El Efecto Placebo

Muchos habréis oído hablar del efecto placebo. Un placebo es cualquier sustancia o procedimiento que no cause ningún resultado en la condición tratada a pesar de que el paciente así lo perciba. El efecto placebo es esa percepción. Si la respuesta es negativa, se denomina «nocevo», pero aquí usaremos «placebo» independientemente del efecto.

El fenómeno suele malinterpretarse como un autoengaño fugaz por parte del paciente. Craso error: si bien el efecto suele ser cuestión de percepción, también se da la mejora del paciente en acorde a sus expectativas. Como puede verse en la próxima presentación, el placebo actúa de acuerdo con nuestras preconcepciones con una precisión sorprendente.

El vídeo se ha subtitulado al castellano para este ensayo:

(Pulse CC para activar subtítulos - Ver vídeo original sin subtitulos)

En el sentido más básico, su funcionamiento se reduce a la expectación y al condicionamiento clásico. A corto plazo la expectación toma un papel vital, pero el condicionamiento del paciente puede crear efectos duraderos: al mezclar un estímulo real oculto con un placebo visible se consigue que la respuesta causada por el estímulo real se asocie con el placebo. Y así, el paciente ya está condicionado.
«La creencia del doctor en el tratamiento y la fe del paciente en el doctor ejercen un efecto de apoyo mutuo; el resultado es un remedio potente que seguramente producirá una mejora y en ocasiones una cura» -Petr Skrabanek y James McCormick en Follies and Fallacies in Medicine
Lo fascinante es que los resultados van mucho más allá de la medicina: se ha visto con el alcohol y, hasta cierto punto, con el café. Pero los placebos en la vida diaria no solo sirven para reírnos del amigo ingenuo que cree estar emborrachándose con ron. La expectación nos puede ayudar a dejar de fumar y a mejorar nuestra velocidad y rendimiento, lo cual nos lleva a lo expuesto en el vídeo: ¿deberían prohibirse los placebos en las competiciones? Y, ¿acaso hay manera de evitar su empleo? No, porque bien pueden ser agua.

No todo son buenas noticias. Parece que solo son realmente efectivos en el 30% de la población. Aunque no fuera así, a un plazo muy largo suelen dejar de funcionar y, según un metanálisis que comparó la administración de placebo con una ausencia total de tratamiento, nuestra percepción de esta rareza psicológica y neurológica se ha visto exagerada por culpa de fallos metodológicos y es útil solo en casos de dolencias subjetivas:
«No detectamos un efecto placebo significativo al compararlo con una ausencia de tratamiento en pruebas con resultados [objetivos]. En cambio, sí que encontramos una diferencia significativa entre el placebo y la ausencia de tratamiento en pruebas con resultados continuos subjetivos y en pruebas que involucraran el tratamiento de dolor».
Además, existen cuestiones de ética dudosa. Su empleo en el mundo médico ha sido tanto alabado como criticado y la polémica sigue abierta: ¿deberían cobrarnos lo mismo por un placebo que por un medicamento normal? No parece justo, pero, ¿y si nos damos cuenta de que no es un verdadero medicamento por su coste inferior, reduciendo así el efecto? Además, en el caso de las condiciones médicas graves, ¿deberíamos hacer uso de estos falsos remedios en absoluto, teniendo en cuenta que tras sentirse mejor el paciente no seguirá en busca de un verdadero diagnóstico y tratamiento? Y por último: ¿acaso prescribir placebos no vulnera el derecho del paciente a una decisión informada?

No existen respuestas fáciles y es por eso que legislar apropiadamente los placebos es un caos. Solo se justifica unánimemente su uso en pruebas científicas como los ensayos clínicos: se aplica un placebo al grupo de control para compararlo con el grupo que realmente ha tomado el medicamento, pulsado el botón o aquello que sea el objeto de la prueba. Si el efecto en los sujetos del grupo experimental no es más notable que en el control, el objeto del experimento no es más que otro placebo. Este resultado no le resta toda su utilidad: lo que ocurre es que crear un placebo a propósito suele ser más fácil, barato y sincero.

