hasta la defienden "pensadores morales" occidentales, incluidas feministas» -Donald Symons.
La falsa distinción entre hechos y valores es el principio responsable de que tantos hayan adoptado esta retorcida perspectiva entre los movimientos progresistas, para los cuales parece que cualquier crítica de oriente es un caso de imperialismo occidental. Teniendo en cuenta que su adversario es una extrema derecha obsesionada con el culto a Yahveh hasta el punto del fundamentalismo violento, no es de extrañar que hayan caído tan bajo.

Esta tercera perspectiva ética, basada en evidencias y no en revelación divina o tolerancia incondicional, pretende ser la voz de la razón entre los psicóticos que oyen voces de una deidad vengadora y los psicópatas que ignoran los chillidos de las niñas.
(Read the English translation: The Moral Renaissance)

The Moral Renaissance

Traditionally, morality as a study of ethics has always been a theological question and that is partly why even today atheism is looked upon with so much disdain: if God does not exist, where upon is our perception of good and evil to be founded? What is morality based on?

Autocracy and democracy cannot determine good and evil, since the imposition of whatever the dictator -divine or not- wishes does reflect their power but not the righteousness of their values, and the opinion of the majority -by direct representation or indirect legislation- avoids conflicts but does not define a code of ethics ("Ten white guys lynching one black guy is a democracy.") Even worse is to base it on tradition: the continuance of a practice does not require goodness. In the science of logic, these appeals to the legitimate wisdom of force, the people and antiquity are ad baculum, ad populum and ad antiquitatem fallacies respectively.

Then, what does define morality? In The Moral Landscape, neuroscientist Sam Harris argues that morality is based on the well-being of conscious beings and that, therefore, a code of ethics based on the extremes of total well-being and suffering must be applied. The author pictures a 'moral landscape', a space of actual and potential consequences whose peaks correspond to the heights of well-being and whose valleys represent the deepest suffering:
"Different ways of thinking and behaving —cultural practices, ethical codes, modes of government, etc.— will translate into movements across this landscape and, therefore, into different degrees of human flourishing. I’m not suggesting that we will necessarily discover one right answer to every moral question or a single best way for human beings to live. Some questions may admit of many answers, each more or less equivalent. [...]

If there are objective truths to be known about human well-being—if kindness, for instance, is generally more conducive to happiness than cruelty is—then science should one day be able to make very precise claims about which of our behaviours and uses of attention are morally good, which are neutral, and which are worth abandoning."
To get to this rational and empirical model, Harris had to first demonstrate the link between well-being and morality, and for that purpose he achieved a possibly bigger feat than his central thesis: he put an end to the modern interpretation of Hume's Guillotine, the supposed wall of separation between facts and values whose breaking is usually -but wrongly- likened to the naturalistic fallacy. Although philosophers such as G.E. Moore misinterpreted it like so, that was not Hume's purpose: ironically, his argument run against those who tried to deduce a code of ethics from the mere existence of God. Harris approaches Hume's problem pragmatically:
"Many moral skeptics... insist that notions of what we ought to do or value can be justified only in terms of other 'oughts,' never in terms of facts about the way the world is. [...] But this notion of 'ought' is an artificial and needlessly confusing way to think about moral choice. [...] If this notion of 'ought' means anything we can possibly care about, it must translate into a concern about the actual or potential experience of conscious beings (either in this life or in some other). For instance, to say that we ought to treat children with kindness seems identical to saying that everyone will tend to be better off if we do."
This kind of evidence-based morality is faced with two adversaries which in turn are also hostile to each other: the supposedly absolute morality of classic religion and the moral relativism of Postmodernism. Both entail an abhorrent blindness from reality but they are quite distinct disabilities. Fundamentalists -blinded by absolute precepts such as "lying is a sin" which leave no room for a possible context that absolve them- cannot see any shades of grey. The consequences are obvious and dreadful.

Inversely, blinded in the name of the distorted view of tolerance offered by cultural relativism, postmodernists can only see shades of gray -and that is the only way that civilized and well-intentioned people could tolerate practices such as female genital mutilation and other forms of oppression, sexism and barbarism: "it is a different culture with an alternative code of ethics," they say. And they are right. But this code of ethics is not only alternative but also intolerable and an affront to human rights. As Harris himself points out, this intellectual tolerance is not just an academic issue -probably at this very moment there are girls getting their faces burned off with acid for wanting to learn to read or for the 'crime' of getting raped.
"If only one person in the world held down a terrified, struggling, screaming little girl, cut off her genitals with a septic blade, and sewed her back up, leaving only a tiny hole for urine and menstrual flow, the only question would be how severely that person should be punished, and whether the death penalty would be a sufficiently severe sanction. But when millions of people do this, instead of the enormity being magnified millions-fold, suddenly it becomes “culture,” and thereby magically becomes less, rather than more, horrible, and is even defended by some Western “moral thinkers,” including feminists."
-Donald Symons.
The false distinction between facts and values is the principle responsible for the fact that so many have embraced this distorted view among the progressive movements, for which seemingly any criticism towards the East is a case of Western imperialism. Considering their adversaries are a far-right obsessed with the cult of Yahveh to the point of violent fundamentalism, it is no wonder they have sunk to such a low level.

This third ethical perspective, based on evidence and not divine revelation or unconditional tolerance, aims to be the voice of reason between the psychotics who hear voices from a vengeful deity and the psychopaths who ignore the screams of little girls.
(Leer la versión original: El renacimiento de la moral)

"El espejismo de la chimenea" de Sam Harris

El neurocientífico Sam Harris, autor de The Moral Landscape, ha escrito en su blog personal un ensayo acerca de la colisión entre la racionalidad y nuestras creencias internas, el choque de ideas que sufren muchos creyentes que se enfrentan a las realidades que desafían sus dogmas. Harris usa como caso de estudio las chimeneas y el daño que estas causan, adoptando el divertido título de "El espejismo de las chimeneas", paralelismo de la polémica obra "El Espejismo de Dios" de su colega Richard Dawkins. El texto a seguir es una traducción:
Me parece que muchos ateos han olvidado (o nunca han sabido) cómo es sufrir una desdichada colisión con la racionalidad científica. Para nosotros estar abiertos a buenas pruebas y argumentos sensatos es un principio, y solemos estar dispuestos a seguirlos hasta donde sea que nos lleven. Algunos hemos construido nuestras vidas profesionales a partir de lamentarnos de que los religiosos no adopten esta misma actitud.

En cambio, recientemente me he encontrado con un ejemplo de intransigencia laica que puede dar a los lectores una idea de cómo se sienten los religiosos cuando sus creencias se critican. No es una analogía perfecta, como veréis, pero la 'rigurosa investigación' que he llevado a cabo en banquetes con invitados sugiere que merece la pena pensar en ello. Llamémos a este fenómeno
"El espejismo de las chimeneas".

En una noche fría, la mayoría considera que una hoguera bien cuidada es uno de los placeres más saludables que la humanidad ha producido. Una hoguera, ardiendo a salvo dentro de los confines de una chimenea o un horno de leña, es una fuente visible y tangible de confort para nosotros. Nos encanta todo: su calidez, la belleza de sus llamas y, a menos que uno sea alérgico al humo, el olor que este imparte en el aire.

Siento decir que si esta es vuestra opinión acerca de la hoguera de leña, no solo estáis equivocados sino peligrosamente desencaminados. Pretendo convenceros en serio, así que en parte podéis considerarlo un comunicado de interés público, pero por favor tened en mente que se trata de una analogía. Quiero que percibáis cómo os sentís y que os deis cuenta de la resistencia que se forma al considerar lo que tengo que decir.

Dado que la madera es una de las sustancias más naturales de la tierra y su uso como combustible es universal, la mayoría se imagina que quemar leña debe ser algo totalmente benigno. Respirar el aire invernal aromatizado por el humo de leña parece completamente distinto a echar bocanadas de un cigarro o inhalar el tubo de escape de un camión pasajero. Pero esto es un espejismo.

Esto es lo que sabemos desde un punto de vista científico: ningún grado de humo de leña es bueno para la respiración. Es al menos tan malo como el humo del cigarro y probablemente mucho peor (según un estudio, es 30 veces más carcinogénico). El humo de una hoguera de leña común contiene cientos de compuestos carcinogénicos, mutagénicos, teratogénicos e irritantes al sistema respiratorio. La mayoría de partículas que se generan al quemar leña son más pequeñas que un micrón, un tamaño que según se cree puede hacer mucho daño a los pulmones. De hecho, estas partículas son tan minúsculas que pueden evadir nuestras defensas mucociliares y entrar directamente en el torrente sanguíneo, presentando un peligro al corazón. Las partículas de este tamaño también se resisten al asentamiento gravitacional, manteniéndose en vuelo durante semanas seguidas.

