Mientras la oposición del desaparecido Gaddafi toma Libia, los disidentes sirios continúan sufriendo la opresión de su gobierno y los egipcios siguen en las calles. Entonces, ¿nada ha cambiado? No exactamente.
Aunque en las últimas semanas las calles del Cairo se hayan llenado de nuevo con todos los manifestantes, ayer fue una excepción. Como ya se comentó, la preocupación era que el dominio militar se alargue más de lo necesario. En cambio, el viernes las demandas eran muy distintas: se trataba de activistas laicos que pedían justamente lo contrario.
Como se arguyó múltiples veces en "Ciudadanos del Mundo", si hay elecciones tempranas los partidos nuevos no tendrán la oportunidad para organizarse y Egipto caerá en manos de los Hermanos Musulmanes, un partido panárabe. Lo que estos activistas quieren es más tiempo para organizar sus partidos laicistas y anti-teocráticos antes de las elecciones parlamentarias. Por supuesto, los Hermanos Musulmanes boicotearon las protestas de ayer.
Si los egipcios pueden llegar a ser pacientes, esta sería una gran oportunidad para organizarse en bloques más fuertes que puedan competir con el partido islámico.
Mientras tanto, los sirios volvieron a tomar las calles en un "Viernes de protestas". Teniendo en cuenta la respuesta sistemática del gobierno de Assad para con los manifestantes, salir a la calle todas las semanas se ha convertido en todo un gesto de valentía. E imprudencia, dirían algunos. Desde el comienzo de las las revueltas en marzo ha habido más de 12.000 arrestos y han muerto alrededor de 2.500 personas; entre ellos, más de 2.000 ciudadanos.
Ayer el despliegue de fuerza de Bashar al-Assad fue trivial en comparación con, por ejemplo, su uso de helicópteros armados contra ciudadanos en junio o de tanques (que mataron a 136 sirios) en julio. Aun así, murieron cinco personas, incluyendo un quinceañero, y las fuerzas de seguridad no permitieron que los manifestantes heridos fueran hospitalizados.
En cambio, el día de ayer fue relevante por las demandas cambiantes de los ciudadanos sirios: las reclamaciones se centran ahora en castigar a Assad por sus acciones y en llamar la atención del mundo. Y es que, aunque algunos medios se han hecho eco de la sublevación, la respuesta de la esfera política internacional ha sido prácticamente nula.
La petición de protección internacional es polémica cuanto menos. Aunque varios grupos activistas han pedido que la ONU envíe observadores internacionales para verificar los sucesos de Siria, muy pocos querrán tropas internacionales en sus calles. Según parece Rusia pretende ser neutral al respecto. Los comentarios del bloque suramericano 'ALBA', encabezados por Chavez, han sido iguales que en el caso de Libia: intervenir es un caso de imperialismo. Técnicamente tienen razón, pero tacharlo así no es un argumento.
¿Y cuál ha sido la respuesta del gobierno sirio? Assad ha afirmado exactamente lo mismo que Gaddafi en su momento: los manifestantes no son ciudadanos sirios sino terroristas en una conspiración internacional para dividir Siria. Por supuesto, eso no explica por qué Assad envió tanques a Hama (una ciudad con 700.000 habitantes) o por qué bombardeó Latakia (de 550.000 habitantes) desde el mar.
Crean o no que los insurgentes son terroristas (os doy una pista: no lo creen), los tanques y los bombardeos en centros urbanos no son precisamente un arma de precisión contra terroristas mezclados entre la población siria.
Cambian las tornas en Egipto y Siria
Publicado por
LukaNieto
on sábado, 10 de septiembre de 2011
/
Etiquetas:
Revoluciones árabes
/
Comments: (0)
David Bravo - Las libertades civiles tras el 11-S
Publicado por
LukaNieto
on viernes, 9 de septiembre de 2011
/
Etiquetas:
Escrito ajeno,
Libertad,
Política
/
Comments: (0)
Como lleva siendo costumbre desde los atentados del 11 de septiembre de 2011, en su aniversario llega el grotesco día en el que se glorifica a las víctimas como héroes (en lugar de, ya sabéis, víctimas) y se enmarca el ataque como el suceso más horrible que la humanidad haya visto jamás -como si fuera realmente diferente a las miles de personas que mueren por accidentes de tráfico evitables y más hórrido que los cientos de miles de niños que mueren todos los días, especialmente ahora con la hambruna en el Cuerno de África, en la cual pueden morir un millón de personas, ochenta mil de ellos niños.
Pero nos acercamos a mediados de septiembre así que llega ese día de hipocresía. Así, algunos lo han aprovechado para crear festivales que de hecho sirvan para algo. Otros, como el abogado David Bravo, han hecho un análisis de cómo el 11-S ha influido en nuestras libertades civiles y especialmente en las de los estadounidenses durante esta última década:
Pero nos acercamos a mediados de septiembre así que llega ese día de hipocresía. Así, algunos lo han aprovechado para crear festivales que de hecho sirvan para algo. Otros, como el abogado David Bravo, han hecho un análisis de cómo el 11-S ha influido en nuestras libertades civiles y especialmente en las de los estadounidenses durante esta última década:
Las leyes de seguridad nacional que se imponen recortando libertades necesitan el miedo como los vendedores de paraguas necesitan la lluvia. El estado de alarma que atenazó a EEUU tras los atentados del 11 de Septiembre, sumado a su perpetuación mediante la cultura del miedo sostenida desde los medios de comunicación, creó el clima propicio para la proliferación de leyes que hacían desaparecer derechos civiles conquistados durante décadas.
Como suele suceder tras acontecimientos tan dramáticos como los del 11-S, la clásica pugna entre seguridad y libertad, se inclinó hacia la primera en perjuicio de la segunda. Justificando el medio por la importancia y urgencia de sus fines, normas restrictivas guardadas durante años en un cajón encontraron en esta época el momento propicio para asomar la cabeza. Teniendo en cuenta que el contexto social de aquella época en EEUU era el de que un ciudadano común tenía miedo a abrir cartas por si contenían ántrax, no es de extrañar que leyes que en cualquier otro momento habrían sacado a buena parte de los ciudadanos a la calle para protestar por la erosión de sus libertades, desfilaban ahora orgullosas y conscientes de que no serían muchos los que osarían a levantarles la voz. "Aquí tienen nuestros derechos civiles, ahora protéjannos" dijeron muchos ciudadanos que en aquellos momentos no vieron nada de malo en el trato.