Un descubrimiento más curioso y desconocido aún es que ni siquiera es necesario ignorar que se trata de un falso objeto para que funcione, aunque el efecto será muchísimo menor. A la inversa, el sujeto tampoco tiene que ser consciente de qué se supone que es el objeto.

Así ocurre con las mascotas y los bebés, que a pesar de ignorar el concepto "medicamento" sí que están condicionados para responder a los estados de ánimo de sus cuidadores, por no hablar del efecto considerable que tiene el contacto humano sobre los bebés y animales, como la reducción del ritmo cardíaco en perros y caballos. Este hecho responde a las alegaciones de que los perros y bebés mejoran con ciertos remedios de la medicina alternativa: son anécdotas y no estudios de doble ciego que evitarían el condicionamiento y la empatía.

Sin lugar a dudas, el efecto placebo es uno de los fenómenos más interesantes de la psicología y neurología humanas. Eso sí, los placebos seguirán causando enredos legislativos y equivocaciones en pruebas científicas durante mucho tiempo, así que será mejor comprender el efecto todo lo posible y aplicar ese conocimiento para evitar más confusión.

Tributo a Carl Sagan

Pocos filósofos han sabido divulgar la grandiosidad del universo y de los instrumentos humanos que nos permiten observarlo tan bien como Carl Sagan. Se trataba de un hombre en muchos sentidos excéntrico y obsesivo. Pero grandioso. Sin duda, era un científico notorio: un astrónomo, astrofísico y cosmólogo con más de 600 publicaciones científicas. Entre ellas, co-ideó la hipótesis del invierno nuclear.

Aun y todo, sus contribuciones más notables fueron para la sociedad. Arrestado dos veces por manifestarse en contra de la carrera nuclear, Sagan fue un defensor de los derechos civiles y de una verdadera democracia. Aunque sin utilizar ninguno de los términos, era socialista y ateo a pesar de vivir en un país en guerra fría contra un estado socialista y ateo.

Pero su mayor regalo a la sociedad fue la divulgación de la ciencia a la que tantos años dedicó. Desde 1980 con el documental Cosmos, transmitido en 60 países y visto por 500 millones de personas, hasta 1996 con A Demon-Haunted World, su último libro antes de morir. Más quizá que en todas sus obras anteriores, en El mundo y sus Demonios Carl Sagan mostró lo que todo escéptico debería ser. Y por qué todo humano debería ser un escéptico.
«La primera gran virtud del hombre fue la duda y el primer gran defecto la fe»
A pesar de que todos los documentales modernos de divulgación superan a Cosmos en su calidad de producción, estos pierden el elemento esencial que se encontraba en el corazón de aquel documental de 13 horas de duración. Y es que no estaba tan preocupado por enseñar ciencia como lo estaba por enseñar aquel elemento esencial que rara vez mencionan siquiera en las escuelas: el racionalismo, el escepticismo, el método científico.

El alma de la ciencia. Aquello que todo niño puede comprender pero de lo que casi nadie ha oído hablar. Aquello cuya ausencia da alas a la superstición, al fanatismo y al relativismo cultural. No, Carl Sagan no consiguió curar a una sociedad enferma de estas dolencias. Nadie puede hacerlo por su cuenta. Lo que Carl Sagan hizo fue revivir el movimiento escéptico y racionalista y dar un empuje inolvidable a la divulgación de la ciencia, dos corrientes que luchan día a día contra la superstición, la demagogia y la pseudociencia.

Y por encima de todo eso, lo que Carl Sagan hizo fue transmitir con inmensurable belleza los misterios del cosmos, nuestras ansias de conocimiento y la trascendencia del escepticismo:

(Ver las veinte partes disponibles)

Cosmos fue un tributo al conocimiento y la ignorancia humanas. Y esta recopilación es un tributo a Carl Sagan y sus obras. Este inmenso trabajo de edición, A Universe Not Made For Us («Un universo no creado para nosotros»), es un revoltijo de nuevas y viejas imágenes, de la música clásica original del documental y compositores como Michael Giacchino (LOST) y de cientos de horas de la voz de Sagan salidas de Cosmos, sus audio-libros y entrevistas.