Una vez salen de la chimenea, los gases tóxicos (por ejemplo, el benceno) y las partículas que forman el humo vuelven sin problemas a nuestros hogares. Según las investigaciones, casi el 70 por cierto del humo de chimenea vuelve a entrar en edificios cercanos. Los niños que viven en hogares con chimeneas u hornos de leña activos, o en zonas donde las hogueras son comunes, sufren una incidencia mayor de asma, tos, bronquitis, despertares nocturnos y función pulmonar comprometida. Entre adultos, las hogueras se asocian con una mayor frecuencia de visitas a salas de urgencia y admisiones al hospital por enfermedades respiratorias, además de una mayor mortalidad de ataques al corazón. La inhalación de humo de leña, incluso a niveles relativamente bajos, altera las funciones inmunes pulmonares, dejándonos más susceptibles a resfriados, gripes y otras infecciones respiratorias. Todos estos efectos pesan de forma desproporcionada en niños y ancianos.

La triste verdad sobre quemar leña se ha establecido científicamente hasta una certeza moral: esa agradable y acogedora hoguera en la chimenea es mala para vosotros. Es mala para vuestros hijos. Es mala para vuestros vecinos y sus hijos. Además, quemar leña es completamente innecesario ya que en el mundo desarrollado nunca nos faltan alternativas mejores y más limpias para calentar nuestros hogares. Si quemáis leña en los Estados Unidos, Australia, Europa o en cualquier nación desarrollada, seguramente lo estés haciendo de forma recreativa; y la persistencia de este hábito es una fuente principal de contaminación atmosférica. De hecho, el humo de leña suele contribuir más partículas dañinas en la atmósfera urbana que ninguna otra fuente.

En el mundo desarrollado, la quema de combustible solido en el hogar es una verdadera plaga, solo comparable a la mala higiene como un riesgo de salud medioambiental. En 2000, la Organización Mundial de la Salud estimó que causaba casi 2 millones de muertes prematuras cada año, muchísimo más que los accidentes de tráfico.

Sospecho que muchos habréis empezado a idear contraargumentos que serán reconocibles para cualquiera que haya debatido la validez y la utilidad de la religión. He aquí uno: los seres humanos nos hemos abrigado entre hogueras durante decenas de miles de años y está práctica fue crucial en la supervivencia de nuestra especie. Sin el fuego no habría cultura material. Nada se nos hace más natural que quemar leña para mantenernos cálidos.

No le falta razón. Pero otras muchas cosas son naturales, como morir en la anciana madurez de treinta años. Morir al nacer es increíblemente natural, al igual que la muerte prematura por decenas de enfermedades que ahora podemos prevenir. Que os zampe un león o un oso también es vuestro derecho de nacimiento, o lo sería sino fuera por el artificio defensivo de la civilización, y convertirse en el almuerzo para un carnívoro mayor os conectaría a la profunda historia de nuestra especie tanto como los placeres de la hoguera. Durante casi dos siglos la línea divisoria entre aquello que es natural (con todo el sufrimiento innecesario que ello implica) y aquello que es bueno ha ido creciendo. Respirar los gases de una chimenea ha acabado en el lado malo de esa línea.

El argumento contra la quema de leña está tan claro como el de fumar cigarros. De hecho, está aun más claro, ya que al comenzar una hoguera se envenena el aire que todos deben respirar en kilómetros a vuestro alrededor. Incluso si rechazáis toda intrusión de un Estado paternalista deberíais estar de acuerdo que la quema recreativa de leña es inmoral y debería ser ilegal, especialmente en zonas urbanas. Al encender una hoguera se crea una contaminación de la que uno no se puede deshacer. Incluso en el día con los cielos más claros del año una quema suficiente de leña dejará al aire de vuestra vecindad como un mal día en Pekín. Vuestro vecindario no debería pagar por vuestra conducta arcaica y no hay forma de que os transfieran este coste de forma que puedan preservar sus intereses. Por tanto, incluso los libertarios deberían estar dispuestos a aprobar leyes que prohibieran la quema recreativa de leña en provecho de alternativas más limpias, como el gas natural.

He descubierto que al proponer este argumento, incluso entre personas muy inteligentes y preocupadas por su salud, una verdad psicológica queda claramente visible: no quieren creérselo. La mayoría de la gente que conozco quiere vivir en un mundo en el que el humo de leña es indoloro. De hecho, parecen estar comprometidos con la idea de vivir en ese mundo, a pesar de los hechos. Intentar convencerlos de que las hogueras son dañinas y que siempre lo han sido es, en cierto modo, ofensivo. Simplemente, el ritual de quemar leña es demasiado reconfortante y familiar como para ponerlo en duda; su consolación es tan antigua y omnipresente que debe ser benigna. La alternativa, utilizar gas natural con leños falsos, parece un sacrilegio.

En cambio, la realidad de la situación no es científicamente ambigua: si os importa la salud de vuestra familia y vecinos, la escena de una chimenea encendida debería ser tan reconfortante como la de un motor diésel tirado en vuestra sala de estar. Es hora de romper el hechizo y usar una alternativa artificial o nada en absoluto.

Por supuesto, si sois como mis amigos, rechazaréis esta verdad. Y eso os debería dar una idea de a qué nos enfrentamos con la religión.
Este ensayo de Sam Harris muestra un ejemplo perfecto de la falacia naturalista en la que se basan la mayoría de religiones e incluso algunas teorías políticas: "Siempre ha estado con nosotros, es una tradición, así que debe ser bueno". En cierto modo, el foco de Ciudadanos del Mundo empieza a ser el análisis de las ideologías con bases visiblemente erróneas: artículos como La virtud de la fe, Choque de ideas, El engaño posmodernista y El fantasma de la máquina rechazan la creencia ciega, el relativismo, el posmodernismo, el dualismo y el primitivismo como bases argumentales. Los próximos ensayos seguirán la misma pauta.

El fantasma de la máquina

El "Fantasma de la máquina" es una locución que inventó el filósofo Gilbert Ryle para describir el dualismo mente-cuerpo de Descartes. En su libro The Concept of Mind Ryle ridiculizó la creencia de que el psique funciona independientemente del cuerpo físico. Según Descartes y todos los dualistas después, la mente no está sujeta a leyes mecánicas, ni siquiera está en el espacio. De ahí el alma etérea que gobierna el cuerpo mecánico, el fantasma de la máquina.

Aunque la propuesta de que existe una distinción vital entre mente y materia, que la mente es como un espíritu incorpóreo, es una teoría de la mente muy específica, rara vez viene sola. El lingüista y psicólogo experimental Steven Pinker lo dijo mejor en su libro The Blank Slate:
«Las doctrinas de la tabula rasa, el salvaje noble y el fantasma de la máquina (o, como los llaman los filósofos, empirismo, romanticismo y dualismo) [...] suelen encontrarse juntos. [...] Naturalmente, la tabula rasa coexiste con el fantasma de la máquina, dado que una tabla rasa es un lugar acogedor para que more un fantasma. Si un fantasma ha de estar al mando, la fábrica puede enviar el aparato con un mínimo de partes».
Esos son los tres mosqueteros: la tabula rasa de John Locke, el salvaje noble de Rousseau y el fantasma de la máquina de Descartes; la mente no tiene rasgos innatos, las personas nacen buenas por naturaleza y todos tenemos un alma con libre albedrío que no se somete a las leyes de la física y la biología. La unión del empirismo no epistemológico, el romanticismo y el dualismo es una poderosa fuerza seductora, pero no por su poder explicativo sino por lo que parecen representar: una barrera contra la desigualdad y el determinismo.

Pero defender una posición científica con sueños y esperanzas no tiene sentido. Concluir que la mente carece de rasgos inherentes a base de aspiraciones políticas y no pruebas reales es un ejemplo perfecto de la falacia moralista: es una presunción de que aquello que sea deseable debe ser verdad, que lo que debería ser también es. Por ejemplo: «No podemos estar predispuestos naturalmente a la xenofobia porque eso justificaría el racismo». En esencia es lo opuesto a la falacia naturalista, que presume que aquello que sea verdad debe ser deseable, que lo que es también debería ser: «Dado que estamos predispuestos naturalmente a la xenofobia, el racismo está justificado socialmente».

Aunque estos temores no son argumentos reales, eso no significa que no sean ciertos, así que mejor dejemos de lado la lógica formal. ¿La realidad de la naturaleza humana, no importa cuán maleable, socava las esperanzas de una igualdad social? No, porque las libertades civiles no dependen de la condición de que todos seamos iguales sino de una sociedad que trate a todos como individuos con derechos: no nacemos iguales, pero dar por sentado que por tanto no deberíamos tratarnos con igualdad es caer en la falacia naturalista. Lo siento, prometo no volver a mencionar las falacias lógicas.