La USA Patriot Act -cuyo nombre colocaba ya a las primeras de cambio a sus opositores la etiqueta de antipatriotas- recogía todo un articulado que eliminaba de raíz garantías constitucionales básicas de detenidos e introducía medidas que violaban la privacidad de los ciudadanos bajo pretexto de facilitar la guerra contra el terrorismo. Gracias a esta ley que convertía a todos en sospechosos, el FBI podía ahora acceder, entre otras fuentes, a la lista de libros que los ciudadanos estadounidenses sacaban de las bibliotecas para ver si sus hábitos de lectura encajaban con el perfil de alguien adscrito a una organización terrorista. Sobre esta cuestión, que puso en guardia a muchas bibliotecas del país, el presidente Obama dijo en la conferencia anual de 2005 de la American Library Association que él creía en una lucha contra el terrorismo que no pisoteara los derechos civiles y que no le gustaba "que los agentes federales fisgoneen en nuestras bibliotecas". Sin embargo, Obama terminó apoyando las disposiciones de la USA Patriot Act, con esa bien conocida habilidad de los presidentes de firmar con la mano lo que borran con el codo.
Además de la facultad de conocer lo que los ciudadanos leían, la USA Patriot Act permitía también al FBI el acceso a la correspondencia y a las comunicaciones telefónicas y por medio de internet de aquellos que pudieran ser sospechosos de terrorismo. La laxitud con la que se definía ese término permitía controles e inspecciones arbitrarias. La autorización para la interceptación de estas comunicaciones durante 48 horas podía darla un Fiscal federal sin que fuera ya necesaria la intervención del juez. Además, como explica Álvarez Conde, catedrático de Derecho Constitucional, "también se obligaba a las empresas de Internet a entregar el registro de actividad y los correos electrónicos de un sospechoso". Tal y como informó la revista Wired, el FBI trató de instalar el sistema de vigilancia electrónica Carnivore en las instalaciones de los proveedores de acceso a internet de EEUU y consiguió obtener informaciones de las cuentas de correo en cuya dirección se encontraba la palabra "Alá".
La ola de miedo se extendió por varios países, que vieron en este clima de paranoia la excusa perfecta para aumentar sin demasiada oposición sus posibilidades de control y autoridad. Tanto es así, que tan solo un año después de los atentados del 11-S, Reporteros Sin Fronteras ya advertía de que "la Red puede muy bien figurar en la lista de 'daños colaterales' de la deriva generalizada de la seguridad". Así, pocos meses después de los atentados, en Alemania se aprobó el paquete de medidas conocida como Otto-Katalog, que permitía a las autoridades acceder a datos de los ciudadanos como informaciones relativas a intercambio de e-mail y en Canadá dieron luz verde a la Ley Antiterrorista que permitía por primera vez que un servicio del Ministerio de Defensa efectuara escuchas telefónicas de cualquier ciudadano, sean o no canadienses. Leyes semejantes se aprobaron también en países como Italia o Dinamarca.
Además de las facultades de inspección y control de los ciudadanos, la USA Patriot Act hacía desaparecer garantías constitucionales esenciales de detenidos sospechosos de terrorismo. El mayor y más desgraciado símbolo de esta tendencia es el Centro de Detención de la Bahía de Guantánamo, dentro de cuyas fronteras era una utopía el derecho a la integridad física y moral, al hábeas corpus y a un juicio justo.
Los informes filtrados recientemente por WikiLeaks confirmaron lo que desde fuera ya se intuía: "que muchos de estos hombres fueron detenidos por motivos falsos" y que "han permanecido años recluidos sin acceso al sistema legal estadounidense", tal y como ha denunciado Susan Lee, Directora del Programa para América de Amnistía Internacional. Según esos mismos informes, muchos de los detenidos eran inocentes. Chóferes, granjeros o cocineros que simplemente fueron capturados en redadas en zonas de guerra. Para el gobierno de los EE UU fue la mala suerte y no unas leyes represivas las causantes de la injusticia. Estuvieron detenidos durante años, informa la BBC en su noticia sobre los informes filtrados, "por una confusión sobre su identidad" o porque estaban "en el momento y lugar equivocados".
La Banca siempre... ¿pierde?
Publicado por
LukaNieto
on jueves, 8 de septiembre de 2011
/
Etiquetas:
Economía / Monetarismo,
Revueltas occidentales
/
Comments: (0)
Wall Street lleva semanas petrificada ante la posibilidad de otra recesión y, como no puede ser de otra manera, esta inacción ha resultado en una mayor posibilidad de otra crisis y por tanto en más miedo. En un solo día la deuda nacional se elevó 238 mil millones de dólares, lo cual no había ocurrido desde la 2ª Guerra Mundial. Al instante, EE. UU. perdió su calificación de crédito 'AAA' , la máxima confianza que se tiene en un país para que devuelva su deuda. Darse cuenta de que se habían único al selecto grupo de países como Grecia, Italia y El Líbano con mayor deuda pública que producto interior bruto solo alimentó las llamas.
A mediados de agosto los Estados Únidos estuvieron a dos días de entrar en suspensión de pagos y por tanto en gran peligro de bancarrota porque el Senado tardó hasta el último segundo para actuar. Las repercusiones internacionales no vacilaron en aparecer: la Bolsa europea se está hundiendo bajo el peso de la temible quiebra de Grecia (más adelante veremos que Italia y España no se libran) y de una recaída en una crisis con la que media Europa aún no ha conseguido lidiar.
Durante todo este embrollo, analistas y profesionales financieros han sido tan extremadamente perspicaces como de costumbre al percibir que esto se parece mucho a la recesión de 2008. Lo que estos analistas y profesionales financieros prefieren obviar es que, si bien ya se ha puesto en marcha el aumento de la actividad económica de varios países europeos y por tanto no puede considerarse una recesión, la crisis sigue muy presente, desde la catástrofe de Grecia hasta las medidas de austeridad en España, Italia e incluso Gran Bretaña.
Ahora mismo la Bolsa española está peor de lo que estuvo a comienzos de 2009. O sea, fatal. La respuesta en forma de reforma constitucional ha resultado en protestas por la capital. Acordada casi unánimemente por la posición unísona del PP-PSOE a pesar de la disidencia de la izquierda y de los nacionalistas (a excepción de UPN), la reforma establece en la constitución la idea de una "estabilidad presupuestaria" (un limite al déficit) que las autonomías deberán respetar acorde con su PIB.
No existen números concretos ni queda muy claro cuáles serán las consecuencias para "cada Administración Pública en caso de incumplimiento" de esta reforma del artículo 135 de la constitución, ya que de ello se ocupará una Ley Orgánica -una ley que llegará en medio año como mucho. Esto significa que las quejas actuales se acallarán con «Esperad a que se concrete la reforma legislativamente» y las futuras con «Deberíais haberos hecho oír durante la reforma constitucional; ahora no hay vuelta atrás». Oh, la magia de los políticos.