De manera similar pero más humilde, este texto es mi tributo personal a una de las personas a la que más admiro. No puedo aceptar el concepto del "héroe" idealizado, pero sí que existen los hombres grandiosos. Responsable póstumo de mi apertura de mente a la ciencia y el racionalismo, Carl Sagan fue lo más parecido a un héroe: un gran hombre.
«Es mejor encender una vela que maldecir a la oscuridad»

Cambian las tornas en Egipto y Siria

Mientras la oposición del desaparecido Gaddafi toma Libia, los disidentes sirios continúan sufriendo la opresión de su gobierno y los egipcios siguen en las calles. Entonces, ¿nada ha cambiado? No exactamente.

Aunque en las últimas semanas las calles del Cairo se hayan llenado de nuevo con todos los manifestantes, ayer fue una excepción. Como ya se comentó, la preocupación era que el dominio militar se alargue más de lo necesario. En cambio, el viernes las demandas eran muy distintas: se trataba de activistas laicos que pedían justamente lo contrario.

Como se arguyó múltiples veces en "Ciudadanos del Mundo", si hay elecciones tempranas los partidos nuevos no tendrán la oportunidad para organizarse y Egipto caerá en manos de los Hermanos Musulmanes, un partido panárabe. Lo que estos activistas quieren es más tiempo para organizar sus partidos laicistas y anti-teocráticos antes de las elecciones parlamentarias. Por supuesto, los Hermanos Musulmanes boicotearon las protestas de ayer.

Si los egipcios pueden llegar a ser pacientes, esta sería una gran oportunidad para organizarse en bloques más fuertes que puedan competir con el partido islámico.

Mientras tanto, los sirios volvieron a tomar las calles en un "Viernes de protestas". Teniendo en cuenta la respuesta sistemática del gobierno de Assad para con los manifestantes, salir a la calle todas las semanas se ha convertido en todo un gesto de valentía. E imprudencia, dirían algunos. Desde el comienzo de las las revueltas en marzo ha habido más de 12.000 arrestos y han muerto alrededor de 2.500 personas; entre ellos, más de 2.000 ciudadanos.

Ayer el despliegue de fuerza de Bashar al-Assad fue trivial en comparación con, por ejemplo, su uso de helicópteros armados contra ciudadanos en junio o de tanques (que mataron a 136 sirios) en julio. Aun así, murieron cinco personas, incluyendo un quinceañero, y las fuerzas de seguridad no permitieron que los manifestantes heridos fueran hospitalizados.

En cambio, el día de ayer fue relevante por las demandas cambiantes de los ciudadanos sirios: las reclamaciones se centran ahora en castigar a Assad por sus acciones y en llamar la atención del mundo. Y es que, aunque algunos medios se han hecho eco de la sublevación, la respuesta de la esfera política internacional ha sido prácticamente nula.

La petición de protección internacional es polémica cuanto menos. Aunque varios grupos activistas han pedido que la ONU envíe observadores internacionales para verificar los sucesos de Siria, muy pocos querrán tropas internacionales en sus calles. Según parece Rusia pretende ser neutral al respecto. Los comentarios del bloque suramericano 'ALBA', encabezados por Chavez, han sido iguales que en el caso de Libia: intervenir es un caso de imperialismo. Técnicamente tienen razón, pero tacharlo así no es un argumento.

¿Y cuál ha sido la respuesta del gobierno sirio? Assad ha afirmado exactamente lo mismo que Gaddafi en su momento: los manifestantes no son ciudadanos sirios sino terroristas en una conspiración internacional para dividir Siria. Por supuesto, eso no explica por qué Assad envió tanques a Hama (una ciudad con 700.000 habitantes) o por qué bombardeó Latakia (de 550.000 habitantes) desde el mar.

Crean o no que los insurgentes son terroristas (os doy una pista: no lo creen), los tanques y los bombardeos en centros urbanos no son precisamente un arma de precisión contra terroristas mezclados entre la población siria.