Pero el abismo de la naturaleza humana es más profundo. Muchos temen la idea de que la biología toma parte en nuestra conducta y su implicación de que la mente no es más que una parte del cuerpo porque destruye la fuente aparente de nuestras libertades: el libre albedrío. Y es cierto que la destruye: al comprender que el dualismo mente-cuerpo no existe uno se da cuenta de que la mente está, como todo lo demás, sujeta a las leyes de la naturaleza, a la cadena infinita de causa y efecto. Por necesidad, esto convierte a la elección en una ilusión; muy útil o incluso crucial, pero técnicamente un espejismo. En su libro de 2010 "The Moral Landscape" el neurocientífico Sam Harris lo describe así:
«Toda nuestra conducta puede rastrearse hasta fenómenos biológicos de los que no somos conscientes: esto siempre ha sugerido que el libre albedrío es una ilusión. Por ejemplo, el psicólogo Benjamin Libet demostró que actividades en las regiones motoras del cerebro pueden detectarse unos 350 milisegundos antes de que la persona sienta que ha decidido moverse. Recientemente, otro laboratorio utilizó una IRMf para mostrar que algunas decisiones "conscientes" pueden predecirse hasta 10 segundos antes de formar parte de la conciencia, mucho antes de la actividad motora preparatoria que detectó Libet. Está claro que esta clase de hallazgos son difíciles de reconciliar con la sensación de que uno es la fuente consciente de sus acciones. [...]

El problema es que ninguna explicación de la causalidad da cabida al libre albedrío. Pensamientos, humores y deseos de toda clase aparecen de la nada y nos afectan (o no) por razones subjetivamente inescrutables. [...] Decir que una persona habría hecho otra cosa si hubiera decidido hacer otra cosa no significa nada, porque las "elecciones" de una persona solo aparecen en su torrente mental como de la nada. [...] Nuestra creencia en el libre albedrío emana de nuestra ignorancia momentánea sobre causas específicas previas. La expresión "libre albedrío" describe la impresión de identificarse con el contenido de cada pensamiento a medida que surge en la conciencia».
Harris procede a explicar por qué este hallazgo no acaba con la moralidad y la libertad:
«Como señaló Daniel Dennett, muchos confunden el determinismo con el fatalismo. Eso da lugar a preguntas como: "¿Si todo está determinado por qué debería hacer nada? ¿Por qué no sentarme y ver qué pasa?" Pero que nuestras elecciones dependan de causas previas no significa que no importen. [...] No sabemos lo que pretenderemos hasta que la intención surja. Ver esto es darse cuenta de que no eres el autor de tus pensamientos y acciones en la forma que suele suponer la gente. En cambio, esta comprensión no hace que la libertad social y política sea menos importante».
Que el libre albedrío sea una ilusión no menoscaba lo que consideramos como elecciones. Solo tenemos que comprender intelectualmente cómo funciona nuestra mente pero luego simplificarlo con el concepto del libre albedrío. Es un modelo: útil pero falso. Por ejemplo, en nuestra vida diaria no usamos física avanzada sino un modelo muy simple a base de experiencias que solo falla cuando las variables del entorno son muy distintas de las nuestras, como cuando el astronauta David Scott dejó caer un martillo y una pluma en la luna y cayeron a la misma velocidad. Es intuitivamente confuso pero intelectualmente explicable: no hay resistencia al aire en el vacío. De manera análoga, el libre albedrío es un modelo útil que no tenderá a fallarnos; pero más vale que seamos conscientes de su inexactitud o no reconoceremos las ocasiones en las que la experiencia común no es suficiente.

Pues esto no es un diálogo puramente filosófico: sostener como verdad esta idea y sus justificaciones filosóficas tiene consecuencias en el mundo real. La tabula rasa y el noble salvaje contaminan campos científicos como la antropología al romantizar nuestro estado de naturaleza (y la naturaleza misma) y al vetar la crítica legítima de las tribus primitivas, creando así expectativas poco realistas sobre los niños y otras gentes no civilizadas. En cambio, el mayor culpable es el fantasma de la máquina, de ahí el título de este ensayo: por ejemplo, en el dualismo mente-cuerpo radican las medidas políticas contra la investigación de células madre. En 2011 George W. Bush tomó la decisión de prohibir estos estudios tras consultar con varios filósofos dualistas y pensadores religiosos. Todavía a día de hoy existen muchas otras actitudes dañinas que asumen la existencia de un alma inmaterial mucho más allá del cuerpo.

Como indica el mismo Steven Pinker, todo esto «inscribe la tabula rasa, desclasa al salvaje noble y exorciza al fantasma de la máquina». Más que puntos de vista intelectuales son explicaciones primitivas basadas en el pensamiento mágico de que aquello que deseemos debe ser cierto. En cierto modo, la negación popular de la naturaleza humana es muy similar a la posición posmodernista hacia la ciencia en general: ambos proclaman una pared de separación entre sus ideas y aquello que el conocimiento metodológico pudiera llegar a alcanzar. Pero la realidad no tiene esas fronteras.
(The original article written in English here: The Ghost in the Machine)

The Ghost in the Machine

The Ghost in the Machine phrase was invented by philosopher Gilbert Ryle as a way to describe René Descartes' mind-body dualism. In his book The Concept of Mind Ryle ridiculed the belief that the psyche somehow functions independent of the physical body -according to Decartes and all dualists thereafter, the mind is not subject to mechanical laws, it is not even in space. Hence, the immaterial soul governing the mechanistic body, the Ghost in the Machine.

While the suggestion that there is a vital distinction between mind and matter, that the mind is some kind of disembodied spirit, is a very specific theory of the mind, it rarely comes alone. Linguist and experimental psychologist Steven Pinker puts it best in his book The Blank Slate:
"The doctrines of the Blank Slate, the Noble Savage, and the Ghost in the Machine -or, as philosophers call them, empiricism, romanticism, an dualism- [...] are often found together. [...] The Blank Slate naturally coexists with the Ghost in the Machine, too, since a slate that is blank is a hospitable place for a ghost to haunt. If a ghost is to be at the controls, the factory can ship the device with a minimum of parts."
So there we have the Three Musketeers: John Locke's Blank Slate, Rousseau's Noble Savage and Decartes' Ghost in the Machine -the mind has no innate traits, people are naturally born good and each of us has a free-willed soul that does not abide by the laws of physics or biology. Non-epistemological empiricism, romanticism and dualism brought together are a powerful seductive force, not so much for their explanatory power but for what they seem to represent: a barrier against inequality and determinism.

But defending a scientific position with hopes and dreams is a non sequitur. To conclude that the mind does not have inherent traits based on political aspirations and not actual evidence is a perfect example of the Moralistic fallacy: it is a presumption that whatever is desirable must be the truth, that what ought to be also is. For example: "We cannot be naturally predisposed to xenophobia because that would justify racism." Essentially, it is the opposite of the Naturalistic fallacy, which presumes that whatever is true must be desirable, that what is also ought to be: "Since we are naturally predisposed to xenophobia, racism is socially justifiable."

Although these fears are not actual arguments, that does not mean they are not true, so maybe we should leave Formal logic aside. Does the reality of human nature -however malleable- undermine the hopes for social equality? No, because civil liberties do not depend on the condition that we are all the same but on a society that treats people as individuals with rights: we are not born equal -but to assume that therefore we should not be treated equally is to fall in the Naturalistic fallacy. Sorry, I promise not to mention logical fallacies again.

But the rabbit hole of human nature goes deeper. The idea that our biology may play a part in our behaviour and its implication that the mind is but a part of the body is feared by many because it destroys the apparent source of our civil rights: free will. And it truly does: with the understanding that there is no mind-body dualism comes the realization that the mind is, just as everything else, subjected to the laws of nature, to the infinite chain of cause and effect. This necessarily makes choice an illusion -a very useful illusion, crucial even, but technically just a mirage. In his 2010 book "The Moral Landscape", neuroscientist Sam Harris describes it thus:
"All of our behavior can be traced to biological events about which we have no conscious knowledge: this has always suggested that free will is an illusion. For instance, the physiologist Benjamin Libet famously demonstrated that activity in the brain’s motor regions can be detected some 350 milliseconds before a person feels that he has decided to move. Another lab recently used fMRI data to show that some “conscious” decisions can be predicted up to 10 seconds before they enter awareness (long before the preparatory motor activity detected by Libet). Clearly, findings of this kind are difficult to reconcile with the sense that one is the conscious source of one’s actions. [...]

The problem is that no account of causality leaves room for free will. Thoughts, moods, and desires of every sort simply spring into view—and move us, or fail to move us, for reasons that are, from a subjective point of view, perfectly inscrutable. [...] It means nothing to say that a person would have done otherwise had he chosen to do otherwise, because a person’s “choices” merely appear in his mental stream as though sprung from the void. [...] Our belief in free will arises from our moment-to-moment ignorance of specific prior causes. The phrase “free will” describes what it feels like to be identified with the content of each thought as it arises in consciousness."
Harris goes on to explain why this realization does not put an end to morality and freedom:
"As Daniel Dennett has pointed out, many people confuse determinism with fatalism. This gives rise to questions like, “If everything is determined, why should I do anything? Why not just sit back and see what happens?” But the fact that our choices depend on prior causes does not mean that they do not matter. [...] We do not know what we will intend to do until the intention itself arises. To see this is to realize that you are not the author of your thoughts and actions in the way that people generally suppose. This insight does not make social and political freedom any less important, however."
The fact that free will is an illusion does not undercut what we think of as choices. We just need to intellectually understand how our minds actually work but then simplify it with the concept of free will. It is a model: useful but untrue. For example, in our everyday lives we do not use advanced physics but a very simple model based on experience that only fails us when the environmental variables are dramatically different from our own, as when astronaut David Scott dropped a hammer and a feather in the moon and they fell at the same rate. It is intuitively confusing but intellectually explainable: there is no air resistance in a vacuum. Similarly, free will is a useful model that will rarely fail us -but we'd better be mindful of its inaccuracy or we will fail to recognize those occasions when our regular experience does not suffice.