Mientras tanto el gobierno italiano ha actuado ante su crisis como cabía esperar. Berlusconi ha subido el IVA en plena huelga general y ese solo es el primer paso. El sindicato principal del país, el CGIL de postura comunista, convocó una huelga para el martes que se extendió por cien ciudades. En esta huelga los ciudadanos protestan contra las medidas de austeridad del 15 de julio y el plan de estabilidad del 12 de agosto, ya que estas reformas han resultado en mayores tasas a trabajadores y jubilados y en recortes a los servicios y sanidad.
Todo ello se ha puesto en marcha a pesar de que había opciones adicionales -consideradas en borradores de las reformas pero descartadas en el último momento- como el "impuesto de solidaridad" que pagarían aquellos con rentas anuales superiores a los 90.000€.
Sin duda, no debería sorprendernos la práctica derechista común de eliminar servicios sociales y subir impuestos a los pobres mientras se sigue agasajando y mimando a los ricos. Y aunque no nos sorprenda, nos sigue enfureciendo. Quizás sea una buena señal: significa que no estamos tan acostumbrados como para tomarlo por la norma. Aunque sea la norma.
A mediados de agosto los Estados Únidos estuvieron a dos días de entrar en suspensión de pagos y por tanto en gran peligro de bancarrota porque el Senado tardó hasta el último segundo para actuar. Las repercusiones internacionales no vacilaron en aparecer: la Bolsa europea se está hundiendo bajo el peso de la temible quiebra de Grecia (más adelante veremos que Italia y España no se libran) y de una recaída en una crisis con la que media Europa aún no ha conseguido lidiar.
Durante todo este embrollo, analistas y profesionales financieros han sido tan extremadamente perspicaces como de costumbre al percibir que esto se parece mucho a la recesión de 2008. Lo que estos analistas y profesionales financieros prefieren obviar es que, si bien ya se ha puesto en marcha el aumento de la actividad económica de varios países europeos y por tanto no puede considerarse una recesión, la crisis sigue muy presente, desde la catástrofe de Grecia hasta las medidas de austeridad en España, Italia e incluso Gran Bretaña.
Ahora mismo la Bolsa española está peor de lo que estuvo a comienzos de 2009. O sea, fatal. La respuesta en forma de reforma constitucional ha resultado en protestas por la capital. Acordada casi unánimemente por la posición unísona del PP-PSOE a pesar de la disidencia de la izquierda y de los nacionalistas (a excepción de UPN), la reforma establece en la constitución la idea de una "estabilidad presupuestaria" (un limite al déficit) que las autonomías deberán respetar acorde con su PIB.
No existen números concretos ni queda muy claro cuáles serán las consecuencias para "cada Administración Pública en caso de incumplimiento" de esta reforma del artículo 135 de la constitución, ya que de ello se ocupará una Ley Orgánica -una ley que llegará en medio año como mucho. Esto significa que las quejas actuales se acallarán con «Esperad a que se concrete la reforma legislativamente» y las futuras con «Deberíais haberos hecho oír durante la reforma constitucional; ahora no hay vuelta atrás». Oh, la magia de los políticos.
Mientras tanto el gobierno italiano ha actuado ante su crisis como cabía esperar. Berlusconi ha subido el IVA en plena huelga general y ese solo es el primer paso. El sindicato principal del país, el CGIL de postura comunista, convocó una huelga para el martes que se extendió por cien ciudades. En esta huelga los ciudadanos protestan contra las medidas de austeridad del 15 de julio y el plan de estabilidad del 12 de agosto, ya que estas reformas han resultado en mayores tasas a trabajadores y jubilados y en recortes a los servicios y sanidad.
Todo ello se ha puesto en marcha a pesar de que había opciones adicionales -consideradas en borradores de las reformas pero descartadas en el último momento- como el "impuesto de solidaridad" que pagarían aquellos con rentas anuales superiores a los 90.000€.
Sin duda, no debería sorprendernos la práctica derechista común de eliminar servicios sociales y subir impuestos a los pobres mientras se sigue agasajando y mimando a los ricos. Y aunque no nos sorprenda, nos sigue enfureciendo. Quizás sea una buena señal: significa que no estamos tan acostumbrados como para tomarlo por la norma. Aunque sea la norma.
A Clash of Ideas
Publicado por
LukaNieto
on lunes, 5 de septiembre de 2011
/
Etiquetas:
Autor - Luka Nieto,
Ciencias,
Ego,
English Version,
Filosofía,
Lógica y Razón,
Sociedad
/
Comments: (0)
In Psychology there is a concept referred to as cognitive dissonance which alludes to the «tension or internal discord of the belief system that someone perceives while holding two conflicting ideas all at once.» That is, holding two antithetical ideas simultaneously.
No doubt, this notion is far from new to those that know the dystopian fiction Nineteen Eighty-Four by George Orwell. The word «doublethink» is the best-known example of Newspeak and, as such, it has reached popular culture. Despite being used in a similar way to the psychological case, the Orwellian word will be left aside as brainwashing is not necessary for cognitive dissonance to have an effect on us. The fact that it is a basic human weakness makes it so much more terrifying.
Even though its social ramifications are wide-ranging, this psychological tension can be seen daily in many among us. One of the postulated examples is that of smoking: many smoke with the knowledge of the potentially carcinogen consequences, notwithstanding we all want to have a long and healthy life. The obvious way out is to quit smoking altogether -yet it is certainly true that ignoring the evidence that smoking increases the chances of getting lung cancer will also make the cognitive dissonance disappear. The cancer will not be so considerate.
Although the true addiction will take care of preventing you from quitting, this purely psychological clash can be even more noxious in new smokers. This clash of ideas is usually -and wrongly- assumed to be preferable to consciously putting the belief «I'm a rational and intelligent being» up against the fact «I'm increasing my chances of cancer». Facing that contradiction results in a hit to your personal ego but it is certainly less harmful than the psychological anguish of replacing reason with rationalizations. And cancer. Let's not forget cancer.
Not unlike a pandemic, this psychological disorder has spread from the individual to society. Albeit not a direct cause, the rise of social relativism has enabled the intrusion of this severe case of intellectual dishonesty. This philosophy, which defends the validity of every cultural system and prohibits valuing different ideologies differently, is particularly present in politics, where statesmen and other power seekers cater to the common denominator.
With the propagation of diplomatic speech (or «political correctness») even ordinary people have learnt to tangle up the language and leave it void of any meaning in order to rationalize relativistic thought. That way, nonsensical notions sprout, such as the contradictory idea that personal beliefs won't influence ones behaviour and will therefore be of no greater relevance to the group, be it a political party, a think tank or any other kind of common-goal organization. This practice, soiled by the foulest of demagogueries, is successful in its aim of appealing to more members of the common denominator -unfortunately, it also utterly waters down the groups original ideals.