David Bravo - Las libertades civiles tras el 11-S

Como lleva siendo costumbre desde los atentados del 11 de septiembre de 2011, en su aniversario llega el grotesco día en el que se glorifica a las víctimas como héroes (en lugar de, ya sabéis, víctimas) y se enmarca el ataque como el suceso más horrible que la humanidad haya visto jamás -como si fuera realmente diferente a las miles de personas que mueren por accidentes de tráfico evitables y más hórrido que los cientos de miles de niños que mueren todos los días, especialmente ahora con la hambruna en el Cuerno de África, en la cual pueden morir un millón de personas, ochenta mil de ellos niños.

Pero nos acercamos a mediados de septiembre así que llega ese día de hipocresía. Así, algunos lo han aprovechado para crear festivales que de hecho sirvan para algo. Otros, como el abogado David Bravo, han hecho un análisis de cómo el 11-S ha influido en nuestras libertades civiles y especialmente en las de los estadounidenses durante esta última década:
Las leyes de seguridad nacional que se imponen recortando libertades necesitan el miedo como los vendedores de paraguas necesitan la lluvia. El estado de alarma que atenazó a EEUU tras los atentados del 11 de Septiembre, sumado a su perpetuación mediante la cultura del miedo sostenida desde los medios de comunicación, creó el clima propicio para la proliferación de leyes que hacían desaparecer derechos civiles conquistados durante décadas.

Como suele suceder tras acontecimientos tan dramáticos como los del 11-S, la clásica pugna entre seguridad y libertad, se inclinó hacia la primera en perjuicio de la segunda. Justificando el medio por la importancia y urgencia de sus fines, normas restrictivas guardadas durante años en un cajón encontraron en esta época el momento propicio para asomar la cabeza. Teniendo en cuenta que el contexto social de aquella época en EEUU era el de que un ciudadano común tenía miedo a abrir cartas por si contenían ántrax, no es de extrañar que leyes que en cualquier otro momento habrían sacado a buena parte de los ciudadanos a la calle para protestar por la erosión de sus libertades, desfilaban ahora orgullosas y conscientes de que no serían muchos los que osarían a levantarles la voz. "Aquí tienen nuestros derechos civiles, ahora protéjannos" dijeron muchos ciudadanos que en aquellos momentos no vieron nada de malo en el trato.

La USA Patriot Act -cuyo nombre colocaba ya a las primeras de cambio a sus opositores la etiqueta de antipatriotas- recogía todo un articulado que eliminaba de raíz garantías constitucionales básicas de detenidos e introducía medidas que violaban la privacidad de los ciudadanos bajo pretexto de facilitar la guerra contra el terrorismo. Gracias a esta ley que convertía a todos en sospechosos, el FBI podía ahora acceder, entre otras fuentes, a la lista de libros que los ciudadanos estadounidenses sacaban de las bibliotecas para ver si sus hábitos de lectura encajaban con el perfil de alguien adscrito a una organización terrorista. Sobre esta cuestión, que puso en guardia a muchas bibliotecas del país, el presidente Obama dijo en la conferencia anual de 2005 de la American Library Association que él creía en una lucha contra el terrorismo que no pisoteara los derechos civiles y que no le gustaba "que los agentes federales fisgoneen en nuestras bibliotecas". Sin embargo, Obama terminó apoyando las disposiciones de la USA Patriot Act, con esa bien conocida habilidad de los presidentes de firmar con la mano lo que borran con el codo.

Además de la facultad de conocer lo que los ciudadanos leían, la USA Patriot Act permitía también al FBI el acceso a la correspondencia y a las comunicaciones telefónicas y por medio de internet de aquellos que pudieran ser sospechosos de terrorismo. La laxitud con la que se definía ese término permitía controles e inspecciones arbitrarias. La autorización para la interceptación de estas comunicaciones durante 48 horas podía darla un Fiscal federal sin que fuera ya necesaria la intervención del juez. Además, como explica Álvarez Conde, catedrático de Derecho Constitucional, "también se obligaba a las empresas de Internet a entregar el registro de actividad y los correos electrónicos de un sospechoso". Tal y como informó la revista Wired, el FBI trató de instalar el sistema de vigilancia electrónica Carnivore en las instalaciones de los proveedores de acceso a internet de EEUU y consiguió obtener informaciones de las cuentas de correo en cuya dirección se encontraba la palabra "Alá".