For this is not a purely philosophical discussion: holding this idea as the truth along with its philosophical justifications does have real-world consequences. The Blank Slate and the Noble Savage pollute scientific fields such as anthropology by romanticizing our state of nature -and Nature itself- and vetoing the legitimate criticism of primitive tribes, hence creating unrealistic expectations of children and other uncivilized people. Yet, particularly at fault is the Ghost in the Machine, therefrom the title of this essay: for instance, the mind-body dualism is at the core of the policies against embryonic stem-cell research. In 2001 George W. Bush made his decision to put a stop to these studies by consulting with a number of dualist philosophers and religious thinkers. Continuing to this day there are many other harmful attitudes that assume the existence of an immaterial soul above and beyond the body.

As Steven Pinker himself points out, all of this "fills in the blank slate, declasses the noble savage, and exorcises the ghost in the machine". These are not so much intellectual positions as primitive explanations based on the magical thinking that whatever we hope for must be true. In a way, the popular denial of human nature is very similar to the Postmodernist stance towards science in general: both of them proclaim a wall of separation between their ideas and that which methodical knowledge could conceivably attain. But reality has no such frontiers.
(El artículo traducido al castellano aquí: El fantasma de la máquina)

El dilema de la tecnología

La humanidad ha sido ama de la tecnología desde sus humildes comienzos. De hecho, las funciones cerebrales superiores que nos permiten crear y manejar herramientas son, en esencia, lo que nos distingue como especie, por muy capaces que puedan ser otros simios. Nuestra creatividad nos define y lo que sea que hagamos con ella indicará el progreso de nuestra civilización. Después de todo, la tecnología ya no está compuesta solo por herramientas de creación sino también por armas de destrucción.

Por desgracia, incluso en Occidente la gente muestra una extraña ambivalencia hacia la ciencia y la tecnología moderna. Sin duda es comprensible: generaciones aún vivas recuerdan lúcidamente los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Específicamente, recuerdan la bomba atómica. ¿Acaso puede discutirse? Fue una abominable e inexcusable invención de destrucción masiva. Ya lo dijo uno de los padres del Proyecto Manhattan, J. Robert Oppenheimer, citando el Bhágavad-guitá, un antiguo texto sagrado hinduista: «Me he convertido en La Muerte, el destructor de mundos».

Pero no olvidemos que el poder del átomo también nos ha traído avances ilimitados en la obtención de energía, la medicina y el conocimiento. Se perdería mucho sin estos avances, como el Gran colisionador de hadrones de CERN que ahora mismo desentierra los misterios del universo temprano y desafia el Modelo estándar de física de partículas al poner a prueba la existencia del Bosón de Higgs. La energía nuclear, como cualquier tecnología, puede usarse como una herramienta de creación. Como declaró el difunto astrofísico Carl Sagan:
«El mismo cohete y tecnología nuclear e informática que envía a nuestras naves más allá de los planetas conocidos también pueden usarse para destruir nuestra civilización global. Exactamente la misma tecnología puede usarse para el bien y para el mal».
La ciencia, y su materialización en la tecnología moderna, es neutral. El bien y el mal de la tecnología no se encuentra en su interior sino en aquello que acabemos haciendo con ese conocimiento. La humanidad tiene la clave tanto para el bien moral como para la malicia y codicia puras: la tecnología no es ni más ni menos que un medio, una herramienta que podemos usar para la creación o la destrucción.

Nuestro futuro y quizá incluso el de este punto azul suspendido en el espacio dependen de nosotros. Solo las herramientas de creación pueden traernos ese futuro. Cualquier futuro.
(The original article written in English here: The Quandary of Technology)

The Quandary of Technology

Humankind has been the master of technology since its humble beginnings. Actually, our ability to use higher brain functions in order to create and handle tools is essentially what sets us apart as a species, however able some other apes may be. Our creativity defines us and whatever we choose to do with it will mark the progress of our civilization. After all, technology is no longer defined only by useful tools of creation, but by weapons of destruction too.

Unfortunately, even in the Western world people have a strange ambivalence towards science and modern technology. It is certainly understandable -generations still alive vividly remember the horrors of World War II. Specifically, they remember the atomic bomb. There is nothing to argue, is there? It was a horrific and inexcusable invention of mass destruction. One of the fathers of the Manhattan Project, J. Robert Oppenheimer, said as much, quoting the Bhagavad Gita, an ancient Hindu scripture: "Now, I am become Death, the destroyer of worlds."

But lest we forget that the power of the atom has also brought us immesusurable advances in energy harnessing, medicine and knoweldge itself. Much would be lost without these advances, such as the CERN Large Hadron Collider that is currently unearthing the mysteries of the early universe and challenging the Standard Model of particle physics by putting the existence of the Higgs boson elementary particle to the test. Nuclear power -just as any other piece of technology- can also be a tool for creation. As the late astrophysicist Carl Sagan declared:
"That same rocket and nuclear and computer technology that sends our ships past the farthest known planet can also be used to destroy our global civilization. Exactly the same technology can be used for good and for evil."
Science -and its actualization in modern technology- is neutral. The good and the bad of technology is not to be found in itself but in whatever we end up doing with that knowledge. Humanity has the key to both moral goodness and pure wickedness and greed -technology is nothing more and nothing less than a conduit, a tool we can use for creation or destruction.

The future of our species and maybe even the fate of this pale blue dot suspended in space depend solely on us. Only tools of creation can bring us to that future. To any future.
(El artículo traducido al castellano aquí: El dilema de la tecnología)

El engaño posmodernista

El posmodernismo es un movimiento filosófico nacido tras la Segunda Guerra Mundial, provocado por un desencanto con la posición objetivista sobre la realidad que fomentó la Ilustración. Para ser sinceros, el conocimiento humano nunca se 'ilustró' durante la época conocida como "La Ilustración". La humanidad tuvo que esperar hasta el siglo XIX para que esos ideales se apoderaran de la sociedad y los gobiernos. Era de veras la era del racionalismo y la ciencia. Esta era también nos enseñó una triste realidad: a pesar de toda esta sofisticación, podíamos seguir actuando como bárbaros en nuestra propia tierra. Tras dos guerras mundiales, la gente buscaba una nueva forma de pensar.

Incluso entonces debía ser obvio: las cosas estaban cambiando. Surgieron miles de nuevas religiones tras la Guerra, muchas inspiradas por las antiguas religiones orientales. La cultura jipi estadounidense apareció aparentemente de la nada tras la falsedad de los idílicos años 50. Había una nueva forma de pensar y con ello vino la eternamente importante Duda, la esencia del escepticismo. De repente, la certeza de la mente mecanicista parecía contenida y de mente cerrada. Esta era una nueva era para buscar nuevas formas de hacerlo... ¡todo! Cada faceta de la vida debía reexaminarse; cada tradición mirada con sospecha.

Estas arenas movedizas sociales son vitales para cambiar el paradigma. A esta época de pensamiento anárquico le atañe intercambiar ideas sin discriminación para luego descartar lo malo y conservar lo bueno. Por desgracia, no fue así. Encontramos consuelo en la nesciencia, en la pura ignorancia. La sociedad malgastó esta oportunidad de usar la Duda como una herramienta en busca del conocimiento y se acurrucó entre los brazos de "la nada" disfrazada del siempre insignificante "Todo". La Duda ya no era una herramienta sino un fin, casi un extraño fetiche. El misterio se convirtió en virtud.

Según dicen, es una posición humilde: la certeza, como quiera que se alcance, es arrogante, intolerante y fascista. Sin duda, esta es la Era del Relativismo Moral y Social. Es fácil comprobarlo, si hacéis el favor: reunid a un público atento de personas aleatorias y, en cualquier contexto que deseéis (o en ninguno), pronunciad la famosa expresión «Todos tienen razón». Si no os saltan al cuello por el crimen intelectual de contradecirte en solo dos palabras (el verbo no cuenta), sabréis que estáis en compañía de aletargados relativistas.

La acusación de letargo puede sonar dura (¿o incluso intolerante?). Pueden ser personas por lo demás muy simpáticas e inteligentes, pero en lo que respecta al relativismo, ¿acaso no es ese su propósito? Por definición, cualquier conclusión, afirmación o dogma debe excluir otras conclusiones reales o potenciales. Así que, ¿por qué no designar todo como igualmente acertado y hala, no le demos más vueltas? Por supuesto, esta forma de pensar ignora que en si misma constituye un dogma. Pero ese es el resultado de intentar razonar y mostrar evidencias en contra del racionalismo y empirismo: utilizas exactamente lo mismo que descartas para descartarlo o, en otras palabras, estás cortando la rama sobre la que estás sentado. El engaño posmodernista es que todo es cierto excepto aquello que no esté de acuerdo con esa aseveración sin fundamento: la idea de que la realidad y el conocimiento son subjetivos se toma como principio, de tal manera que es imposible argumentar nada. Lo hacen aun y todo, por supuesto: pero tienen a mano un mantra seudo-filosófico que defecar como diarrea verbal en cuanto se les cuestione.