Embracing relativism is not an indication of an open mind but of a profound confusion of intellectual honesty. The differential judgement of ideas is just as important in daily life and politics as it is in science; ignoring the fact that different systems and practices have better or worse results is a horrifying show of doublethought. The thesis Sam Harris is bent in showcasing with The Moral Landscape should clear up that, even if we cannot count on a numerical gradation of what is ethically 'better' or 'worse', the absolute instances of total well-being and total suffering that can be conceived allow us to unequivocally condemn practices such as female genital mutilation in certain denominations of Islam, regardless of religious freedoms.
Leaving the very harmful relativism aside, let's go back to one of its major by-products and the central regard of this text: the simultaneous hold of disparate ideas. Even if it has been described as a symptom of mental sloppiness and confusion, each and every one of us have experienced it. No matter how honest and clear we are with our own thoughts, we all have felt that anger and frustration from within in the process of radically changing our minds. The fact is that, even though it is false that convincing someone with reason and facts is impossible, it is very true that you will rarely see the change of minds in front of your own eyes -even the most humble will have a hard time admitting on the spot that they are wrong about a long-held belief.
Cognitive dissonance arises in that process of mental transformation: in spite of the fact that we no longer actually maintain certain established convictions we will keep professing them and we will do all it takes to ignore the fact that our beliefs have changed completely. We get stuck. We stop reasoning and start rationalizing. I experienced it myself when ceasing to believe in pseudoscience: I professed the belief although I knew deep down that I could not belief in practices with scientific pretences not backed by evidence.
Beyond the shadow of a doubt it was the most frustrating and miserable time of my life. I cannot bring myself to envision how it is for those that not only suffer it with paradigm shifts but live through every day with that dissonance pounding their heads. The most I can do for those that feel identified (even if they are terrified to admit it) is to beg them to be brave and admit to themselves the contradiction of ideas that torment them.
(Leer la versión original: Choque de ideas)
No doubt, this notion is far from new to those that know the dystopian fiction Nineteen Eighty-Four by George Orwell. The word «doublethink» is the best-known example of Newspeak and, as such, it has reached popular culture. Despite being used in a similar way to the psychological case, the Orwellian word will be left aside as brainwashing is not necessary for cognitive dissonance to have an effect on us. The fact that it is a basic human weakness makes it so much more terrifying.
Even though its social ramifications are wide-ranging, this psychological tension can be seen daily in many among us. One of the postulated examples is that of smoking: many smoke with the knowledge of the potentially carcinogen consequences, notwithstanding we all want to have a long and healthy life. The obvious way out is to quit smoking altogether -yet it is certainly true that ignoring the evidence that smoking increases the chances of getting lung cancer will also make the cognitive dissonance disappear. The cancer will not be so considerate.
Although the true addiction will take care of preventing you from quitting, this purely psychological clash can be even more noxious in new smokers. This clash of ideas is usually -and wrongly- assumed to be preferable to consciously putting the belief «I'm a rational and intelligent being» up against the fact «I'm increasing my chances of cancer». Facing that contradiction results in a hit to your personal ego but it is certainly less harmful than the psychological anguish of replacing reason with rationalizations. And cancer. Let's not forget cancer.
Not unlike a pandemic, this psychological disorder has spread from the individual to society. Albeit not a direct cause, the rise of social relativism has enabled the intrusion of this severe case of intellectual dishonesty. This philosophy, which defends the validity of every cultural system and prohibits valuing different ideologies differently, is particularly present in politics, where statesmen and other power seekers cater to the common denominator.
With the propagation of diplomatic speech (or «political correctness») even ordinary people have learnt to tangle up the language and leave it void of any meaning in order to rationalize relativistic thought. That way, nonsensical notions sprout, such as the contradictory idea that personal beliefs won't influence ones behaviour and will therefore be of no greater relevance to the group, be it a political party, a think tank or any other kind of common-goal organization. This practice, soiled by the foulest of demagogueries, is successful in its aim of appealing to more members of the common denominator -unfortunately, it also utterly waters down the groups original ideals.
Embracing relativism is not an indication of an open mind but of a profound confusion of intellectual honesty. The differential judgement of ideas is just as important in daily life and politics as it is in science; ignoring the fact that different systems and practices have better or worse results is a horrifying show of doublethought. The thesis Sam Harris is bent in showcasing with The Moral Landscape should clear up that, even if we cannot count on a numerical gradation of what is ethically 'better' or 'worse', the absolute instances of total well-being and total suffering that can be conceived allow us to unequivocally condemn practices such as female genital mutilation in certain denominations of Islam, regardless of religious freedoms.
Leaving the very harmful relativism aside, let's go back to one of its major by-products and the central regard of this text: the simultaneous hold of disparate ideas. Even if it has been described as a symptom of mental sloppiness and confusion, each and every one of us have experienced it. No matter how honest and clear we are with our own thoughts, we all have felt that anger and frustration from within in the process of radically changing our minds. The fact is that, even though it is false that convincing someone with reason and facts is impossible, it is very true that you will rarely see the change of minds in front of your own eyes -even the most humble will have a hard time admitting on the spot that they are wrong about a long-held belief.
Cognitive dissonance arises in that process of mental transformation: in spite of the fact that we no longer actually maintain certain established convictions we will keep professing them and we will do all it takes to ignore the fact that our beliefs have changed completely. We get stuck. We stop reasoning and start rationalizing. I experienced it myself when ceasing to believe in pseudoscience: I professed the belief although I knew deep down that I could not belief in practices with scientific pretences not backed by evidence.
Beyond the shadow of a doubt it was the most frustrating and miserable time of my life. I cannot bring myself to envision how it is for those that not only suffer it with paradigm shifts but live through every day with that dissonance pounding their heads. The most I can do for those that feel identified (even if they are terrified to admit it) is to beg them to be brave and admit to themselves the contradiction of ideas that torment them.
(Leer la versión original: Choque de ideas)
Choque de ideas
Publicado por
LukaNieto
on sábado, 3 de septiembre de 2011
/
Etiquetas:
Autor - Luka Nieto,
Ciencias,
Ego,
Filosofía,
Lógica y Razón,
Sociedad
/
Comments: (3)
En Psicología existe un concepto llamado disonancia cognitiva que se refiere a la «tensión o desarmonía interna del sistema de ideas, creencias y emociones que percibe una persona al mantener al mismo tiempo dos pensamientos que están en conflicto». Es decir, se trata de mantener simultáneamente dos ideas incompatibles.
Sin lugar a dudas, esta noción está algo trasnochada para aquellos que conozcan la obra de ficción distópica 1984 de George Orwell. La palabra «doblepensar» es el ejemplo más conocido de la neolengua y, como tal, ha pasado al habla popular, especialmente en inglés como doublethink. Pese a que su uso genérico es similar al caso psicológico, lo dejaremos de lado ya que no nos han de lavar el cerebro para estar afectados por la disonancia cognitiva. Que sea una debilidad humana básica lo convierte en un fenómeno aún más terrorífico.