La ola de miedo se extendió por varios países, que vieron en este clima de paranoia la excusa perfecta para aumentar sin demasiada oposición sus posibilidades de control y autoridad. Tanto es así, que tan solo un año después de los atentados del 11-S, Reporteros Sin Fronteras ya advertía de que "la Red puede muy bien figurar en la lista de 'daños colaterales' de la deriva generalizada de la seguridad". Así, pocos meses después de los atentados, en Alemania se aprobó el paquete de medidas conocida como Otto-Katalog, que permitía a las autoridades acceder a datos de los ciudadanos como informaciones relativas a intercambio de e-mail y en Canadá dieron luz verde a la Ley Antiterrorista que permitía por primera vez que un servicio del Ministerio de Defensa efectuara escuchas telefónicas de cualquier ciudadano, sean o no canadienses. Leyes semejantes se aprobaron también en países como Italia o Dinamarca.

Además de las facultades de inspección y control de los ciudadanos, la USA Patriot Act hacía desaparecer garantías constitucionales esenciales de detenidos sospechosos de terrorismo. El mayor y más desgraciado símbolo de esta tendencia es el Centro de Detención de la Bahía de Guantánamo, dentro de cuyas fronteras era una utopía el derecho a la integridad física y moral, al hábeas corpus y a un juicio justo.

Los informes filtrados recientemente por WikiLeaks confirmaron lo que desde fuera ya se intuía: "que muchos de estos hombres fueron detenidos por motivos falsos" y que "han permanecido años recluidos sin acceso al sistema legal estadounidense", tal y como ha denunciado Susan Lee, Directora del Programa para América de Amnistía Internacional. Según esos mismos informes, muchos de los detenidos eran inocentes. Chóferes, granjeros o cocineros que simplemente fueron capturados en redadas en zonas de guerra. Para el gobierno de los EE UU fue la mala suerte y no unas leyes represivas las causantes de la injusticia. Estuvieron detenidos durante años, informa la BBC en su noticia sobre los informes filtrados, "por una confusión sobre su identidad" o porque estaban "en el momento y lugar equivocados".

La Banca siempre... ¿pierde?

Wall Street lleva semanas petrificada ante la posibilidad de otra recesión y, como no puede ser de otra manera, esta inacción ha resultado en una mayor posibilidad de otra crisis y por tanto en más miedo. En un solo día la deuda nacional se elevó 238 mil millones de dólares, lo cual no había ocurrido desde la 2ª Guerra Mundial. Al instante, EE. UU. perdió su calificación de crédito 'AAA' , la máxima confianza que se tiene en un país para que devuelva su deuda. Darse cuenta de que se habían único al selecto grupo de países como Grecia, Italia y El Líbano con mayor deuda pública que producto interior bruto solo alimentó las llamas.

A mediados de agosto los Estados Únidos estuvieron a dos días de entrar en suspensión de pagos y por tanto en gran peligro de bancarrota porque el Senado tardó hasta el último segundo para actuar. Las repercusiones internacionales no vacilaron en aparecer: la Bolsa europea se está hundiendo bajo el peso de la temible quiebra de Grecia (más adelante veremos que Italia y España no se libran) y de una recaída en una crisis con la que media Europa aún no ha conseguido lidiar.

Durante todo este embrollo, analistas y profesionales financieros han sido tan extremadamente perspicaces como de costumbre al percibir que esto se parece mucho a la recesión de 2008. Lo que estos analistas y profesionales financieros prefieren obviar es que, si bien ya se ha puesto en marcha el aumento de la actividad económica de varios países europeos y por tanto no puede considerarse una recesión, la crisis sigue muy presente, desde la catástrofe de Grecia hasta las medidas de austeridad en España, Italia e incluso Gran Bretaña.