De nuevo, la posición relativista no es más que un insulto al escepticismo: toma la Duda y la usa como un escudo contra el conocimiento en lugar de como una herramienta en su busca. Sin duda es más fácil afirmar que la ciencia es dogmática y tan fundamentalista como la religión antigua que mirar cómo la ciencia ha descubierto lo que sabe. El posmodernista no comprende la importancia en todo de la metodología. Como ilustré en "La virtud de la fe":
«No hay más que reiterar la diferencia entre creencia y fe; no importa la gran o nula seguridad que tengas sobre cierta cuestión, sino el medio utilizado para llegar a tus conclusiones. Por definición y evidencia histórica, la ciencia revisa sus teorías según dicten las nuevas observaciones; y así la fe supone un gran contraste, que en la misma situación se presenta como la negación de dichas observaciones para poder preservar una creencia».
En cierto modo, es patéticicamente cómico cómo esta gente acusa a la ciencia de arrogancia y se enorgullecen de su humildad. Solo muestran su soberbia ciega cuando publicitan su humildad, pero van un paso más allá y se meten con la empresa humana que no solo ha salvado vidas innumerables sino que además se basa en un solo principio básico: «No lo sé». Este es el punto de partida de todo científico, un grupo de personas que, a pesar del estereotipo de sabelotodo, bien puede ser único en su orgullo al chillar con emoción infantil: «¡Todavía no lo sabemos!». Porque eso significa que hay más por descubrir, lo cual es el trabajo de un cientí-fico.

Pero peor quizá que esta total ceguera de la metodología es la caída en el oscurantismo. Como ya se ha mencionado, la Duda se convierte en objeto de culto, atribuyendo una virtud a algo que es por definición vacío e insignificante. Los creyentes en el posmodernismo o, como los llamaría el filósofo Daniel Dennett, los "Turbios" están rodeados: por un lado están los supernaturalistas y por el otro lado los ilustrados. Los Turbios consideran que ambos son absolutistas dogmáticos porque hacen aseveraciones y no les importa si han llegado a sus conclusiones a través de la fe ciega o de las evidencias. Los oscurantistas temen definir sus términos porque sus ideas deben estar pobremente definidas para evitar exponerse a un análisis crítico. Lo que es peor, los posmodernistas profesionales no se avergüenzan de ello: al glorificar lo abstruso, insisten en el orgullo que tienen de su ignorancia.

Sin embargo, todo eso sería perdonable si su humildad fuera más que falsa modestia, la exasperante cortesía del habla políticamente correcta: o sea, mentir sin vergüenza para evitar conflictos intelectuales; Dios sabe que puede llevarles a pensar en algo socialmente relevante. De hecho, aquellos que mantienen que «Todos tienen razón» son muy conscientes de que todo el mundo mantiene opiniones contradictorias sobre varios temas. Pensarán que tal o cual persona se equivoca al soltar sus obvias pamplinas e incluso puede que repliquen «Bueno, esa es tu opinión», que además de frenar la conversación es una falacia lógica, pero no tendrán una discusión formal, no sea que usen sus capacidades argumentativas por una vez.

Este comportamiento deriva del terror paralizante de ser marcado de «Intolerante», lo cual es una acusación casi tan grave como «Bebicida hitleriano». Esto frenará al individuo más astuto, así que parece ser un buen argumento: «¿Cómo te atreves, mero mortal, a interferir con el derecho civil de la libertad de pensamiento y expresión?». No interfiero. Defiendo el derecho de cada individuo a pensar y decir lo que le plazca siempre y cuando no hiera a otros. No me agradan las leyes de censura y quizá, solo quizá, pongo los límites en discursos de odio. Pero no cometo el fallo con el que el relativista cava su propia tumba: si bien cada individuo tiene el derecho a creer lo que le antoje, eso no significa que esas creencias deban ser inherentemente respetadas o incluso consideras automáticamente ciertas. La persona debe ser respetada y tratada con humanidad, pero sus ideas pueden criticarse y sí, incluso ridiculizarse, porque se está tratando el argumento y no la persona. Por mucho que ridiculice el posmodernismo, lo hago con argumentos y no atacando a sus partidarios personalmente.

¿Pero por qué tanta bulla? ¿No es sobre todo hipocresía inofensiva? No, no lo es. El engaño posmodernista yace en el rencor popular hacia la Ilustración, la noción de que una élite intelectual no es diferente de una política o financiera: la pericia y la certeza se consideran cualidades tiránicas de por sí, al margen del método utilizado para adquirir la experticia y por mucho que el pueblo pueda verificarlo con facilidad. Este fraude intelectual también es responsable del relativismo cultural que permite a muchos aceptar horrores como la mutilación genital femenina si hay una razón religiosa para la práctica. Pero, como filosofar es mi hobby, quizá no sea un accidente que para mi la mayor afronta del posmodernismo sea su embotamiento del intelecto, el secuestro de la Duda como una excusa para no pensar, la exaltación del misterio y el oscurantismo como virtudes cuando no son más que formas cobardes de restringir el conocimiento y de ejercer pereza intelectual.
(The original article written in English here: The Postmodernist Deceit)

The Postmodernist Deceit

Postmodernism is a philosophical movement born after World War II, brought about by a disillusionment with the objectivist stance on reality boosted by the Enlightenment. To be honest, human knowledge was never truly 'enlightened' during the time we know of as "The Enlightenment" -humanity had to wait until the 19th Century for those ideals to actually take hold of society and governments. This truly was the age of Rationalism and Science. This age also taught us a sad reality: despite all this sophistication, we could still act as Barbarians on our own land. After two World Wars, people sought a new way of thinking.

Even back then it must have been obvious -things were changing. Thousands of new religions sprung up after the War, many of them inspired by Eastern religions of old. The American Hippie culture popped seemingly out of nowhere just after the phoniness of the Idyllic Fifties. There was a whole new way of thinking and with it came Doubt. The ever-important Doubt, the essence of skepticism. All of the sudden, the certainty of the mechanistic mind seemed restrained and close-minded. This was a new age to open minds and seek new ways to do... everything! Every facet of life was to be reexamined; every tradition looked upon with suspicion.

This kind of societal quicksand is vital to all paradigm shifts. This epoch of anarchistic thought is supposed to brainstorm ideas without discrimination and then dump what's bad, save what isn't. Alas, we did not do that. We found comfort in nescience, in pure, unadulterated ignorance. Society wasted this chance of using Doubt as a tool towards knowledge and rather nestled between the arms of Nothingness disguised as the ever meaningless Everything. Doubt was no longer a tool but an end in itself, almost an eerie fetish. Mystery was made a virtue.

It is a humble position, they say: certainty, however reached at, is arrogant, intolerant and Fascistic. Truly, this is the Age of Moral and Social Relativism. If you want to test this claim, please just do the following: gather an attentive audience of random people and -in any context you wish, if any- utter the famous phrase "Everyone is right." If they do not jump at your throat for the intellectual crime of contradicting yourself in a mere two words (the linking verb does not count) you know you are in the good company of dull Relativists.

It may sound a bit harsh -intolerant, even- to accuse them of dullness. They may be perfectly nice and intelligent people otherwise, but concerning Relativism, that is essentially the point, is it not? Any conclusion, any claim, any dogma, must exclude other actual or even potential conclusions by definition. So why not just label everything as equally right and move on without thinking much about it? Of course, this way of thinking ignores that it in itself constitutes a dogma. But that is what you get when you try to reason and show evidence against Rationalism and Empiricism: you are using the very thing you are dismissing in order to dismiss it or, in other words, you are cutting off the tree branch on which you sit. The Postmodernist deceit is that everything is true except anything that does not agree with that unsupported claim -the idea that reality and knowledge are subjective is taken as a principle so it is then impossible to argue for or against anything. They still do it, of course -but they have a handy pseudo-philosophical mantra to defecate as verbal diarrhea whenever they are challenged.

Again, the position of the Relativist is but an insult to skepticism: it takes Doubt and uses it as a shield from knowledge instead of as a tool for knowledge. Indeed, it is easier to just claim that Science is dogmatic and just as fundamentalist as old-time religion than to actually look into how science has discovered what it knows. The Postmodernist fails to understand the importance of methodology in anything and everything. As I outlined in "The Virtue of Faith":
"There is but to reiterate the difference between belief and faith; it doesn't matter how sure or unsure you are about a certain question, but the methodology used to reach at your conclusions. By definition and historical evidence, science adjusts its theories based on new observations; and here faith shows its contrast, when in the same situation shows itself as the denial of said observations so that belief can be preserved."
In a way, it is pathetically funny how these people accuse Science of arrogance and pride themselves in humility. These people are only showing their blind haughtiness when they advertise their own humility, but they go a step further and pick on the human enterprise that not only has saved lives beyond counting but is also based on a single foundation: "I do not know". That is the starting line of every scientist, a group of people that, despite the know-it-all stereotype, may be the one group proud to shriek with childlike excitement: "We still don't know!". Because that means there is more to discover, which is the job of a scient-ist.