Si bien las repercusiones sociales son graves, esta tensión psicológica se da a diario en muchos de nosotros personalmente. Uno de los ejemplos postulados es el de fumar: a pesar de que todos queramos llevar una vida larga y sana, muchos fuman con el conocimiento de las consecuencias potencialmente cancerígenas. La salida obvia es dejar de fumar, pero es cierto que ignorar las pruebas de que fumar aumenta las posibilidades de cáncer de pulmón también hará desaparecer la disonancia cognitiva. El cáncer no será tan considerado.
Aunque la verdadera adicción suela tomar el relevo de evitar que se deje de fumar, este choque puramente psicológico suele ser aun más nocivo en los nuevos fumadores. Erróneamente, este choque de ideas suele considerarse preferible a confrontar conscientemente la creencia de «Soy una persona inteligente y racional» con el hecho de «Estoy aumentando mis posibilidades de cáncer». Hacerlo supone un frustrante golpe para el orgullo personal pero es ciertamente menos dañino que el tormento psicológico que supone suplantar la razón por la racionalización. Y el cáncer. No nos olvidemos del cáncer.
De forma no muy distinta a una pandemia, esta afección psicológica se ha extendido desde el individuo a la sociedad. Si bien no es su causa directa, el alza del relativismo social sí que ha posibilitado la intrusión de este caso grave de deshonestidad intelectual. Esta filosofía que defiende la validez de todo sistema cultural y prohíbe valorar de forma distinta ideologías distintas está particularmente presente en la política, donde los estadistas y demás aspirantes al poder intentan complacer al denominador común.
Al popularizarse la lengua diplomática (o «habla políticamente correcta») también la gente de a pie aprende a enredar el idioma y dejarlo vacío de significado para racionalizar el pensamiento relativista. Así surgen nociones contradictorias sin sentido como que las creencias personales del individuo no influirán jamás en su comportamiento y que por tanto no son de mayor importancia para el grupo, ya sea un partido político, un think tank o cualquier otra clase de organización de fines comunes. Esta práctica, revolcada en la más nauseabunda demagogia, tiene éxito en su fin de atraer a más miembros del denominador común -por desgracia, también diluye por completo los ideales originales del grupo.
Aceptar el relativismo no es signo de una mente abierta sino de una profunda confusión de la honestidad intelectual. La valoración diferencial de las ideas es tan importante en la vida diaria y la política como en la ciencia; ignorar que distintos sistemas y prácticas tienen resultados mejores o peores es una muestra espeluznante de doblepensamiento. La tesis que Sam Harris repitió hasta la saciedad en The Moral Landscape debería esclarecer que, aunque no dispongamos de una gradación numérica de qué es éticamente 'mejor' o 'peor', los casos absolutos de total bienestar y total malestar que podemos imaginar nos permiten censurar inequívocamente prácticas como la mutilación genital femenina en ciertas denominaciones del Islam, a pesar de la libertad religiosa.
Dejando de lado el relativismo que tanto daño sigue haciendo, volvamos a uno de sus subproductos principales y la consideración central de este texto: el mantenimiento simultáneo de ideas dispares. Aunque haya quedado descrito como un síntoma de descuido y confusión mentales, todos lo hemos experimentado. Por muy sinceros y claros que seamos con nosotros mismos sobre nuestras ideas, todos hemos sentido esa frustración y enfado internos en el proceso de cambiar radicalmente de opinión. Y es que, si bien es mentira que convencer a alguien a base de razón y hechos es imposible, es muy cierto que raramente verás el cambio ocurrir frente a tus ojos; incluso los más humildes tendrán dificultad en admitir al instante que están equivocados sobre una creencia arraigada.
La disonancia cognitiva surge en ese proceso de transformación mental: a pesar de que ya no mantengamos realmente aquella convicción establecida la seguiremos profesando y haremos todo lo posible por ignorar que ahora creemos algo muy distinto. Nos estancamos. Dejamos de razonar y empezamos a racionalizar. Lo experimenté personalmente al dejar de creer en pseudociencias: profesaba la creencia aunque en el fondo supiera que no podía creer en prácticas con pretensiones científicas que no estaban respaldadas por pruebas.
Sin lugar a dudas fue la época más frustrante e infeliz de mi vida. No puedo ni imaginar cómo será para aquellos que no solo la padecen al cambiar de paradigma sino que viven a diario con esa disonancia tamborileando en su cabeza. Lo único que puedo hacer es implorar a aquellos que se sientan identificados (aunque estén aterrorizados de admitir eso siquiera) que intenten ser valientes y se admitan la contradicción de ideas que les atormenta.
(Read the English translation: A Clash of Ideas)
Sin lugar a dudas, esta noción está algo trasnochada para aquellos que conozcan la obra de ficción distópica 1984 de George Orwell. La palabra «doblepensar» es el ejemplo más conocido de la neolengua y, como tal, ha pasado al habla popular, especialmente en inglés como doublethink. Pese a que su uso genérico es similar al caso psicológico, lo dejaremos de lado ya que no nos han de lavar el cerebro para estar afectados por la disonancia cognitiva. Que sea una debilidad humana básica lo convierte en un fenómeno aún más terrorífico.
Si bien las repercusiones sociales son graves, esta tensión psicológica se da a diario en muchos de nosotros personalmente. Uno de los ejemplos postulados es el de fumar: a pesar de que todos queramos llevar una vida larga y sana, muchos fuman con el conocimiento de las consecuencias potencialmente cancerígenas. La salida obvia es dejar de fumar, pero es cierto que ignorar las pruebas de que fumar aumenta las posibilidades de cáncer de pulmón también hará desaparecer la disonancia cognitiva. El cáncer no será tan considerado.
Aunque la verdadera adicción suela tomar el relevo de evitar que se deje de fumar, este choque puramente psicológico suele ser aun más nocivo en los nuevos fumadores. Erróneamente, este choque de ideas suele considerarse preferible a confrontar conscientemente la creencia de «Soy una persona inteligente y racional» con el hecho de «Estoy aumentando mis posibilidades de cáncer». Hacerlo supone un frustrante golpe para el orgullo personal pero es ciertamente menos dañino que el tormento psicológico que supone suplantar la razón por la racionalización. Y el cáncer. No nos olvidemos del cáncer.
De forma no muy distinta a una pandemia, esta afección psicológica se ha extendido desde el individuo a la sociedad. Si bien no es su causa directa, el alza del relativismo social sí que ha posibilitado la intrusión de este caso grave de deshonestidad intelectual. Esta filosofía que defiende la validez de todo sistema cultural y prohíbe valorar de forma distinta ideologías distintas está particularmente presente en la política, donde los estadistas y demás aspirantes al poder intentan complacer al denominador común.