Ahora mismo la Bolsa española está peor de lo que estuvo a comienzos de 2009. O sea, fatal. La respuesta en forma de reforma constitucional ha resultado en protestas por la capital. Acordada casi unánimemente por la posición unísona del PP-PSOE a pesar de la disidencia de la izquierda y de los nacionalistas (a excepción de UPN), la reforma establece en la constitución la idea de una "estabilidad presupuestaria" (un limite al déficit) que las autonomías deberán respetar acorde con su PIB.

No existen números concretos ni queda muy claro cuáles serán las consecuencias para "cada Administración Pública en caso de incumplimiento" de esta reforma del artículo 135 de la constitución, ya que de ello se ocupará una Ley Orgánica -una ley que llegará en medio año como mucho. Esto significa que las quejas actuales se acallarán con «Esperad a que se concrete la reforma legislativamente» y las futuras con «Deberíais haberos hecho oír durante la reforma constitucional; ahora no hay vuelta atrás». Oh, la magia de los políticos.

Mientras tanto el gobierno italiano ha actuado ante su crisis como cabía esperar. Berlusconi ha subido el IVA en plena huelga general y ese solo es el primer paso. El sindicato principal del país, el CGIL de postura comunista, convocó una huelga para el martes que se extendió por cien ciudades. En esta huelga los ciudadanos protestan contra las medidas de austeridad del 15 de julio y el plan de estabilidad del 12 de agosto, ya que estas reformas han resultado en mayores tasas a trabajadores y jubilados y en recortes a los servicios y sanidad.

Todo ello se ha puesto en marcha a pesar de que había opciones adicionales -consideradas en borradores de las reformas pero descartadas en el último momento- como el "impuesto de solidaridad" que pagarían aquellos con rentas anuales superiores a los 90.000€.

Sin duda, no debería sorprendernos la práctica derechista común de eliminar servicios sociales y subir impuestos a los pobres mientras se sigue agasajando y mimando a los ricos. Y aunque no nos sorprenda, nos sigue enfureciendo. Quizás sea una buena señal: significa que no estamos tan acostumbrados como para tomarlo por la norma. Aunque sea la norma.

A Clash of Ideas

In Psychology there is a concept referred to as cognitive dissonance which alludes to the «tension or internal discord of the belief system that someone perceives while holding two conflicting ideas all at once.» That is, holding two antithetical ideas simultaneously.

No doubt, this notion is far from new to those that know the dystopian fiction Nineteen Eighty-Four by George Orwell. The word «doublethink» is the best-known example of Newspeak and, as such, it has reached popular culture. Despite being used in a similar way to the psychological case, the Orwellian word will be left aside as brainwashing is not necessary for cognitive dissonance to have an effect on us. The fact that it is a basic human weakness makes it so much more terrifying.

Even though its social ramifications are wide-ranging, this psychological tension can be seen daily in many among us. One of the postulated examples is that of smoking: many smoke with the knowledge of the potentially carcinogen consequences, notwithstanding we all want to have a long and healthy life. The obvious way out is to quit smoking altogether -yet it is certainly true that ignoring the evidence that smoking increases the chances of getting lung cancer will also make the cognitive dissonance disappear. The cancer will not be so considerate.

Although the true addiction will take care of preventing you from quitting, this purely psychological clash can be even more noxious in new smokers. This clash of ideas is usually -and wrongly- assumed to be preferable to consciously putting the belief «I'm a rational and intelligent being» up against the fact «I'm increasing my chances of cancer». Facing that contradiction results in a hit to your personal ego but it is certainly less harmful than the psychological anguish of replacing reason with rationalizations. And cancer. Let's not forget cancer.

Not unlike a pandemic, this psychological disorder has spread from the individual to society. Albeit not a direct cause, the rise of social relativism has enabled the intrusion of this severe case of intellectual dishonesty. This philosophy, which defends the validity of every cultural system and prohibits valuing different ideologies differently, is particularly present in politics, where statesmen and other power seekers cater to the common denominator.