But perhaps worse than this utter blindness towards methodology is the fall on obscurantism itself. As mentioned above, Doubt becomes the idol, adscribing a virtue to something which is by definition hollow and meaningless. The believers in Postmodernism or, as philosopher Daniel Dennett puts them, the "Murkies" (obscurantists) are sandwiched between the supernaturalists and the enlightened. The Murkies see both of them as dogmatic absolutists just because they are making declarative sentences, not caring at all whether they arrived at their conclusions by blind faith or reason and evidence. Obscurantists fear clearly defined terms because their ideas must be ill-defined in order to avoid being exposed to critical analysis. Worst yet, the professional Postmodernist will not shy away from this: by glorifying the obscure, they make a point of their pride in their ignorance.

Nonetheless, all of this could be forgivable if their humility was something more than false modesty, the nerve-wracking politeness of political correctness -that is to say, lying through their teeth so as to avoid intellectual conflict, which God knows might make them think about something socially relevant. Actually, people who maintain that "everyone is right" are acutely aware that everyone around them maintains dissenting opinions on a myriad of topics. They will think that a certain whoever is wrong when they spout their obvious nonsense and may even reply with the conversation stopper (and plain logical fallacy) "Well, that is your opinion", but they will not have a formal argument, lest they use their discussion capabilities for once.

This behaviour comes from the brain-paralyzing fear of being socially branded as "Intolerant," which as accusations go is just a bit behind "Baby-killing Hitler-lover." This will halt even the most astute individual, so it is seems to be a good argument: "How dare you, mere mortal, interfere with the citizens right to Freedom of Thought and Expression?" Well, I am not. I defend the right of every individual to think and say whatever they please as long as it does not hurt others. I am not keen on censorship laws and maybe, just maybe, draw the line at hate speech. But I do not commit the final failure, the nail in the coffin of the Relativist: I do not think that the fact every individual has the right to think whatever they fancy means that these thoughts are to be inherently respected or even considered automatically right. The person must be respected and treated humanely -but their ideas can be criticized, dissected and yes, even ridiculed, because the argument is being addressed, not the person. However much I ridicule Postmodernism, I am doing it through arguments and not by attacking its supporters personally.

But why all the fuss anyway? Isn't it all mostly harmless hypocrisy? No, it is not. The Postmodernist Deceit lies in the popular spite of Enlightenment, the notion that an intellectual elite is not at all different from a political or financial elite: proficiency and certainty is viewed as inherently dictatorial, whatever the method is that acquired the expertise and however easily the people can verify it. This fraud of the intellect is also responsible for the cultural relativism that lets some people actually accept horrors such as female genital mutilation if there is a religious reason for it. But, as a hobbyist of philosophizing, it is perhaps no accident that for me the worst affront of Postmodernism is its dullness of the intellect -the hijacking of Doubt as an excuse for not thinking, the exaltation of mystery and obscurantism as virtues when they are nothing more than cowardly ways of restricting knowledge and exercising intellectual laziness.
(El artículo traducido al castellano aquí: El engaño posmodernista)

El libro electrónico y la revolución literaria

Johannes Gutenberg ideó la imprenta en 1436. Para el comienzo del siglo XVI este aparato era ubicuo en toda Europa y había sido una figura central en la democratización de la literatura y, por tanto, del conocimiento. Mientras tanto, el ordenador tiene poco más de medio siglo, la mayoría de seres humanos vivos nacieron antes de la invención de Internet y, si bien los conceptos como la hipertextualidad existían ya de una forma u otra, los libros electrónicos son tan nuevos que sería ridículo narrar su historia. A pesar de ello, hay quien se ve capaz de profetizar que este nuevo soporte se descartará como una variación inferior de la imprenta.

A día de hoy existen generaciones de personas que recuerdan la invención del televisor. También a día de hoy prácticamente toda la información gubernamental, financiera e industrial se controla con la informática. Es obvio que vivimos una era de cambio que bien puede acabar considerándose la próxima revolución industrial o incluso una nueva época: la Era de la Información. En cualquier caso, el hecho irrefutable es que la sociedad está transformándose: Internet es uno de los mayores terrenos para entrepaneurs y una nueva fuente masiva de información que supera a la imprenta en todos los sentidos. En cincuenta años hemos pasado de tener un puñado de canales de televisión a ser parte de un medio de comunicación creado por todos, una democracia de la información que en cierto sentido (un sentido puramente digital) cumple los sueños anarquistas de pensadores como Noam Chomsky.

Empezamos a depender de esta tecnología y esto inquieta a muchos, al igual que inquietó a muchos la dependencia de la electricidad. Sin duda, ambos deben de ser los descendientes de aquellos que afirmaban con seguridad que las locomotoras de vapor, con su increíble velocidad de cuarenta kilómetros por hora, dejarían inconscientes a las mujeres que se acercaran demasiado. Hay quien teme el progreso porque es nuevo, no porque sea peligroso.

Así qué, ¿hay alguna razón por la que no deberíamos empezar a usar solo e-Books mañana mismo? Aunque los actos revolucionarios rara vez suelen funcionar, ha de señalarse que esto no forzaría un cambio drástico en la concepción de la literatura: algunas ediciones digitales pueden mantener la estructura estática y lineal tradicional mientras otros autores sacan provecho a este nuevo soporte dinámico. Pero el verdadero cambio poco tiene que ver con la literatura: la razón principal es que los e-Books son mucho más prácticos. Apenas ocupan espacio de almacenaje, pueden editarse y publicarse fácilmente, no son otro impulsor en la deforestación mundial y, si lo desea, el lector puede llevar miles de libros en un aparato del tamaño de un folleto y el peso de una novela de tapa dura. Es un sueño hecho realidad.

Curiosamente, que este soporte sea tan práctico no solo es el argumento de sus partidarios sino el de sus oponentes. Ellos argumentan que la excesiva democratización de la información y de la literatura resulta en más contenido de menor calidad. En otras palabras, la cuestión parece reducirse a si valoramos más la calidad o la cantidad. Ante este ultimátum, ¿qué responderemos los que no nos enorgullecemos de nuestra -patente- ignorancia? Quizá recordemos cómo Ortega y Gasset diagnosticaba este sentimiento como el mal estadounidense del anti-intelectualismo: «El alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera. Como se dice en Norteamérica: ser diferente es indecente. La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto». Así que sin duda nos sentiremos impulsados a responder con rapidez: «¡Debe prevalecer la calidad, por supuesto!» ¿Pero acaso podemos reducir la cuestión de esa manera? ¿No es esa restricción de opciones una falsa dicotomía sin vergüenza alguna?

Las obras de calidad siguen existiendo, simplemente puede que sean más difíciles de encontrar. E incluso esa afirmación es dudosa, o al menos incompleta: es cierto que ahora mismo no existe un centro digital de gran literatura (aunque Google parece querer resolverlo) o una editorial digital que de hecho tenga un criterio a la hora de publicar obras pero, como ya ha ocurrido con la música, el cine y los videojuegos independientes, algún día llegarán.

A este paso las racionalizaciones para posponer la revolución de la literatura digital se convierten en poco más que muestras de nostalgia. Tras toda esta argumentación sobre lo práctico, ecológico y democrático que es el advenimiento del libro electrónico, “cualquier tiempo pasado fue mejor” es lo único que puedo escuchar cuando alguien habla de lo mucho que aprecian el olor y la textura de los libros impresos. De todas formas, teniendo en cuenta que vivimos en un planeta en el que alguien inventó la lencería comestible, estoy seguro de que podemos saciar otro capricho más y crear un lector de libros electrónicos que emule la textura y quizá el olor de un libro "como Dios manda".

Al contrario de lo que afirma la creencia popular, es la razón y no la emoción lo que nos distingue del resto de animales y nos hace humanos. Y la razón nos dice que la normalización de los libros electrónicos está en el futuro próximo y que con el tiempo llegarán a cambiar la estructura de la literatura e incluso nuestra percepción de qué es la literatura.

(Read the English translation: "The e-Book and the Literary Revolution")

The e-Book and the Literary Revolution

Johannes Gutenberg devised the printing press in 1436. By the beginning of the 16th century this device was ubiquitous in Europe and had been a central figure in the democratization of literature -and hence, knowledge. Meanwhile, the computer is less than half a century old, most human beings were born before the invention of the Internet and, even though concepts such as hypertextuality already existed one way or another, electronic books are so new that recounting their history would be ridiculous. Nevertheless, there are those who feel confident enough to prophesy that this new support will be discarted as a lesser variation of printing.

There are generations of people alive today who remember a time before television. Also today, pretty much all information -be it from governments, finance or industry- is managed by computer science. Obviously, we live in an era of change which could end up being considered the Next Industrial Revolution or even a new age alltogether: The Information Age. Be it as it may, the undeniable fact is that society is transforming: the Internet is the biggest breathing ground for entrepaneurs and a massive new information source which outmatches printing in every way. In fifty years we have gone from having a few TV channels to being part of a mass comunication created by all of us, a democracy of information that in a sense -in a purely digital sense- fulfills the anarchist dreams of thinkers such as Noam Chomsky.