Al popularizarse la lengua diplomática (o «habla políticamente correcta») también la gente de a pie aprende a enredar el idioma y dejarlo vacío de significado para racionalizar el pensamiento relativista. Así surgen nociones contradictorias sin sentido como que las creencias personales del individuo no influirán jamás en su comportamiento y que por tanto no son de mayor importancia para el grupo, ya sea un partido político, un think tank o cualquier otra clase de organización de fines comunes. Esta práctica, revolcada en la más nauseabunda demagogia, tiene éxito en su fin de atraer a más miembros del denominador común -por desgracia, también diluye por completo los ideales originales del grupo.
Aceptar el relativismo no es signo de una mente abierta sino de una profunda confusión de la honestidad intelectual. La valoración diferencial de las ideas es tan importante en la vida diaria y la política como en la ciencia; ignorar que distintos sistemas y prácticas tienen resultados mejores o peores es una muestra espeluznante de doblepensamiento. La tesis que Sam Harris repitió hasta la saciedad en The Moral Landscape debería esclarecer que, aunque no dispongamos de una gradación numérica de qué es éticamente 'mejor' o 'peor', los casos absolutos de total bienestar y total malestar que podemos imaginar nos permiten censurar inequívocamente prácticas como la mutilación genital femenina en ciertas denominaciones del Islam, a pesar de la libertad religiosa.
Dejando de lado el relativismo que tanto daño sigue haciendo, volvamos a uno de sus subproductos principales y la consideración central de este texto: el mantenimiento simultáneo de ideas dispares. Aunque haya quedado descrito como un síntoma de descuido y confusión mentales, todos lo hemos experimentado. Por muy sinceros y claros que seamos con nosotros mismos sobre nuestras ideas, todos hemos sentido esa frustración y enfado internos en el proceso de cambiar radicalmente de opinión. Y es que, si bien es mentira que convencer a alguien a base de razón y hechos es imposible, es muy cierto que raramente verás el cambio ocurrir frente a tus ojos; incluso los más humildes tendrán dificultad en admitir al instante que están equivocados sobre una creencia arraigada.
La disonancia cognitiva surge en ese proceso de transformación mental: a pesar de que ya no mantengamos realmente aquella convicción establecida la seguiremos profesando y haremos todo lo posible por ignorar que ahora creemos algo muy distinto. Nos estancamos. Dejamos de razonar y empezamos a racionalizar. Lo experimenté personalmente al dejar de creer en pseudociencias: profesaba la creencia aunque en el fondo supiera que no podía creer en prácticas con pretensiones científicas que no estaban respaldadas por pruebas.
Sin lugar a dudas fue la época más frustrante e infeliz de mi vida. No puedo ni imaginar cómo será para aquellos que no solo la padecen al cambiar de paradigma sino que viven a diario con esa disonancia tamborileando en su cabeza. Lo único que puedo hacer es implorar a aquellos que se sientan identificados (aunque estén aterrorizados de admitir eso siquiera) que intenten ser valientes y se admitan la contradicción de ideas que les atormenta.
(Read the English translation: A Clash of Ideas)
Gaddafi ha caído
Publicado por
LukaNieto
on jueves, 25 de agosto de 2011
/
Etiquetas:
Revoluciones árabes
/
Comments: (0)
La última vez que se habló de las revoluciones árabes en "Ciudadanos del Mundo", Siria se encontraba en una 'crisis humanitaria' (que persiste), Egipto volvía a las calles a protestar, y en Libia los rebeldes comenzaban a tomar terreno seguro más allá de Misurata con el apoyo de la OTAN. Está última semana ha sido significativa, y esta vez no porque haya habido un cambio de tornas: los rebeldes han tomado la capital.
Pero no nos engañemos. Al contrario de lo que la mayoría de medios han declarado prematuramente, la guerra no ha terminado. Aunque sea obvio -excepto para los fanáticos- que el régimen de Muammar Gaddafi no tiene futuro, el dictador y sus hijos siguen en libertad y desaparecidos, todavía ofreciendo apoyo moral para el número todavía considerable de partidarios del régimen que sigue por las calles de Tripoli. Muchos morirán todavía en ambos bandos y tantos otros que no han tocado un arma en toda la guerra.
Curiosamente, ahora ocurre con los barrios lo que se daba a lo largo de toda la guerra con las ciudades: pasan de mano en mano sin previsión aparente y por tanto sin predicción posible. Con el apoyo militar de la OTAN y el reconocimiento político de la ONU a sus espaldas, es cuestión de tiempo que los rebeldes y su representante el Consejo Nacional de Transición se hagan con el poder. La cuestión es cuánto tardará Libia en volver a la estabilidad.
Para los lectores habituales de "Ciudadanos del Mundo" quizá quede claro que la estabilidad de un país no es nuestra mayor preocupación. Al fin y al cabo, las revoluciones políticas, económicas y culturales ocurren solo cuando la nación está en crisis. Según parece, la inestabilidad es tristemente necesaria para el avance. Pero en casos como estos, en guerras civiles sinsentido, la estabilidad ha de tomarse en cuenta.
Aunque el vilipendio mediático de Gaddafi y su régimen está más que merecido en cuanto a libertades personales y medidas extremas contra la oposición ideológica, no deja de ser cierto que Libia era un país considerablemente más rico y estable que el resto de naciones de la "Primavera árabe". El régimen tenía estructuras sociales cualitativamente mejores que muchos países occidentales y sin duda mucho mejores de lo que serán tras una guerra civil, sin importar quién acabe en el poder.
Por supuesto, esto no significa que el régimen de Gaddafi deje de ser deplorable y nadie debería tomárselo como una excusa de sus actos. En cambio, muchos lo defienden y racionalizan los actos de Gaddafi creyéndose la propaganda que divulgó el régimen libio al comienzo de las revueltas: por lo visto, los rebeldes no son más que miembros de Al-Qaeda o, según versiones posteriores, mercenarios africanos enviados por occidente. Ni siquiera Gaddafi permanece fiel a esa historia, ya que tacha de "traidores" a los revolucionarios.
Huelga decir que la gran cantidad existente de material audiovisual mediático y amateur descarta esta hipótesis: podemos ver que los luchadores son civiles y ex-militares libios, con testimonios propios y de sus familiares. Las imágenes provenientes de Bengasi, la ciudad convertida en sede del Consejo Nacional de Transición, son especialmente reveladoras. Teniendo en cuenta de qué forma se han ignorado hechos para poder formar hipótesis conspirativas medianamente coherentes, también habrá que esclarecer dos obviedades.
