Coexisten dos grandes preguntas filosóficas a las que la humanidad ha intentado dar respuesta: el origen del universo y el de la vida, a veces mezclando ambas en una sola respuesta a la que algunos llaman Dios. De dónde viene el universo y nosotros, hacia dónde vamos, qué somos. Respecto a la vida ha habido y deduzco que seguirá habiendo por mucho tiempo un debate moral que difícilmente puede resolverse.
Hablo del respeto por la vida.
Pero, ¿qué es el respeto por la vida? Antes de ofrecer una definición, me gustaría aclarar lo que definitivamente no es: el respeto por la vida no equivale con total precisión a la llamada "santidad de la vida". En principio, puede parecer tan solo otro punto de vista o incluso otra forma de referirse al mismo concepto. Y si así lo parece en principio es porque así lo es en principio.
Como ya dijo George Carlin, qué irónico es que entre los "Pro-vida" están
los más acérrimos defensores de la guerra y del derecho a portar armas
En cambio, en cuanto profundicemos nos daremos cuenta de que la santidad de la vida implica extremidad: la santidad en este término se refiere a la cualidad de sagrado e inviolable, por lo que la expresión toma un cariz irrefutable, final. Esto crea un conflicto: la santidad de la vida nunca -jamás- debe cuestionarse, ni se ha de plantear alternativa alguna, aunque lo más lógico fuera buscar un equilibrio moral más armonioso.
Hoy en día, los ejemplos más habituales que reflejan este punto de vista radical con respecto a la vida son el aborto, la eutanasia y las investigaciones con células madre. El quid de la cuestión es que la santidad de la vida dicta que se debe vivir, ya que la vida nos la ha dado Dios y no debemos despreciar lo divino y sagrado. En cambio, muchos eximen como arma y escudo el derecho a la vida en cuestiones como al aborto. ¿Pero acaso no se refieren al deber a la vida, y no al derecho a tal? No confundamos términos: el derecho implica elección y el deber obligación.
Pro-Vida versus Pro-Elección
Habiendo definido ya la santidad de la vida como una obligación y nunca como un derecho, daré el tema por zanjado así: una visión menos extremista del asunto nos permite plantearnos buscar cierta armonía moral. Y es que temas tan peliagudos nunca deben tomarse a la ligera, pero tampoco de forma generaliza y absoluta. Aunque yo esté a favor del aborto en casos necesarios, no pediré a nadie que esté de acuerdo conmigo: únicamente os pido el derecho a plantear la pregunta. Puede parecer algo básico, pero muchos desearían negar el derecho a cuestionar lo que desde el mencionado punto de vista es incuestionable.
Pero, ¿qué es el respeto por la vida? Habiendo aclarado ya lo que no es, será mucho más fácil determinar lo que sí que es. En pocas palabras, podría definirse así:
"El mayor miramiento y aprecio posible que pueda tenerse por los seres orgánicos en estado activo, basándose en una moral universal básica y buscando un equilibrio teniendo en cuenta las circunstancias y medios disponibles".
Como todas las definiciones, esta es incomprensible y por lo tanto inútil sin un contexto previo. Para no caer en falacias circulares debemos recurrir a definiciones más o menos oficiales de la palabra "respeto" y "vida", aunque no creo que haya problema alguno para entender ese punto. En cambio, estoy seguro de que podríamos discutir durante horas respecto a lo que es la moral universal y a lo qué me refiero con las circunstancias y medios disponibles.
Es muy posible que muchos no estén de acuerdo con que haya una moral universal, pero yo creo que podemos afirmar que la hay, aunque también hay que puntualizar que no se ha puesto en práctica. Puede sonar extraño, ya que al fin y al cabo la moral la definen nuestras acciones y carácter: ¿cómo puede existir una moral universal si nadie la ha seguido? Para empezar, la premisa de esta pregunta sería falsa, ya que sí que ha habido, hay y habrá gente siguiendo una moral universal; simplemente, no es la moral que predomina, al contrario de lo que sugiere el nombre.
Pero entonces, ¿qué es la moral universal, y por qué lo es? Según mi propia interpretación, tal es la "doctrina" nata que no ha sido influenciada por la sociedad más allá de las circunstancias que rodean al individuo. Con la falta de influencia social me refiero a que no se tendría en cuenta enseñanzas y prejuicios religiosos, raciales, sexuales, nacionales, culturales clasistas ni estamentales. Por lo tanto, el asesinato (al que se suele referir como el acto de mayor inmoralidad) no tendría cabida excepto cuando las circunstancias que rodean al individuo lo indultan de cargo moral: los humanos de antaño -al igual que los demás animales- debían matar para sobrevivir. No sólo para alimentarse, sino también para defenderse y proteger a su familia y territorio.
Para ellos la violencia es necesaria,
pero nosotros no tenemos ya esa excusa
Debido a esa necesidad, no sentían culpa entonces ni lo hacen ahora muchos otros: se trata del
instinto de supervivencia, que es el único instinto absoluto que pertenece realmente a la naturaleza humana y no lo influencia la sociedad; por lo demás -
y como ya dije-
la genética produce propensiones no absolutas y es el entorno el que las dispara. Podría decirse que el afán por sobrevivir (primero uno mismo, luego los más allegados) es el único
"egocentrismo" nato y no social.