With the propagation of diplomatic speech (or «political correctness») even ordinary people have learnt to tangle up the language and leave it void of any meaning in order to rationalize relativistic thought. That way, nonsensical notions sprout, such as the contradictory idea that personal beliefs won't influence ones behaviour and will therefore be of no greater relevance to the group, be it a political party, a think tank or any other kind of common-goal organization. This practice, soiled by the foulest of demagogueries, is successful in its aim of appealing to more members of the common denominator -unfortunately, it also utterly waters down the groups original ideals.

Embracing relativism is not an indication of an open mind but of a profound confusion of intellectual honesty. The differential judgement of ideas is just as important in daily life and politics as it is in science; ignoring the fact that different systems and practices have better or worse results is a horrifying show of doublethought. The thesis Sam Harris is bent in showcasing with The Moral Landscape should clear up that, even if we cannot count on a numerical gradation of what is ethically 'better' or 'worse', the absolute instances of total well-being and total suffering that can be conceived allow us to unequivocally condemn practices such as female genital mutilation in certain denominations of Islam, regardless of religious freedoms.

Leaving the very harmful relativism aside, let's go back to one of its major by-products and the central regard of this text: the simultaneous hold of disparate ideas. Even if it has been described as a symptom of mental sloppiness and confusion, each and every one of us have experienced it. No matter how honest and clear we are with our own thoughts, we all have felt that anger and frustration from within in the process of radically changing our minds. The fact is that, even though it is false that convincing someone with reason and facts is impossible, it is very true that you will rarely see the change of minds in front of your own eyes -even the most humble will have a hard time admitting on the spot that they are wrong about a long-held belief.

Cognitive dissonance arises in that process of mental transformation: in spite of the fact that we no longer actually maintain certain established convictions we will keep professing them and we will do all it takes to ignore the fact that our beliefs have changed completely. We get stuck. We stop reasoning and start rationalizing. I experienced it myself when ceasing to believe in pseudoscience: I professed the belief although I knew deep down that I could not belief in practices with scientific pretences not backed by evidence.

Beyond the shadow of a doubt it was the most frustrating and miserable time of my life. I cannot bring myself to envision how it is for those that not only suffer it with paradigm shifts but live through every day with that dissonance pounding their heads. The most I can do for those that feel identified (even if they are terrified to admit it) is to beg them to be brave and admit to themselves the contradiction of ideas that torment them.

(Leer la versión original: Choque de ideas)

Choque de ideas

En Psicología existe un concepto llamado disonancia cognitiva que se refiere a la «tensión o desarmonía interna del sistema de ideas, creencias y emociones que percibe una persona al mantener al mismo tiempo dos pensamientos que están en conflicto». Es decir, se trata de mantener simultáneamente dos ideas incompatibles.

Sin lugar a dudas, esta noción está algo trasnochada para aquellos que conozcan la obra de ficción distópica 1984 de George Orwell. La palabra «doblepensar» es el ejemplo más conocido de la neolengua y, como tal, ha pasado al habla popular, especialmente en inglés como doublethink. Pese a que su uso genérico es similar al caso psicológico, lo dejaremos de lado ya que no nos han de lavar el cerebro para estar afectados por la disonancia cognitiva. Que sea una debilidad humana básica lo convierte en un fenómeno aún más terrorífico.

Si bien las repercusiones sociales son graves, esta tensión psicológica se da a diario en muchos de nosotros personalmente. Uno de los ejemplos postulados es el de fumar: a pesar de que todos queramos llevar una vida larga y sana, muchos fuman con el conocimiento de las consecuencias potencialmente cancerígenas. La salida obvia es dejar de fumar, pero es cierto que ignorar las pruebas de que fumar aumenta las posibilidades de cáncer de pulmón también hará desaparecer la disonancia cognitiva. El cáncer no será tan considerado.