Primero, las revueltas comenzaron debido a la reacción en cadena de Túnez. Esto significa que, hubiera o no agentes provocadores de occidente, como ya ha ocurrido en algunos países y es técnicamente posible, la revuelta era perfectamente legítima. La violenta respuesta militar de Gaddafi a las manifestaciones desarmadas, no tanto. De hecho, la violencia en ambos bandos debe ser criticada. Segundo, y quizás más importante, ni la ONU ni la OTAN querían saber nada del tema e intervenir hasta que acabó por considerarse una guerra civil en condiciones. ¿Cuál es la relevancia de este punto?
Solo hay que comprobar las fechas y el orden de los acontecimientos para demostrar que dicha hipótesis conspirativa no solo es falsa sino puramente imposible. Suponiendo que realmente hubiera agentes alborotadores (aunque no haya pruebas de ello), obviamente no pudieron armar a cientos de miles de personas por sí solos; o una proposición aún más ridícula, traer a cientos de miles de mercenarios africanos que nadie ha visto. Nada de eso fue logísticamente viable hasta que la OTAN apareció en tierra libia; y para cuando eso ocurrió, Bengasi era la ciudad rebelde oficial con un gobierno de transición y ambos bandos luchaban por Misurata. En otras palabras, ya era una guerra civil muchísimo antes de que la OTAN pudiera armar a los rebeldes o traer mercenarios.
La clase de persona que prefiere creer que se trata de una conspiración de la OTAN ignora estos hechos, quizá inconscientemente. Por otro lado, nada de eso excusa a la comunidad internacional: si bien la intervención era justificada para evitar un genocidio en Bengasi, la OTAN y la ONU tendrán que tener cuidado con qué hacen y es muy posible que intenten meterse donde no les llaman. Pero eso es un trato político desagradable, no una conspiración.
Pero no nos engañemos. Al contrario de lo que la mayoría de medios han declarado prematuramente, la guerra no ha terminado. Aunque sea obvio -excepto para los fanáticos- que el régimen de Muammar Gaddafi no tiene futuro, el dictador y sus hijos siguen en libertad y desaparecidos, todavía ofreciendo apoyo moral para el número todavía considerable de partidarios del régimen que sigue por las calles de Tripoli. Muchos morirán todavía en ambos bandos y tantos otros que no han tocado un arma en toda la guerra.
Curiosamente, ahora ocurre con los barrios lo que se daba a lo largo de toda la guerra con las ciudades: pasan de mano en mano sin previsión aparente y por tanto sin predicción posible. Con el apoyo militar de la OTAN y el reconocimiento político de la ONU a sus espaldas, es cuestión de tiempo que los rebeldes y su representante el Consejo Nacional de Transición se hagan con el poder. La cuestión es cuánto tardará Libia en volver a la estabilidad.
Para los lectores habituales de "Ciudadanos del Mundo" quizá quede claro que la estabilidad de un país no es nuestra mayor preocupación. Al fin y al cabo, las revoluciones políticas, económicas y culturales ocurren solo cuando la nación está en crisis. Según parece, la inestabilidad es tristemente necesaria para el avance. Pero en casos como estos, en guerras civiles sinsentido, la estabilidad ha de tomarse en cuenta.
Aunque el vilipendio mediático de Gaddafi y su régimen está más que merecido en cuanto a libertades personales y medidas extremas contra la oposición ideológica, no deja de ser cierto que Libia era un país considerablemente más rico y estable que el resto de naciones de la "Primavera árabe". El régimen tenía estructuras sociales cualitativamente mejores que muchos países occidentales y sin duda mucho mejores de lo que serán tras una guerra civil, sin importar quién acabe en el poder.
Por supuesto, esto no significa que el régimen de Gaddafi deje de ser deplorable y nadie debería tomárselo como una excusa de sus actos. En cambio, muchos lo defienden y racionalizan los actos de Gaddafi creyéndose la propaganda que divulgó el régimen libio al comienzo de las revueltas: por lo visto, los rebeldes no son más que miembros de Al-Qaeda o, según versiones posteriores, mercenarios africanos enviados por occidente. Ni siquiera Gaddafi permanece fiel a esa historia, ya que tacha de "traidores" a los revolucionarios.
Huelga decir que la gran cantidad existente de material audiovisual mediático y amateur descarta esta hipótesis: podemos ver que los luchadores son civiles y ex-militares libios, con testimonios propios y de sus familiares. Las imágenes provenientes de Bengasi, la ciudad convertida en sede del Consejo Nacional de Transición, son especialmente reveladoras. Teniendo en cuenta de qué forma se han ignorado hechos para poder formar hipótesis conspirativas medianamente coherentes, también habrá que esclarecer dos obviedades.
Primero, las revueltas comenzaron debido a la reacción en cadena de Túnez. Esto significa que, hubiera o no agentes provocadores de occidente, como ya ha ocurrido en algunos países y es técnicamente posible, la revuelta era perfectamente legítima. La violenta respuesta militar de Gaddafi a las manifestaciones desarmadas, no tanto. De hecho, la violencia en ambos bandos debe ser criticada. Segundo, y quizás más importante, ni la ONU ni la OTAN querían saber nada del tema e intervenir hasta que acabó por considerarse una guerra civil en condiciones. ¿Cuál es la relevancia de este punto?
Solo hay que comprobar las fechas y el orden de los acontecimientos para demostrar que dicha hipótesis conspirativa no solo es falsa sino puramente imposible. Suponiendo que realmente hubiera agentes alborotadores (aunque no haya pruebas de ello), obviamente no pudieron armar a cientos de miles de personas por sí solos; o una proposición aún más ridícula, traer a cientos de miles de mercenarios africanos que nadie ha visto. Nada de eso fue logísticamente viable hasta que la OTAN apareció en tierra libia; y para cuando eso ocurrió, Bengasi era la ciudad rebelde oficial con un gobierno de transición y ambos bandos luchaban por Misurata. En otras palabras, ya era una guerra civil muchísimo antes de que la OTAN pudiera armar a los rebeldes o traer mercenarios.
La clase de persona que prefiere creer que se trata de una conspiración de la OTAN ignora estos hechos, quizá inconscientemente. Por otro lado, nada de eso excusa a la comunidad internacional: si bien la intervención era justificada para evitar un genocidio en Bengasi, la OTAN y la ONU tendrán que tener cuidado con qué hacen y es muy posible que intenten meterse donde no les llaman. Pero eso es un trato político desagradable, no una conspiración.
Violencia durante la visita del papa
Publicado por
LukaNieto
on viernes, 19 de agosto de 2011
/
Etiquetas:
Medios,
Política,
Religión / Pseudociencia
/
Comments: (2)
La visita a España de Joseph Alois Ratzinger, el octogenario papa de la Iglesia Católica, traía polémica antes incluso de ocurrir. Al fin y al cabo, no se trata solo de la visita en sí: en este estado no confesional pero mayoritariamente católico, es comprensible el rechazo popular de las quejas laicas sobre la visita del líder del Vaticano. El verdadero problema yace en el increíble gasto público en un país al borde de la quiebra que difícilmente hará frente al reciente desplome de los mercados mundiales.