En definitiva, cuantas menos razones tengamos para quitar una vida, más sensibilidad padeceremos. Según esta figuración, en el hipotético -y utópico- caso de que la humanidad llegara a un punto en el que no deba matar a ningún ser vivo (nótese que no considero utopía que la humanidad deje de alimentarse de animales y que me refiero incluso a la muerte accidental de insectos y seres aun más minúsculos), sentiríamos una animadversión absoluta hacia la mera idea de quitar cualquier vida. En contraposición, si tuviéramos que destruir todo a nuestro paso sólo para sobrevivir de forma natural, no sentiríamos ningún remordimiento haciéndolo.
Por supuesto, es fácil exponer los extremos de la moral universal y el respeto por la vida y dar por zanjada la discusión, pero no todo es blanco y negro en la vida real. Ahí entra el equilibrio moral que hemos mencionado: en la vida real, debemos plantearnos las implicaciones éticas y morales de nuestros actos teniendo en cuenta nuestras circunstancias y los medios de los que disponemos. Desgraciadamente, esto no es nada fácil, pero podemos al menos tomar esta idea como base e inclinarnos a plantearnos al menos nuestras decisiones, esforzándonos por ignorar nuestros prejuicios.
Aunque me iré por una tangente que no ofrece al artículo más que divagaciones de dudosa utilidad, me gustaría comentar el curioso caso de ciertos puntos de vista que, aunque pulverizan por completo la posibilidad del equilibrio moral, no pueden considerarse extremistas. Podríamos llamarlos arbitrariamente selectivos: mientras que la gran mayoría es respetuosa con la vida humana pero no tanto con la animal (por norma general, el respeto hacia su existencia se mide por su tamaño), otros toman la vía opuesta.
Cabe mencionar que aunque el primer caso es también erróneo, nos volveríamos locos intentando evitar la muerte de todas y cada una de las formas de vida. Con nuestros conocimientos actuales es imposible, y como ya hemos dicho, en tal caso no deberíamos tener remordimientos. Luego está el segundo caso, aún más curioso: este grupo respeta la vida animal pero cree que nosotros los humanos no merecemos ese mismo derecho.
Por un lado, la base sobre la que se sostiene esta idea es lo suficientemente robusta (contaminamos la Tierra como ningún otro ser vivo que conozcamos haría), pero por otro lado, también es bastante hipócrita: si los defensores de este punto de vista llevaran sus ideas a término, ellos mismos no existirían ya. Por cierto, con esto no me refiero a los defensores de los animales, cuya muy lógica causa es la de combatir ciertos prejuicios sociales que arrastramos de cuando aun necesitábamos matar animales.
Pero, ¿es moralmente correcto este punto de vista vengativo? ¿Ojo por ojo? ¿Hemos destruido la naturaleza y esta debe contra atacar? No creo que este constituya un equilibrio moral excusable. Para empezar, la naturaleza (término que aquí podéis sustituir por universo, cosmos, Dios, el Uno o lo que más os plazca) no obra realmente de forma vengativa. Aunque muchos lo afirman poéticamente y otros de una forma mucho más literal debido a sus enseñanzas religiosas o supersticiosas, no es lo mismo un "ojo por ojo" que el concepto innegable de "acción y reacción". En efecto, las acciones provocan una reacción en la naturaleza, pero es evidente que esta no se venga del perpetrador de la acción. De hecho, cuando los más poderosos dañan a la naturaleza, las consecuencias suelen sufrirlas los más pobres.

Como ya dijo Gandhi,
"el Ojo por Ojo nos dejará ciegos a todos"
Dejando atrás este largo paréntesis, concluiré con la esencia de la idea que he tratado de compartir con vosotros: no podemos irnos a ningún extremo, ya sea puramente religioso, moral o "ecológico" (en referencia a la defensa del entorno y de la vida que en él habita) y pretender no hacer daño a ninguna forma de vida, ya que tal idea es utópica con los conocimientos de los que disponemos a día de hoy. Por supuesto, tampoco debemos hacer justo lo contrario.
Si cada vez somos más sensibles a finiquitar vidas es porque cada vez precisamos menos de ello para asegurar nuestra supervivencia. Cuando no necesitemos hacerlo en absoluto, la mera idea nos repugnará. En cambio, en estos momentos ciertos sacrificios son necesarios; desde los insectos que pisamos sin querer hasta la experimentación no-invasiva de animales. Eso sí, nada de esto excusa la caza por diversión o ciertos experimentos que bien pueden considerarse tortura.
Los animales matan porque deben hacerlo y nosotros debemos hacer igual. Simplemente, da la casualidad de que gracias a nuestra técnica podemos evitar muchas de estas muertes, y quizás algún día podamos evitarlas todas. De momento, lo mejor es ser lo más prácticos y justos que podamos, basándonos en una moral universal cuya definición deja ya poca cabida a discusión.