Many are worried by the fact that we are begining to depend upon this technology, just as many worried about our dependency on electricity. You bet both of them are the offspring of those who claimed with certainty that steam locomotives, at their incredible speed of twenty-five miles per hour, would render women unconscious if they got too close. There are those who fear progress because it is new, not because it is dangerous.

So, is there any reason we should keep delaying the exclusive use of electronic books for a single day? Although revolutionary acts rarely work, it must be pointed out this would not force a drastic change in our conception of literature: some digital publications can hold to the traditional static and linear structure while other authors take advantage of this new dynamic support. But the real reason for this change has nothing to do with literature itself -the main reason is that electronic books -or e-Books- are much more practical. They barely occupy storage space, they can be easily edited and published, they do not boost global deforestation and, if they do so desire, readers can pack thousands of books in a device the size of a leaflet and the weight of a hardcover. It truly is a dream came true.

Oddly enough, the fact that this new support is so practical is not only the main argument of its advocates but also of its detractors. They argue that the excessive democratization of information and literature results in more content of lesser quality. In other words, the issue seems to boil down to this: what do we value most, quality or quantity? Before this ultimatum, what shall we answer those of us who are not proud of our -manifest- ignorance? Maybe we will remember how the Spanish philosopher Ortega y Gasset diagnosed this sentiment as the American ill of anti-intellectualism: «The vulgar mind, knowing itself to be vulgar, has the assurance to proclaim the rights of vulgarity and to impose them wherever it will. As they say in the United States: "to be different is to be indecent." The mass crushes beneath it everything that is different, everything that is excellent, individual, qualified and select.» So then we will surely feel the urge to hastily reply: «Why certainly, quality must prevail!» But can the issue actually be reduced in such a way? Isn't a shameful false dichotomy to reduce our options?

Quality works still exist -simply, it may be more difficult to find them. And even that claim is dubious, or at least incomplete: while it is true that right now there is not a digital centre of great literature (although Google might want to say something about that) or a digital publishing house with strict criteria on which works to publish, these will eventually arrive -as it happened with music, cinema and independent videogames.

Now the rationalizations to postpone the revolution of digital literature become little more than shows of nostalgia. After all this argumentation about how practical, ecological and democratic the advent of the electronic book is, I am unable to hear nothing else but "past times were always better" when someone tells me how much they appreciate the smell and texture of printed books. In any case, considering we live in a planet where someone actually invented edible underwear, I am pretty sure that we can satisfy another whim and make an e-Reader that emulates the smell and texture of a 'proper' book.

Contrary to popular belief, it is reason and not emotion what distinguishes us from the rest of the animal kingdom and hence makes us human. And reason tells us that the normalization of electronic books is in the near future and that with time they will get to change the structure of literature and even our perception of what literature is.

(Leer la versión original: «El libro electrónico y la revolución literaria»)

Sanidad concluye que la homeopatía es placebo

Un estudio encargado por el Congreso español no ha hallado pruebas en favor de la mayoría de terapias de la medicina alternativa. La conclusión no es una sorpresa, ya que estas terapias se consideran complementarias precisamente porque no tienen estudios serios que las apoyen. Recordemos que no comparten procedencia o metodología: solamente las une la ausencia de pruebas y una predilección por vagas filosofías New Age.

Aunque la decisión no sea una sorpresa, sí que es relevante: al menos sobre el papel significa que no se podría legitimizar el empleo de estas terapias en centros médicos públicos.
«La acupuntura puede resultar efectiva para controlar las náuseas y vómitos postoperatorios y los provocados por la quimioterapia, pero no hay indicios que apoyen su uso para dejar de fumar o adelgazar. Los estudios sobre homeopatía apuntan más a un efecto placebo que una eficacia real, mientras que en las terapias físicas y manuales (como la quiropraxia o la osteopatía) se han observado efectos positivos sobre algunas dolencias, aunque los expertos recomiendan nuevas investigaciones». -El País
Este informe de casi un centenar de páginas surge en respuesta a una decisión que tomó el Congreso en 2007: el Ministerio de Sanidad debía estudiar estas terapias para considerar su regulación y empleo en el sector público. El resultado está claro: los ensayos han analizado 139 terapias y no han encontrado efictividad en casi ningún caso.

La acupuntura palia el dolor, si bien lo hace de una forma difícil de distinguir de un placebo, pero resulta ineficaz cuando pretende tratar patologías más específicas. Además, conlleva ciertos riesgos menores, al contrario que la mayoría de terapias alternativas. Entre las prácticas alternativas inocuas está la homeopatía, sobre la cual, según el estudio, "no se puede emitir ninguna recomendación basada en la evidencia que pueda influir en las decisiones clínicas sobre su uso". El informe añade que muchos estudios erran al no tener en cuenta la posibilidad del placebo: "resulta difícil interpretar que los resultados favorables encontrados en algunos ensayos sean diferenciables del efecto placebo".

Por otro lado, el texto pone en manifiesto "el alto grado de satisfacción manifestado por los usuarios de las mismas, independientemente de los resultados encontrados en estudios objetivos, así como el bajo nivel de riesgo que suele representar su forma de uso habitual en la mayoría de las terapias". Aunque existen excepciones directas a la seguridad, estas son ciertamente menores. En realidad, el mayor riesgo es el "retraso en el acceso al tratamiento convencional eficaz apropiado a la situación clínica", o sea, usar estos tratamientos como alternativas y no solo como complementos de la medicina basada en ciencia.
«La escasa evidencia científica disponible sobre efectividad y uso adecuado contribuye a la incertidumbre en su utilización. Estos factores refuerzan una aproximación cautelosa al uso de las terapias naturales».
Aunque la conclusión suponga un duro golpe para los practicantes de estas terapias y para las empresas que les provean, no se trata de un aplastante ataque indiscriminado contra la 'medicina natural': como suele hacerse en los ensayos clínicos, la cuestión se plantea como una tentativa 'ausencia de efectividad hasta el momento' en lugar de una inefectividad tajante. Así se deja cabida a nuevos estudios, aunque en realidad dé prácticamente igual: a pesar de lo afables y formales que sean las palabras, significa que consideran que la mayoría de la medicina alternativa es ineficaz y ofrece un cimiento para el gobierno ante estas cuestiones. Aunque, como indica Luis Alfonso Gámez, es probable que el gobierno no haga nada:
«Yo añado [...] que las autoridades sanitarias obliguen a etiquetar los productos homeopáticos con una leyenda que advierta de que carecen de principio activo y que sólo curan cuando el paciente se lo cree, y prohiban de una vez su venta en farmacias. Si no lo hacen, serán cómplices conscientes de este fraude al ponerse del lado de quienes engañan a los ciudadanos y les venden inútiles remedios milagrosos».
Sea cual sea la verdad, es más fácil no hacer nada. Y qué sino podemos esperar del gobierno.

Escépticos - ¿Cambio climático?

Tras tres meses Escépticos termina la temporada y en su última aparición se centra en la falsa ciencia más dañina para el ser humano y el planeta: el negacionismo del cambio climático.


En realidad el calentamiento global y el efecto invernadero son fenómenos naturales. Esto es algo de lo que no todos han oído hablar. Por supuesto, este hecho superficial puede utilizarse como arma y muchos lo hacen. Y es que casi ningún negacionista niega el cambio climático sino aquel potenciado por el ser humano. También por supuesto, están equivocados.

En los últimos cien años la temperatura media del planeta se ha elevado 0,8 ºC, la mayoría en los últimos treinta años. Este hecho es simple e irrefutable. La cuestión es si este cambio climático puede explicarse con altibajos naturales o si es precisa otra explicación. Este episodio de Escépticos lo explica muy bien y el consenso es que la deforestación y la quema de combustible fósil son las mayores responsables de elevar los gases de efecto invernadero.

Si seguimos por este camino las predicciones son inquietantes: durante el siglo XXI la temperatura subiría 1,1º en el mejor de los casos y en el peor se elevaría 6,4 Cº. Esto conllevará una elevación del nivel del mar que en las próximas décadas empezará a hacer desaparecer zonas costeras, más fenómenos meteorológicos extremos y destructivos, una extinción masiva de especies, daños inmensos a la agricultura y otras consecuencias.

Este último episodio de Escépticos explica con éxito por qué no se trata solo de una correlación entre las emisiones de dióxido de carbono en la atmósfera y el aumento de la temperatura. Existe una causalidad y no es sólo teórica sino experimental, con un increíble registro de los gases en el aire terráqueo a través de los tiempos. Con esto podemos tachar que estas últimas elevaciones solo sean debidas al cambio climático natural de la Tierra y confirmar que nuestras emisiones de dióxido de carbono son las responsables.

Como es debido, el episodio y la temporada terminan con una cita de Carl Sagan. La tierra, una mota de polvo azul suspendida en el espacio, más frágil de lo que creíamos.