El estado español ha pagado la mitad de los 50 millones de euros que se han gastado en esta concentración religiosa, ocupándose de la otra mitad la Jornada Mundial de la Juventud, que obviamente debería ocuparse de todos los gastos (por supuesto, se da por hecho que el Vaticano no soltará ni un solo céntimo de su grandilocuente riqueza).
Y aun así, la mayor polémica no llegó hasta el miércoles. Si mis cálculos son correctos, un vídeo vale más que un millón de palabras, así que una vez visto no hará falta decir que la policía se tomó ciertas libertades con la manifestación laica perfectamente legal que se había organizado en contra de la visita papal. Hubo ocho detenidos y once heridos.
En el próximo vídeo en particular puede verse a la policía distinguiendo entre los peregrinos de la visita y a los laicos de la manifestación en contra de la financiación pública. Por supuesto, mal parada sale una mujer joven que se encara a un policía y por ello recibe un puñetazo y varios golpes, seguido de un trato peor todavía a un fotógrafo que tuvo la mala suerte de ser observado haciendo su trabajo.
Aunque podéis leer un complemento bastante informativo de lo ocurrido en el vídeo y un testimonio personal del fotógrafo, no es más que un ejemplo de lo ocurrido, unos pocos segundos de violencia que por suerte han quedado particularmente bien registrados. La prensa apenas ha mostrado lo ocurrido y curiosamente han sido los medios internacionales los que han mostrado la represión sin censura.
Al menos estamos acostumbrados a recibir una justificación irracional o con suerte una censura superficial por parte del gobierno, pero, ¿qué ha ocurrido esta vez? Ni siquiera eso. Hoy, a través de su portavoz José Blanco el gobierno ha declarado que la actuación de la policía "ha estado apegada a la ley". Específicamente, Blanco ha afirmado sin vergüenza alguna y en total contradicción a hechos constatados que no ha habido ningún exceso por parte de la policía, descartando explícitamente una investigación oficial al respecto.
Lo más frustrante de la situación es que los medios laicos se han centrado en censurar las acciones de la policía, cuando ese no es el problema en absoluto. Las debilidades humanas se ponen en evidencia en trabajos tensos como los de las fuerzas policiales, y aunque sus acciones han sido más que deplorables, es el gobierno en quien recae la responsabilidad de censurar lo ocurrido y evitar que vuelva a ocurrir.
En su lugar, han ignorado los hechos y han escupido a la cara de la honestidad periodística.
(Read in English)
El estado español ha pagado la mitad de los 50 millones de euros que se han gastado en esta concentración religiosa, ocupándose de la otra mitad la Jornada Mundial de la Juventud, que obviamente debería ocuparse de todos los gastos (por supuesto, se da por hecho que el Vaticano no soltará ni un solo céntimo de su grandilocuente riqueza).
Y aun así, la mayor polémica no llegó hasta el miércoles. Si mis cálculos son correctos, un vídeo vale más que un millón de palabras, así que una vez visto no hará falta decir que la policía se tomó ciertas libertades con la manifestación laica perfectamente legal que se había organizado en contra de la visita papal. Hubo ocho detenidos y once heridos.
En el próximo vídeo en particular puede verse a la policía distinguiendo entre los peregrinos de la visita y a los laicos de la manifestación en contra de la financiación pública. Por supuesto, mal parada sale una mujer joven que se encara a un policía y por ello recibe un puñetazo y varios golpes, seguido de un trato peor todavía a un fotógrafo que tuvo la mala suerte de ser observado haciendo su trabajo.
Aunque podéis leer un complemento bastante informativo de lo ocurrido en el vídeo y un testimonio personal del fotógrafo, no es más que un ejemplo de lo ocurrido, unos pocos segundos de violencia que por suerte han quedado particularmente bien registrados. La prensa apenas ha mostrado lo ocurrido y curiosamente han sido los medios internacionales los que han mostrado la represión sin censura.
"No era capaz de comprender lo que había pasado, creía que en un estado “moderno” como el nuestro no pasaban estas cosas. Que no se apaleaba a la prensa por hacer fotografías. Que no se dejaba a su suerte a una persona en la calle tras haberle propinado un porrazo en la nuca que hizo que se desplomara. Creía… ingenuo.Además de dejar en evidencia el triste estado de la retrógrada y tradicionalista cultura española, las imágenes de la carga y acoso policial nos recuerdan que las libertades de prensa y de expresión son relativas: como ya ocurrió recientemente durante las manifestaciones del 15M y 19J, la policía no duda en arrebatar ese derecho al ciudadano común cuando este ha tenido la mala idea de inmortalizar el momento de brutalidad policial.
Ahora te hablo a tí, señor policía con agentes a su cargo y con la mano ligerita. Has intentado callarme, evitar que hiciera el trabajo que amo, el que me permite denunciar abusos como los tuyos. Has intentado coartar mi libertad de expresión. Has intentado que borrara las fotografías que probaban tu brutalidad. Has intentado quitarme mi herramienta de trabajo a base de porrazos. A pesar de todas estas ilegalidades manifiestas, ¿sabes qué, amigo de las FCSE?. No te guardo rencor más allá del dolor físico. Solo lo has intentado, no lo has conseguido ni lo conseguirás. Al revés, me has dado alas. Alas para confirmar que es esto lo que he querido hacer durante toda mi vida. Alas que me permitirán seguir denunciando injusticias como las que perpretas bajo tu placa… ah, no que no tenías".
Al menos estamos acostumbrados a recibir una justificación irracional o con suerte una censura superficial por parte del gobierno, pero, ¿qué ha ocurrido esta vez? Ni siquiera eso. Hoy, a través de su portavoz José Blanco el gobierno ha declarado que la actuación de la policía "ha estado apegada a la ley". Específicamente, Blanco ha afirmado sin vergüenza alguna y en total contradicción a hechos constatados que no ha habido ningún exceso por parte de la policía, descartando explícitamente una investigación oficial al respecto.
Lo más frustrante de la situación es que los medios laicos se han centrado en censurar las acciones de la policía, cuando ese no es el problema en absoluto. Las debilidades humanas se ponen en evidencia en trabajos tensos como los de las fuerzas policiales, y aunque sus acciones han sido más que deplorables, es el gobierno en quien recae la responsabilidad de censurar lo ocurrido y evitar que vuelva a ocurrir.
En su lugar, han ignorado los hechos y han escupido a la cara de la honestidad periodística.
(Read in English)