Aunque la verdadera adicción suela tomar el relevo de evitar que se deje de fumar, este choque puramente psicológico suele ser aun más nocivo en los nuevos fumadores. Erróneamente, este choque de ideas suele considerarse preferible a confrontar conscientemente la creencia de «Soy una persona inteligente y racional» con el hecho de «Estoy aumentando mis posibilidades de cáncer». Hacerlo supone un frustrante golpe para el orgullo personal pero es ciertamente menos dañino que el tormento psicológico que supone suplantar la razón por la racionalización. Y el cáncer. No nos olvidemos del cáncer.

De forma no muy distinta a una pandemia, esta afección psicológica se ha extendido desde el individuo a la sociedad. Si bien no es su causa directa, el alza del relativismo social sí que ha posibilitado la intrusión de este caso grave de deshonestidad intelectual. Esta filosofía que defiende la validez de todo sistema cultural y prohíbe valorar de forma distinta ideologías distintas está particularmente presente en la política, donde los estadistas y demás aspirantes al poder intentan complacer al denominador común.

Al popularizarse la lengua diplomática (o «habla políticamente correcta») también la gente de a pie aprende a enredar el idioma y dejarlo vacío de significado para racionalizar el pensamiento relativista. Así surgen nociones contradictorias sin sentido como que las creencias personales del individuo no influirán jamás en su comportamiento y que por tanto no son de mayor importancia para el grupo, ya sea un partido político, un think tank o cualquier otra clase de organización de fines comunes. Esta práctica, revolcada en la más nauseabunda demagogia, tiene éxito en su fin de atraer a más miembros del denominador común -por desgracia, también diluye por completo los ideales originales del grupo.

Aceptar el relativismo no es signo de una mente abierta sino de una profunda confusión de la honestidad intelectual. La valoración diferencial de las ideas es tan importante en la vida diaria y la política como en la ciencia; ignorar que distintos sistemas y prácticas tienen resultados mejores o peores es una muestra espeluznante de doblepensamiento. La tesis que Sam Harris repitió hasta la saciedad en The Moral Landscape debería esclarecer que, aunque no dispongamos de una gradación numérica de qué es éticamente 'mejor' o 'peor', los casos absolutos de total bienestar y total malestar que podemos imaginar nos permiten censurar inequívocamente prácticas como la mutilación genital femenina en ciertas denominaciones del Islam, a pesar de la libertad religiosa.

Dejando de lado el relativismo que tanto daño sigue haciendo, volvamos a uno de sus subproductos principales y la consideración central de este texto: el mantenimiento simultáneo de ideas dispares. Aunque haya quedado descrito como un síntoma de descuido y confusión mentales, todos lo hemos experimentado. Por muy sinceros y claros que seamos con nosotros mismos sobre nuestras ideas, todos hemos sentido esa frustración y enfado internos en el proceso de cambiar radicalmente de opinión. Y es que, si bien es mentira que convencer a alguien a base de razón y hechos es imposible, es muy cierto que raramente verás el cambio ocurrir frente a tus ojos; incluso los más humildes tendrán dificultad en admitir al instante que están equivocados sobre una creencia arraigada.

La disonancia cognitiva surge en ese proceso de transformación mental: a pesar de que ya no mantengamos realmente aquella convicción establecida la seguiremos profesando y haremos todo lo posible por ignorar que ahora creemos algo muy distinto. Nos estancamos. Dejamos de razonar y empezamos a racionalizar. Lo experimenté personalmente al dejar de creer en pseudociencias: profesaba la creencia aunque en el fondo supiera que no podía creer en prácticas con pretensiones científicas que no estaban respaldadas por pruebas.

Sin lugar a dudas fue la época más frustrante e infeliz de mi vida. No puedo ni imaginar cómo será para aquellos que no solo la padecen al cambiar de paradigma sino que viven a diario con esa disonancia tamborileando en su cabeza. Lo único que puedo hacer es implorar a aquellos que se sientan identificados (aunque estén aterrorizados de admitir eso siquiera) que intenten ser valientes y se admitan la contradicción de ideas que les atormenta.

(Read the English translation: A Clash of Ideas)