Escépticos - ¿Hijos de Dios?

Este episodio de Escépticos se mete con la mayor vendedora de fraudes y placebos de la historia: la religión, desde la institución de la iglesia a las mismas ideas teológicas.


El episodio empieza con un «Yo creo que hay algo» y esta es precisamente la forma vagamente deísta, si es que puede definirse siquiera así, en la que creen la mayoría de las nuevas generaciones. En cierto sentido abraza el propósito de la New Age: ser increíblemente inespecífico hasta el punto de no decir nada aunque parezca que se esté diciendo mucho y, por supuesto, nunca -jamás- definir los términos. ¿Y acaso esto no resume a la fe?

Luego están los religiosos a la antigua: quieren a sus dioses muy concretos, juiciosos y discriminatorios respecto a minucias de la vida diaria. Sin duda son más peligrosos, pero también es más fácil de discutir con esta clase de religiosos: definen sus términos y saben lo que creen y, si se trata de una persona por lo demás racional, no es imposible que se le pueda convencer de que está equivocado a través de la lógica pura. ¿Pero qué puede hacerse con aquellos que "creen en algo", tan aterrorizados de tener que pensárselo dos minutos y descubrir que no tienen razones para creer en lo que creen? Es toda una paradoja que esta clase de religiosos, normalmente gente mucho más progresiva, afable y tolerante sea capaz de sacar a cualquiera de sus casillas más que ningún religioso clásico.

Además, los más extremistas tienen razón en algo: la separación entre la ciencia y la religión es falsa. Lo que ocurre es que ante esa realidad ellos ignoran los hechos conscientemente y creen literalmente en sus escrituras, y los racionalistas confían en las pruebas. Pero los religiosos más modernos insisten en una separación absoluta entre los magisterios de la ciencia y la religión... excepto que prácticamente todas las afirmaciones religiosas son existenciales y, tanto en la práctica como al menos en teoría, comprobables.

De una forma u otra ambas clases de religiosos ignoran sistemáticamente distintos grupos de hechos que se apilan incómodamente bajo sus narices con el avance de la modernidad.

Escépticos - ¿Superstición?

Escépticos vuelve a sus principios, esta vez tratando las supersticiones no organizadas.


La superstición es la dogmatización del error humano de confundir correlación o ausencia de relación por causa. La superstición no es más que caer en la falacia de «Post hoc ergo propter hoc»: ocurre algo y lo relacionamos causalmente con un evento inmediatamente anterior. Cuando esa relación se pasa entre generaciones y se dogmatiza nace una superstición.

El programa imparte una lección excelente del azar y de la probabilidad: prácticamente todos caemos en el error de subestimar las probabilidades de que algo ocurra. Esta ciencia tiene un complicado mundo no muy accesible a los que seamos ineptos en las matemáticas, pero por la red encontraremos vídeos de curiosidades probabilísticas muy divertidos e informativos.

Escépticos - ¿Salud de consumo?

Este episodio de Escépticos aborda el producto más rentable: la salud. Y, al contrario de lo que muchos esperarían, no es una cruzada en defensa de las farmacéuticas.


El programa presenta las realidades de los adelantos médicos que han mejorado la vida de una forma que ninguna mente racional pueda negar y las contrasta con el gran efecto secundario de una industria farmacéutica demasiado grande como para poder ser controlada.

En cierto sentido no podría estar más de acuerdo con lo expuesto. Pero también siento más rechazo con las conclusiones de este episodio que con ningún otro. Y es que si bien el programa presenta la situación, no puedo sino pensar que no han hincado el diente en los intereses económicos que afectan a todas las industrias hasta el punto de una ceguera ética.

Pero hay que admitirlo: hablan como un hecho del interés económico desregulado, critican activamente la medicalización de la vida y confirman la histeria popular y el papel de los medios y organizaciones mundiales en ello. Por desgracia, en última instancia estas ideas no forman parte de las conclusiones, unas conclusiones que son ciertas pero incompletas.

Escépticos - ¿Milagro?

Esta semana Escépticos habla de los 'productos milagro' tan típicos en la industria cosmética, basados sobre todo en falsa ciencia, charlatanería y puro marketing engañoso.


Esta clase de estafas no son nada nuevo pero, como se dice en el episodio, últimamente se han abrigado bajo el respeto y misterio que evoca la ciencia usando su terminología. La baba de caracol y las pulseras magnéticas son los mejores ejemplos de la utilización de términos que suenan científicos, comprobados, fiables... pero en realidad no significan nada.

Antes era la magia. Luego la alquimia. Durante el siglo XX fue el poder del átomo. Ahora le toca a la nueva ciencia, y nos encontramos con disparates como la transformación de los genes a base de cremas y hologramas magnéticos que nos ayudan en básicamente todo lo imaginable... ¡Más aún: nos ayudan en todo lo que queramos! Ese es el poder del placebo.

Sin duda esto se debe a un fallo garrafal en la educación y también a la ausencia de regulación en este país sobre lo que puede decirse al anunciar un producto. Aunque esto se trata a fondo en el episodio, he de decir que nada supera al gag recurrente en el que los muchos especialistas calvos del episodio y el mismo presentador, Luis Alfonso Gámez, muestran su brillante cráneo como evidencia de la ineficacia de los crece-pelos.

Hipótesis, Modelo, Teoría y Ley

Entre los más extremistas (e ignorantes en extremo) de los anti-ciencia encontraréis declaraciones como esta: «Pero la evolución es solo una teoría». Sí, pero borrad el "solo". En la ciencia los términos hipótesis, modelo, teoría y ley son grados en una escala pero sin duda no comparten su significado y jerarquía coloquiales. Si creéis que una teoría llega a convertirse en ley o en hecho puede que tengáis que leer este texto. De vuelta a lo básico.

Una hipótesis es en esencia lo que la gente cree: una suposición razonada, la sugerencia de un modelo que necesita ponerse a prueba. ¿Y qué es un modelo? Es una representación útil pero falsa de una hipótesis que funciona parcialmente. El mejor ejemplo es el modelo atómico de Bohr, que figura a los electrones en órbita alrededor del núcleo como si fuera un sistema solar: el modelo es de mucha ayuda pero no pretende ser una representación real del átomo.

Luego está esa palabra. Esa maldita palabra tan maltratada a manos de los creacionistas que deberían acusarles de violar al concepto. Por supuesto, se trata del término teoría. Aunque suela ser sinónimo de hipótesis ese no es su uso científico. En términos sencillos, una teoría es una hipótesis probada, un modelo demostrado que explica ciertos hechos. La Teoría de la Evolución no se descubrió dando palos de ciego. La Teoría del Big Bang no es una idea vaga.

¿Entonces qué es una ley? ¿Por qué estudiar teorías cuando hay leyes naturales que funcionan como si las hubiera escrito en piedra un padre espacial obsesionado con el control? Aunque decepcione a aquellos que siguen los mandamientos de tribus desérticas de hará dos o tres mil años, la verdad es que una ley solo es la descripción fundamental y matemática de un hecho o grupo de hechos que se repite sin excepciones conocidas. Ni más ni menos.

Por ejemplo, la Ley de la Gravitación básicamente dice que «las cosas caen». Para ser justos, es más complicado: «todo objeto con masa en el universo atrae a todos los otros objetos con masa con una fuerza directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa». Es una ley (y una de las cuatro fuerzas fundamentales del universo) porque no se ha observado ninguna excepción a la regla.

Una ley es una declaración de hechos. ¿Pero cómo ocurrieron? Para responder necesitamos una teoría, que en el caso de la Ley de la Gravitación es la Teoría de la Gravedad. Esta trasciende la simple descripción matemática y nos informa de cómo ocurre de hecho y de cuáles son sus causas. Las leyes no superan a las teorías: unas se ocupan de declarar hechos y las otras los explican. Ambas son necesarias para comprender cualquier fenómeno.

Pero si eso es cierto, ¿cómo es que no hay una ley equivalente para la Teoría de la Evolución? Sencillamente, la evolución no puede describirse como una ley porque el concepto no es aplicable: no existe ni existirá jamás una fórmula matemática de la evolución. La biología rara vez puede expresarse con precisión matemática porque la vida es demasiado compleja. Por supuesto, técnicamente es posible idear una Ley de la Evolución pero solo la omnisciencia nos la podría obsequiar. A menos que la reduzcamos a «La vida evoluciona», claro.

Puede que tras distinguir estos términos se vuelva más obvio por qué supone una afronta a la inteligencia humana el poner avisos como «La evolución solo es una teoría» en los libros de texto de tantísimos niños estadounidenses e islámicos. Sí, es cierto que hay cientos de libros ilegibles dedicados a todas las minucias de los refuerzos filosóficos de estas nociones. Pero también es cierto que estos términos pueden explicarse en cinco minutos.

Aquellos que argumentan que «solo es una teoría» no tienen excusa: son estúpidos a fondo o deshonestos con malicia. En cualquiera de los casos no deberían legislar sobre la educación.
(The original article written in English here: Hypothesis, Model, Theory and Law)